Este texto, cuyo autor se presenta a sí mismo como hermano de la Cruz Dorada, nos conduce con notable franqueza hacia la materia sobre la cual debe ejercerse la Obra. Sus afirmaciones vienen a confirmar, una vez más, la enseñanza transmitida por Bernard Trevisan acerca de la única materia de la cual todo se hace en la filosofía hermética. Trabajar sobre cualquier otra —advierte el autor— no conduce sino a un resultado inevitable: la pérdida de tiempo, de esfuerzo y de esperanza.
Para sostener su argumento, el tratado recorre sucesivamente los tres reinos de la naturaleza —animal, vegetal y mineral— con el propósito de guiar al lector hacia una elección correcta de nuestro Sujeto. Este examen comparativo no pretende multiplicar las vías, sino, por el contrario, reducirlas hasta señalar con claridad dónde no debe buscarse.
En particular, el autor condena con severidad ciertas interpretaciones que proliferaron entre algunos operadores tardíos. Refiriéndose a quienes exploran las llamadas vías no metálicas, se expresa con una franqueza poco común:
“Me asombran aquellos que desean ser considerados grandes adeptos, y sin embargo buscan la sustancia de la Piedra en la menstruación femenina, el líquido seminal, los óvulos, el vello, la orina y cosas semejantes, y no se avergüenzan de llenar tantos volúmenes con sus vanas e inútiles recetas.”
Tal advertencia, lejos de ser una simple invectiva, constituye un recordatorio severo del principio fundamental que los filósofos no cesaron de repetir: la Obra es una porque la materia es una.
Por la claridad de su exposición y la firmeza de su doctrina, este tratado merece, sin duda, ocupar un lugar destacado en la biblioteca de todo estudioso del Arte.
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