A pesar de su brevedad, el tratado posee la virtud de exponer lo esencial de la Gran Obra con una claridad poco frecuente, evitando en gran medida el lenguaje excesivamente críptico que suele caracterizar a la literatura hermética. El autor se limita a señalar los principios fundamentales y a sugerir el modo en que deben ser comprendidos por el operador atento.
Pero lo más interesante aparece al final del texto, donde se ofrece la ilustración de un artefacto cuya interpretación, a mi juicio, esclarece con notable precisión lo que realmente debe hacerse. En esa figura —más elocuente que muchas páginas de explicación— parece resumirse, de forma casi didáctica, el procedimiento destinado a captar y disponer el agente invisible que los filósofos consideraron indispensable para la realización de la Obra

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