Este libro merece, más que ningún otro, toda nuestra atención y recogimiento. Publicado hacia el año 1600, estableció con admirable claridad las bases para comprender los procesos íntimos de la naturaleza y las operaciones secretas mediante las cuales ésta obra en silencio.
Su autor se oculta bajo el nombre de El Cosmopolita, título significativo que indica a un hombre sin patria fija, ciudadano del mundo y, sobre todo, observador de la gran república natural. La tradición más aceptada identifica a este misterioso filósofo con Michael Sendivogius, uno de los adeptos más notables del siglo XVII. Bajo su guía, el lector es conducido con paso firme hacia los principios fundamentales del Arte, y recibe —para quien sepa leer con discernimiento— la llave que permite condensar el Spiritus Mundi en esa sustancia paradójica que los filósofos llamaron agua seca, porque fluye sin mojar las manos.
Sin embargo, la historia no carece de sombras. Algunos autores sostienen que el verdadero Cosmopolita habría sido Alexander Sethon, personaje singular del que se cuentan prodigios y desgracias. Se afirma que realizó transmutaciones públicas que asombraron a príncipes y sabios, y que por ello fue apresado por orden imperial. La ambición de conocer el secreto de la Piedra Filosofal lo condujo entonces a un destino terrible: fue torturado sin piedad para arrancarle su arcano.
Ciertas crónicas —mitad historia, mitad leyenda— refieren que Sendivogius, valiéndose de su cercanía con la corte, logró rescatarlo de la prisión y llevarlo a su casa con la esperanza de salvarle la vida. Pero las heridas infligidas por el tormento eran demasiado graves. Sethon habría muerto poco después, no sin antes confiar a su salvador el secreto de la Piedra, que desde entonces quedó depositado en manos de aquel que la posteridad conocería como el Cosmopolita.
Sea cual fuere la verdad de esta historia —que pertenece ya tanto a la tradición hermética como a la historia—, lo cierto es que el texto que presentamos procede del latín original, cuya traducción ofrecemos íntegra al final de la obra. El lector encontrará aquí el compendio completo de los escritos atribuidos al Cosmopolita, uno de los monumentos más luminosos del pensamiento alquímico.
Confieso, sin reserva, que éste es mi libro predilecto entre todos los que he tenido ocasión de estudiar. En sus páginas, bajo una apariencia sobria y casi didáctica, se oculta una enseñanza de profundidad extraordinaria, capaz de iluminar —para quien posea la paciencia necesaria— algunos de los secretos más celosamente guardados por los filósofos de la naturaleza.
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