Una de las inteligencias más penetrantes de su siglo fue, sin duda, George Starkey , cuyos diarios nos disponemos ahora a examinar. Este hom...

Los diarios privados de George Starkey





Una de las inteligencias más penetrantes de su siglo fue, sin duda, George Starkey, cuyos diarios nos disponemos ahora a examinar. Este hombre singular, nacido en las Bermudas —islas que el vulgo imagina destinadas al ocio, pero que a veces engendran espíritus inquietos—, poseía desde temprano un propósito definido: perfeccionar las medicinas, descubrir procedimientos nuevos y, por encima de todo, alcanzar la Piedra Filosofal.

Para ello no desdeñó nada. Como verdadero investigador de la naturaleza, probó cuanto la materia le ofrecía, sometiendo a la prueba del fuego sustancias nobles y vulgares por igual. Sus cuadernos revelan, con insistencia casi obsesiva, su inclinación hacia las sales volátiles y hacia ese disolvente universal que los filósofos llamaron Alkahest, misterio que tantos persiguieron y que tan pocos comprendieron.

Todo ello aparece consignado con la franqueza del experimentador. Pero hay algo que Starkey jamás declara abiertamente y que, sin embargo, se deja adivinar entre líneas. Bajo la figura del médico y químico laborioso parece ocultarse otra identidad más elevada, una máscara adoptada según la antigua costumbre hermética.

Muchos indicios conducen a sospechar que George Starkey no fue otro que el célebre Ireneus Philalethes, aquel alquimista enigmático al que la tradición atribuye una vida casi legendaria y cuyas enseñanzas prácticas ejercieron una influencia decisiva sobre la obra de Isaac Newton.

Si esta suposición es justa —y todo invita a creerlo—, entonces los diarios que siguen no son simples notas de laboratorio, sino los vestigios de un pensamiento filosófico de primer orden, disimulados bajo la apariencia modesta de la experimentación cotidiana.


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