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El secreto de la longevidad


Pobreza, mala alimentación, trabajo arduo y duro. Todo ello hace que los telómeros se acorten. 

¿Qué son los telómeros? 

Lo que nos da nuestra longevidad:  porciones de ADN que encontramos en las extremidades de los cromosomas. 

Las investigaciones de Elizabeth Blackburn, premio Nobel de Medicina del 2009 son muy alentadoras a la vez que causan espanto por saber cómo las condiciones socioeconómicas afectan la salud de los seres humanos. 

Los ancianos, son los que tienen los telómeros más cortos. Y al presentarse eso, inevitablemente comienzan a envejecer e incursionan  las enfermedades. 

No hay dieta que lo evite. 

La única posibilidad – y ofrezco, como lo hice hace años atrás – es contar con la Medicina Universal o Elixir. 

Risa para algunos; pura realidad y única alternativa de longevidad para otros. 

A la fundación que deseé participar en este hallazgo, como dije en su día, ofrezco enseñar las virtudes de la Piedra Roja, una sal extraña y extraordinaria que no se encuentra en la naturaleza. 

La fundación interesada puede contactarme por el formulario a un lado o a mi correo rhoend@outlook.com Las evidencias que puedo aportar son concretas. 

De lo que carezco es que analicen si lo que descubrí puede alargar los telómeros o mantenerlos en su estado actual sin alteración.

Todos los mejores e indispensables tratados de alquimia



Esta es una compilación de lo mejor que puedes encontrar sobre nuestro bendito Arte Sagrado en lo que a  tratados respecta.

Espero les sea de utilidad. Esta entrada se irá actualizando a medida que incluya más tratados, por lo que recomiendo la visiten periódicamente.

La entrada abierta al palacio cerrado del Rey - Filaleteo

Aforismos Rosacruces - Sigmund Bacstrom

Alkymiens Mysterier - Merelle

Atalanta Fugiens

El preciosisimo Don de Dios

La Cadena Dorada de Homero 1

La Cadena Dorada de Homero 2

Carta de Aristeo....

Claro de Luna Quimico

El enigma filosofico  del Cosmopolita

El libro de las figuras Jeroglificas de Nicolas Flamel

El Manual del Alquimista de Frater Albertus

El Secreto de la Sal

El Sueño Verde de Trevisano

El Misterio de las Catedrales - Fulcanelli

Las Moradas Filosofales - Fulcanelli

Hermes Desvelado - Cyliani

Hipotiposis - Pierre Dujols

Instrucción de un Padre a un hijo acerca del árbol solar

La refutación de la naturaleza - Jean Mehung

La nueva Luz Química- El cosmopolita

La Turba de los filósofos

El triunfo Hermético - Limojon Saint Didier

Nuevos hallazgos sobre la salud y las enfermedades...Jean de Saulx

Observaciones y Experiencias con el Rocío de Mayo

Recreaciones Herméticas - anonimo

Vía del Anciano H

Vaccum - Roark Rhoend



Mutus Liber en imágenes coloridas



El fabuloso y siempre necesario Mutus Liber. En imágenes a color  y el original provisto en su día por Vasilius.


















Aquí una explicación al Mutus Liber: click aquí

Experiencia con Agua de lluvia



Esta experiencia me llegó hace años atrás a través de un amigo americano. Sólo utilizó agua de lluvia y un recipiente de vidrio. Y claro, utilizó algo de valor incalculable para la obra: el tiempo. ¿Es la Gran Obra? No la realicé. No puedo hablar; sería de mal gusto. Pero es una fascinante forma de ver la evolución de una materia como el agua de lluvia en otra cosa diferente y color rojizo.




Alquimistas ¿Quienes fueron? ¿Realmente lo lograron?



Es sencillo suponer que la Obra la realizaron muchos alquimistas en la historia. Están, por algún motivo, sus tratados y eso debería ser suficiente justificativo para demostrar al mundo que ellos lo lograron. Pero ¿realmente es así? ¿Debemos seguir fielmente sus enseñanzas? ¿Qué otra cosa oculta la historia de los más famosos alquimistas?.

Veamos los estudios de Benito Jerónimo Feijoo. 

De Ramón Lulio se dijo muchísimo. Que estuvo viviendo una vida de excesos hasta que un amor marchito lo enderezó en sus aventuras y se dio a monje. Lo cierto es que se dice que en Londres, en presencia del propio Rey de Inglaterra, fabricó oro inmejorable, y que con aquel oro diseñaron unas monedas en honor suyo. 

Pero, ¿esto fue verdad?. 

Ciertamente cuando estudiamos esta historia, notamos algo del todo revelador. Que la leyenda de la fabricación de oro delante del Rey fue presentada casi dos siglos después de que Lulio viviera, por Roberto Constantino, médico de Caen en Normandia. 

Huelga decirlo: todos los demás autores que citan como verídica la misma se basan en lo que este médico señaló. ¿Debemos considerar real lo que nos dijo Roberto Constantino cuando vivió dos siglos después, y rechazar la evidencia de los autores ingleses que en la época de Lulio no afirmaron nada de esto? 

Este silencio, elocuente y revelador, por parte de los autores contemporáneos a Lulio, ya nos dice mucho. Nos dice todo. 

Algo semejante ocurre con Arnaldo Villanova. Según algunos juriconsultos, citados por Beyerlink en el Teatro de la vida humana, y por el P. Delrio en las Disquisiciones Mágicas, mediante el Arte Alquímico produjo algunas varillas de oro, las cuales públicamente ofreció en Roma a todo examen. 

Pero dejemos que sea Feijo quien lo diga mejor con esta afirmación: 

“¿Pero cómo es creíble que siendo tan público el hecho, el Sumo Pontífice, que reinaba entonces, no se aprovechase, siéndole tan fácil, de la habilidad de Arnaldo en beneficio de la Iglesia, juntando para ella inmensos tesoros? En conciencia debía hacerlo; y pues no lo hizo, es claro que no dio Arnaldo las muestras que se dice de su habilidad; y que los Jurisconsultos, que se citan, no tuvieron otro testimonio del hecho que alguna hablilla vulgar.” 

Pero volvamos más a estos tiempos. 

El nombre Paracelso brilla con fervor entusiasta por cientos de practicantes de alquimia. Se lo considera una eminencia en el Arte transmutatorio y en otros artes médicos y espagíricos. 

Lo cierto es que pese a ser el creador del mito de la Panacea y curar a muchos enfermos mediante sugestión y estados alterados de conciencia, haciendo placebos, aquel hombre murió prematuramente en una cama infecta de algún lugar sin nombre. 

Tanto propugnaba que curaba tantas enfermedades, que la suya parece que no pudo detenerla. Feijo, impecable en su análisis, nos dice: 

“De Paracelso no hay otro testigo que su discípulo Oporino, el cual refiere muchas cosas increíbles de su Maestro; fuera de que no dice que jamás le viese transmutar algún metal en oro, sí solo que anocheciendo algunas veces pobrísimo, le mostraba por la mañana algunas monedas de oro, y plata, como que las había hecho por el arte de la Alquimia. ¿Pero de dónde sabemos que Paracelso no tenía aquellas monedas escondidas, para ostentarlas a su tiempo a Oporino, y hacerle creer que poseía el secreto de la Piedra Filosofal, como quiso hacerlo creer a todo el Mundo? Hay tan poco que fundar en todo lo que dijo, y escribió Paracelso, que es excusado detenernos en esto. Los Autores que se jactaron de poseer la Crisopeya escribieron de este arte en jerigonza: Paracelso escribió también en jerigonza la Medicina.” 

Otro fue Bernardo Trevisano

Los alquimistas modernos - entre los que me cuento - lo citan como un ejemplo de perseverancia : tras pasar toda su vida en busca de la Gran Obra, perder toda su fortuna, a una edad avanzada pudo descubrir el secreto de sus desvelos. 

Pero una vez más, Feijo es intachable: 

 “En orden a Bernardo Trevisano, o Conde de la Marca Trevisana, no sé que conste el que supo la fábrica artificial del oro, sino de que él mismo lo dice en el libro de Secretissimo Philosophorum opere Chemico. Y no pienso que estemos obligados a creerle sobre su palabra; mayormente cuando en aquel escrito da bastantes señas de Autor vano, y mentiroso. No es menester para el desengaño más que ver los Autores, o libros supuestos que cita, como las Crónicas de Salomón; las Pandectas de María Profetisa; el testamento de Pitágoras; la Senda de los errantes, escrita por Platón; no sé qué breve tratado de Euclides; el libro de un Aristeo, que dice gobernó todo el Mundo diez y seis años, y que fue el más excelente de todos los Alquimistas, después de Hermes. Donde se ha de advertir, que cuanto dicen los Alquimistas de estos, y otros Autores antiquísimos que trataron de la Crisopeya, es invención, y sueño. El célebre Médico de Lieja Herman Boerhave, que examinó con cuidado esta materia, dice (in Prolegom ad institu. Chemmiae) que el Autor más antiguo que apuntó algo de la Crisopeya, fue Eneas Gasero, el cual floreció al fin del quinto, o al principio del sexto siglo de nuestra Restauración; y el primero que trató doctrinalmente esta materia fue Geber, o Gebro, que unos hacen Arabe, otros Griego, y floreció en el séptimo siglo.” 

Pero quizá el más destacable de todos los alquimistas, citado y ensayado por varios, sea Nicolás Flamel, vecino de París, que vivió al principio del siglo decimoquinto, y se jactó también de poseer el secreto de la Piedra Filosofal. 

Feijo nos da su síntesis sobre Flamel con estas palabras: 

 “Fue quien, entre todos los pretendidos adeptos, tuvo derecho más aparente para ser creído. La-Croix Dumaine, citado en el Diccionario de Moreri, pinta muy hábil a este hombre, pues dice que era Poeta, Pintor, Filósofo, Matemático, y sobre todo grande Alquimista. En el Cementerio de los Santos Inocentes, donde fue enterrado, dejó una tabla pintada al oleo, donde debajo de figuras enigmáticas, dicen están representados los secretos que había alcanzado de la Alquimia. Lo principal, y lo que más hace al caso es, que al paso que los que se jactan de saber el gran secreto de la Piedra Filosofal, por lo común son unos pobres derrotados, que en su desnudez traen el testimonio de su falsedad. De Nicolás Flamel se sabe que llegó a tener el caudal de más de quinientos mil escudos, suma prodigiosa para aquella edad. Sin embargo, algunos Autores Franceses de buen juicio descubrieron en esta adquisición de bienes otro secreto muy distinto del de la Piedra Filosofal. Dicen que Flamel, teniendo manejo en las Finanzas, ganó tan grueso caudal con robos, y extorsiones, especialmente sobre los Judíos del Reino; y para ocultar los inicuos medios por donde había llegado a tanta riqueza, y evitar el castigo merecido, fingió deber aquellos tesoros al secreto de la Piedra Filosofal. Con otras historias extremamente ridículas pretenden los Alquimistas confirmar sus sueños por verdaderos. Como creen, o quieren hacer creer, que la Piedra Filosofal hace al hombre que la posee otro beneficio mucho mayor que enriquecerle: esto es, preservarle de toda enfermedad, y alargarle la vida por muchos siglos, era preciso que también a este intento fingiesen algunos hechos. Así lo ejecutaron. De un tal Artefio publican, que por la virtud de su Piedra Filosofal vivió mil y veinte y cinco años. En tiempo de Rogerio Bacon decían que Artefio había viajado todo el Oriente; que sabía los secretos más altos de todas las Ciencias; y que estaba aún en Alemania. Juan Francisco Pico, Conde de la Mirándula, riéndose de tales simplezas, añade que había Alquimistas que aseguraban que Artefio era el mismo que Apolonio Thyáneo.” 

Y esto es bien cierto. 

 Saint Germain es bien conocida por todos para evitarnos referirla. Al parecer, aquel conde, luego de penetrar en todos los secretos del universo sensible y no sensible, desapareció de la faz de la tierra, para , de vez en cuando, hacer gala de su misteriosa presencia con algunos afortunados. 
Ahora, la fábula de

Algo que, analizado con un poco de sentido común, no deja de provocarnos una benevolente sonrisa, por la ingenuidad con que se nos sirve este plato caliente. Para mayor información sobre Saint Germain leer las Memorias de Casanova.

Pues bien. Los alquimistas modernos no le van a la zaga a tales antiguos “quemadores de carbón”. 

 De hecho, muchos de ellos han intentado mantener una vida disciplinada emulando a los antiguos, con el afán de lograr la famosa Piedra Filosofal. Así, es de notar que muchos modernos alquimistas son bohemios, solitarios, taciturnos, meditabundos, con un gran amor por el pasado antiguo y las mitologías. 

Y también tienen la contracara: son engatusadores, timadores, ladrones, manipuladores, y en fin, unos psicópatas en potencia capaz de engañar al género humano con tal de obtener fama y riquezas, porque, ¿qué otra cosa buscan al escribir sus libros contando sobre su Panacea que la fama y al menos trascender en las letras?. 

Buscan en las letras lo que su Piedra jamás les podrá ofrecer. Porque nada en el universo es inmortal. Hasta el sol algún día morirá.


MODERNOS FILÓSOFOS DEL FUEGO 

Por más que duela reconocerlo: no hubo un alquimista moderno –salvo las forzadas leyendas y mitos Fulcanellianos, que ya se ha visto de donde provienen – que lograra completar la Gran Obra. 

Y aun así, (pese a que tener éxito en algunas de sus etapas no constituye el fin) muchos alquimistas se lanzaron a redactar sus propios escritos alquímicos supuestamente reveladores (¿reveladores de qué, si ellos mismos no lo lograron?); y en muchos casos con sentencias ambiguas y un florido repertorio metafísico: nada más alejado de lo que pretende el alquimista. 

Analicemos algunos de los modernos alquimistas y luego saquemos una o dos conclusiones. 

Louis Cattiax por ejemplo. 

Elogiado y admirado por todos. Y sin embargo… Ya desde la propia pluma de quienes lo conocieron en persona nos decían que “le gustaba impresionar e incluso escandalizar”

O “a menudo charlatán y bufón” (Los Alquimistas del Siglo XX, G. Dubois). 

Este hombre, bohemio y pintor, estuvo cerca de 14 años para escribir El Mensaje Reencontrado, la obra de su vida. 

Un libro (compuesto de 40 libros o capítulos) que, huelga decirlo, era profundamente esotérico, teñido de una ascesis que este hombre definió “más que una filosofía y que una mística. Aquí está la llave de la restitución del hombre y del mundo en Dios” 

Un argumento atractivo y que cautiva la imaginación de los idealistas, y que, en otra época, nos hubiera conmovido. Ya no. Y dejando de lado su análisis (que consideramos propaganda mística y metafísica de la de costumbre) no corresponde con lo que el alquimista buscaba en su laboratorio, al fuego del hogar: penetrar los secretos de la naturaleza para lograr la Crisopeya. 

Escribir, se ha visto, todos podemos hacerlo, y con un gran sentido de orden y eficiencia. Pero ¿la letra es acaso la Verdad?. Hemos visto muchos libros que, como de costumbre, en lugar de revelarnos algo, lo único que promueven es la esclavitud intelectual por más que en sus hojas se propugne lo contrario. 

Y cuando analizamos un poco la vida de Louis Cattiax notamos una constante: que era la clase de hombre “separado” de la sociedad – y de poco crédito – que necesitaba imperiosamente lucirse, pero no podía; he ahí por qué escribió su libro: 

 “Pues por el momento soy para ellos un motivo de duda y piedra de escándalo, cosa que es muy normal después de todo. Es esa misma gente la que más tarde querrán servirse de mi o de El Mensaje Reencontrado, para acogotar a sus hermanos, como siempre sucede también”. 

Es decir, que ya previa lo que iba a conseguir con su libro. Algo que, en definitiva, no nos es ajeno a ninguno: trascender nuestro nombre o nuestras ideas en la eternidad. Y las letras siempre han sido un elegante instrumento para lograrlo. 

Otro ejemplo en los alquimistas modernos es el caso de José Gifreda, “el Mago Gifreda”. Un hombre que vivió la vida de los antiguos alquimistas, apartado de las vanidades del mundo. 

Este personaje decía poder comunicarse con espíritus o con “El invisible” que le “ hacia participe de los últimos mensajes que había recibido del Más allá” (G. Dubois, Op Cit). 

Y sin embargo, pese a estas “noticias” que le llegaban del Otro Lado, este hombre, como tantos, no pudo consumar la Gran Obra, apenas si alcanzó a preparar el Mercurio Filosófico

¿Paradójico verdad?. Este hombre decía que todo lo había aprendido de Henri Coton-Alvart. Veamos, pues, quien fue aquel hombre. 

Se podría afirmar que H. C. Alvart fue un buen inventor. Era ingeniero químico, y estuvo ampliamente participando en la revista Atlantis, codeándose con la flor y nata del ocultismo como René Guénon. 

En 1935 se alejó de todo y se consagró a la Gran Obra que, al parecer, finalizó con éxito. 

Pero este hombre brillante tuvo un iniciador. Nada menos que la mente que dio a luz –en manuscritos y bocetos- a la obra de Fulcanelli: Pierre Dujols, cuya erudición es algo indiscutible. 

Quizá estos dos hombres, H. C. Alvart y P. Dujols hayan sido unos de los pocos alquimistas que verdaderamente sabían de lo que hablaban. 

Y sobre todo: mantuvieron un excepcional sentido crítico ante afirmaciones fantasiosas o espiritualistas como las que en su día hizo René Guenón

De Guenón dejó dicho Alvart en una carta: 

 “Esta manera caprichosa de presentar el hermetismo puede encontrar por desgracia el terreno abonado en determinados espíritus carentes de sentido crítico” 

Y es que Guenón pretendía presentar a la alquimia –como muchos “ocultistas” hoy día se han contagiado – como una ciencia “puramente espiritual y totalmente interior”, en donde las transmutaciones, si las había, eran producidas “como consecuencia accidental por una especie de proyección hacia fuera de las energías que llevan en si mismos” (cita textual de Guenón) 

Teoría escandalosa, totalmente falsa y que no tiene nada que ver con lo que buscaba el alquimista en la antigüedad.  

Pero, aun así, debemos reconocer que no sabemos a ciencia cierta si Henri Coton-Alvart pudo lograr la Gran Obra o si, como su iniciador, Dujols, fracasó en el intento. 

Lo cierto es que, como Dujols, no dejó prácticamente nada escrito que lo corroborara. Y si logró descubrir algo se lo llevó a la tumba, como todo hombre que se precie debería hacer con secretos peligrosos para la especie. 

Por eso, si esperan encontrar en un libro la "receta" de la Piedra Filosofal, están extraviados. Sólo tendrán, a lo sumo y por los más generosos, un hilo de Ariadna. Y de ahí podrán salir del laberinto, que no es poca cosa, como muchos sé que lograron merced a mi ayuda y mis libros.

Es así que dignamente, debemos plantearnos la pregunta. 

¿En verdad existió alguien alguna vez que haya penetrado verdaderamente en los abismales secretos de la naturaleza? ¿Un microbiólogo, un biólogo de la evolución, o un físico, acaso no lo hace a diario?.¿Acaso el descubrimiento del ADN no es llegar hondo en la naturaleza humana?.

Porque la piedra filosofal es una sal extraña a la naturaleza, no es algo que desequilibre, por ejemplo, el ADN, sólo extiende la telomerasa que es responsable de nuestra longitud de vida.

Lo más triste de la búsqueda de la Piedra, como confiesan los propios alquimistas, es que entre millares de hombres que con gran dedicación anduvieron toda su vida tras su búsqueda, solo un puñado la halló, y no dejaron testimonio de este descubrimiento. 

Hoy día conozco varios que lo lograron merced a que existe Rhoend y tampoco van a dejar un legado de sus trabajos. Hacen bien. No sucumben a la fama ni a la gloria y deambulan en secreto. Otros, muy a mi pesar, tenemos la misión de la divulgación. Y en ello estamos ahora.

Y para cerrar, parafraseando a Feijo: 

 "¿Quién, pues, verosímilmente se puede persuadir que ha de ser de aquel número escaso de felices, y no antes de la inmensa multitud de desdichados? ¿O quién prudentemente se meterá en un negocio, donde de mil uno se hace rico, y todos los demás no sacan otro fruto de su fatiga que verse reducidos a mayor pobreza?" 

Creo que todos los alquimistas tendrían que tener muy bien presente lo que dijo Bernardo Penoto, - un gran químico creyente en la Piedra Filosofal- en el momento en que estaba pronto a morir, casi a los cien años. 

Sus amigos y discípulos, acercándose a su lecho, le pidieron les comunicase los secretos que había alcanzado tocante a la Crisopeya. 

Y él les respondió: Amigos, no tengo otro secreto que fiaros sino éste; que si tuviereis algún enemigo poderoso, a quien queráis destruir, procuréis inspirarle el deseo de buscar la Piedra Filosofal. Este es el mayor mal que le podéis hacer. 

Mr. Duclos, médico de París, que murió de ochenta y siete años, y visitaba muy pocos enfermos por gastar todo su tiempo y energía en el estudio de la Crisopeya, dijo algo semejante cuando estaba por morir. 

Sin un maestro consumado o una revelación divina (fruto de años de meditación) el camino se reviste de las más oscuras tinieblas.


Tres años de alquimia con Rhoend



Para mis seguidores y lectores, les regalo este libro que constituyen tres años de alquimia con Rhoend. Podrá encontrar los rudimentos para comprender qué es el SM, y al entenderlo, lograr su manifestación de una forma muy simple.

Recordad la máxima: la naturaleza se regodea en la simpleza.


La famosa campana de manifestación de SM


Existen muchos artilugios para atraer (seducir) el SM. Iré colocando propios y de terceros, para que puedan probar cual les resulta más útil, dependiendo de sus posibilidades.



 Y aquí otro bajo los mismos principios:





El artefacto de Sigismund Bacstrom



Este artilugio permite condesar SM. Pero de una forma diferente, puede permitir únicamente atraer Agua o rocío. Dependerá, desde luego, de su orientación.