Este tratado no es un libro más dentro del vasto corpus alquímico. Su autor fue citado con profundo respeto por numerosos maestros del Arte, quienes lo reconocieron como un verdadero adepto. Desde Johan Ferdinand von Frydau, en su Luz de la Luz, Hermética Victoria de Hermann Fictuld, hasta el conde Bernardo Trevisano, son varios los filósofos que remiten a esta obra como un modelo digno de estudio y meditación.
Sin embargo, es al adentrarnos en sus páginas cuando descubrimos lo verdaderamente extraordinario. Tras el inevitable velo alegórico con que protege su enseñanza, el proceso que describe guarda una sorprendente afinidad con el expuesto por el anónimo autor de las Recreaciones Herméticas. Los alambiques dejan de ocupar el centro de la escena; desaparecen los grandes hornos de fusión y las complejas operaciones metalúrgicas. En su lugar aparece una materia sencilla, saturada del Espíritu Universal, con la cual el autor afirma que puede realizarse toda la Obra en un solo recipiente. El viejo axioma de «una materia, un vaso y un fuego» cobra aquí un sentido completamente nuevo.
Por primera vez encontramos una explicación que ilumina las célebres palabras de Morienus cuando afirmaba que la materia se hallaba en el hombre y muy próxima a él. El autor expone con una claridad poco frecuente cuál es ese sujeto remoto que debe escoger el filósofo para iniciar sus trabajos, alejándose deliberadamente de la obsesión por los metales que caracteriza a tantos otros tratados.
Por la importancia de estas enseñanzas, dediqué a esta traducción una atención especial, procurando respetar cada matiz del texto original y acompañando esa labor con una edición cuidada hasta el menor detalle. Confío en que esta obra ocupe el lugar que merece en vuestra biblioteca hermética y, sobre todo, que su lectura despierte en vosotros el mismo asombro que despertó en mí la primera vez que tuve el privilegio de recorrer sus páginas.
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