Escrito originalmente en hebreo, traducido más tarde al árabe y, desde esa lengua, al latín, este antiguo tratado llega ahora por primera vez fielmente vertido al español. La obra pertenece a esa categoría de textos discretos que, bajo un lenguaje sobrio y casi didáctico, dejan entrever una enseñanza de gran profundidad para el filósofo atento.
A lo largo de sus páginas el autor nos aproxima, con cautela y sin declaraciones demasiado explícitas, a ciertas ideas relativas al Paregon, noción que el traductor tuvo ocasión de esbozar en su obra homónima. Como ocurre en tantos libros de la tradición hermética, el secreto no se proclama abiertamente: se insinúa.
Entre los pasajes más reveladores encontramos afirmaciones como la siguiente:
«Deja ir todas las demás cosas, y quédate sólo con esto; porque cualquiera que vea esta Agua, si tiene alguna práctica o conocimiento, se aferrará a ella, porque es preciosa y vale un Tesoro.»
En efecto, todo nuestro Magisterio se reduce finalmente a reconocer y poseer esa Agua singular que realiza las maravillas que los alquimistas han perseguido a lo largo de los siglos. Aguas existen innumerables; pero sólo una es verdaderamente filosófica: indeterminada en su origen y nacida del Sol y de la Luna.
El propio Kalid ben Jazichi lo expresa con notable claridad cuando escribe:
«Cocine primero con Viento o Aire, y luego sin Viento, hasta que haya extraído el Veneno (o Virtud) que se llama el Alma, de su materia; esto es lo que buscáis, el eterno Aqua Vitae, que cura todas las enfermedades. Ahora todo el Magisterio está en el Vapor.»
En estas pocas líneas el autor deja entrever la clave de toda la operación. Quien sepa meditar sobre ellas comprenderá que el secreto no reside en la multiplicidad de sustancias ni en la complejidad de los procedimientos, sino en el reconocimiento de una sola materia y de un solo principio operativo.
Acompañado ahora de abundantes y esclarecedores comentarios, el texto permitirá al lector atento penetrar con mayor claridad en estas indicaciones, y quizá descubrir —si la fortuna y la paciencia lo acompañan— la materia prima de la Gran Obra que los antiguos filósofos se esforzaron tanto en velar.
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