Este exiguo opúsculo, publicado en 1731, es fruto de una inteligencia singular que —según todo indica— había penetrado los secretos del Arte. Su originalidad reside en el punto de vista adoptado: el autor expone la cuestión de la Obra desde la mirada de Satanás, figura simbólica bajo la cual parecen reunirse todas aquellas falsas interpretaciones que, a lo largo del tiempo, han extraviado a los alquimistas por caminos múltiples y estériles.
Según la tesis del tratado, sería precisamente esa “mano del demonio” la que induce al buscador a saltar de una vía alquímica a otra, de un procedimiento a otro, consumiendo años de esfuerzo sin jamás detenerse en el verdadero sendero. Bajo esta perspectiva, el error no es accidental, sino casi una tentación constante que desvía al operador de la simplicidad de la Obra.
Sin embargo, es en medio de esta crítica —en apariencia dirigida contra la “obra de Satanás”— donde el autor deja entrever algo mucho más valioso. Pues al denunciar las falsas rutas, termina revelando por contraste la auténtica: la materia legítima, el camino que debe seguirse y, sobre todo, las precauciones necesarias para no apartarse de él.
De este modo, lo que comienza como una sátira o advertencia se transforma poco a poco en una verdadera instrucción filosófica, donde el lector atento puede discernir, entre líneas, las señales del camino recto que conduce a la realización de la Obra

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