La complejidad de este texto —como sucede con la mayor parte de los escritos de George Ripley — sólo se deja penetrar tras una lectura pacie...

Las 12 Puertas de Ripley




La complejidad de este texto —como sucede con la mayor parte de los escritos de George Ripley— sólo se deja penetrar tras una lectura paciente y reiterada. Ciertos trabajos modernos, como los de Lynn W. Osburn, han contribuido sin duda a esclarecer algunos de sus pasajes; pero la riqueza de la enseñanza aquí contenida, particularmente en los capítulos finales, exige del lector una segunda, una tercera, y aun una cuarta lectura, cada vez más atenta y recogida.

Porque es precisamente en ese último tramo donde el autor, abandonando en parte sus velos más espesos, deja entrever una verdad capital. Una verdad que no le pertenece en exclusiva, sino que resuena —como un eco persistente— en toda la tradición hermética.

Es la misma enseñanza que transmite Morienus cuando responde al rey que le interroga sobre la materia; la misma que insinúa Theodorus Mundanus en sus escritos; la misma que, bajo un símbolo fijo e inmutable, sugiere La estrella polar hermética. Y podríamos añadir aún otros testimonios, no menos concordantes.

Tal convergencia no es un detalle menor. Antes bien, constituye una de las señales más seguras de autenticidad en el Arte. Porque cuando autores separados por el tiempo, la lengua y las circunstancias coinciden en señalar un mismo punto, el filósofo prudente comprende que se halla ante algo más que una simple opinión.

Y aquí, no es otro que Ripley quien viene a confirmarlo.

Lo cual —para quien sepa valorar el peso de su autoridad— no es poca cosa.


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