Este texto, fechado en 1702, nos exhorta a fijar la atención en los metales como vía privilegiada para la consecución de la Piedra, descartando, con notable firmeza, otras materias que juzga insuficientes para tal fin.
El autor se apoya en la autoridad de numerosos adeptos, quienes parecen coincidir en señalar que el principio de los metales —su raíz más íntima y generadora— es el verdadero campo donde debe concentrarse la búsqueda.
No se limita, sin embargo, a una afirmación dogmática: expone también las razones de su elección y subraya la necesidad de que esa materia sea capaz de producir las dos flores del Bernard le Trévisan —la roja y la blanca—, cuya unión, debidamente preparada, da lugar a la tan anhelada Piedra Filosofal.
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