En el tratado de las The Twelve Gates of Alchemy , George Ripley deja caer, como al descuido, uno de esos pasajes que, bajo su aparente sim...

Una de las llaves del Oro Potable




En el tratado de las The Twelve Gates of Alchemy, George Ripley deja caer, como al descuido, uno de esos pasajes que, bajo su aparente simplicidad, encierran una enseñanza digna de la más atenta meditación:

«De nuestro sutil minio se obtiene un aceite del color del oro, o similar, que Ramon Llull, siendo muy anciano, decía que tenía más valor que el propio oro; con él convirtió el oro en agua potable, lo que le revivió por completo, como puede demostrarse por experiencia.»

A primera vista, el lector moderno se siente inclinado a relacionar estas palabras con ciertas operaciones difundidas en nuestros días: la obtención del llamado Espíritu de Saturno, unido a sales áuricas previamente disueltas en agua regia. De tal conjunción resulta, en efecto, un licor de tonalidad sanguínea, mientras el oro, despojado de su vestidura salina, se separa y abandona la escena como polvo inerte, dejando tras de sí un fluido que algunos no han dudado en llamar oro potable.

Sin embargo, esta interpretación —aunque seductora— no resiste un examen filosófico riguroso.

Se ha querido ver en el “minio sutil” una simple preparación plúmbea, de la cual se extraería un espíritu mercurial identificado, con excesiva ligereza, con la acetona, tal como propone el doctor Becker en su obra Le Acetone. Según esta hipótesis, dicho espíritu actuaría como catalizador sobre las sales de oro, produciendo una reacción que daría lugar al célebre licor.

Pero esta explicación, que satisface al químico moderno, deja intacto el misterio que el filósofo pretende revelar.

En realidad, lo que se observa en tales operaciones no es sino un juego de menstruos, una interacción entre líquidos que han adquirido, por arte del operador, una cierta disposición activa. El oro, lejos de participar en la transmutación, se limita a abandonar la forma salina que se le había impuesto, precipitándose como metal finamente dividido, indiferente a la supuesta obra que se realiza en su presencia.

De ahí que, en estos aceites llamados “de oro”, no se halle rastro alguno del metal, y que toda la eficacia —si alguna hay— deba atribuirse a la naturaleza de los disolventes empleados y a su estado de preparación, más que a la presencia del oro mismo.

¿Es esto, entonces, lo que quiso enseñarnos Ripley?
Nada lo hace suponer.

Porque el propio autor, lejos de insistir en una química vulgar, eleva inmediatamente el discurso:

«Porque este aceite y esta Menstrue vegetal pueden circular tanto juntos, y exuberar tanto por el Arte, que se convierte de él en una Piedra celestial de naturaleza tan ígnea, que al salir de ella, la llamaremos nuestra albahaca, y el gran Elixir de la vida, invaluable.»

¿Podrían acaso tales manipulaciones conducir a la Piedra?
La razón, asistida por la experiencia, responde negativamente.

Nos hallamos, pues, ante una alegoría cuidadosamente construida, en la que los términos —minio, aceite, oro— no designan necesariamente las sustancias que el vulgo imagina, sino realidades filosóficas veladas bajo nombres equívocos.

La confirmación de ello nos la da el propio Ripley al concluir:

«El oro bebible también se elabora de esta manera, no con oro común calcinado, sino con nuestra única tintura que no se disuelve, extraída de nuestra masa con la menstruación circulante.»

Aquí el velo se entreabre: no es el oro vulgar el que da origen al verdadero oro potable, sino una tintura única, inseparable de la materia del Arte, y obtenida mediante una circulación que nada tiene de ordinaria.

Por lo demás, la experiencia moderna confirma esta distinción. He tenido ocasión de examinar y ensayar numerosos preparados presentados como “oro potable”, todos ellos elaborados a partir del metal común. Ninguno —absolutamente ninguno— ha producido los efectos extraordinarios que la tradición atribuye a la verdadera medicina filosófica.

Y no podría ser de otro modo.

Porque, como bien sabían los antiguos, quien parte de un principio erróneo, no puede sino llegar a un resultado igualmente ilusorio. El oro de los filósofos no es el de los orfebres; y quien no ha aprendido a distinguirlos, trabajará siempre sobre una sombra, creyendo poseer la sustancia. Por tal motivo nos advierte Ripley:

«Les advierto que sigan a los Filósofos y no trabajen como suelen hacerlo los Sofistas, con azufre y sales preparadas de diversas maneras. Ni con corrosivos, ni solo con fuego, ni con vinagre, ni con aguas incendiarias, ni con vapor de plomo, lograrás nada»