Este tratado presenta, a primera vista, un carácter singular y hasta desconcertante. En sus primeras páginas sostiene que la Medicina Universal debe extraerse de los tres reinos de la naturaleza, y se detiene en señalar, dentro de cada uno de ellos, cuál sería la materia más noble o eminente capaz de conducir al operador hacia la perfección del Arte.
Sin embargo, a medida que el discurso avanza, el autor parece abandonar gradualmente esa triple consideración para conducir al lector hacia un terreno muy distinto. En las últimas secciones nos introduce, casi sin transición, en la operatoria destinada a captar el Spiritus Mundi, ese soplo universal cuya presencia velada constituye uno de los arcanos más repetidos por los filósofos.
Allí el tratado adquiere un interés particular, pues ofrece indicios valiosos para comprender cuál podría ser la misteriosa agua de los maestros, aquella que los antiguos velaron bajo diversos nombres y que aquí aparece evocada mediante la célebre Fontina de Bernardo, destinada —según se nos insinúa— a disolver en su seno nuestro Sol filosófico.
De este modo, lo que comienza como una exposición aparentemente doctrinal sobre los tres reinos termina revelándose como una invitación más profunda: reconocer en esa agua secreta el verdadero fundamento de la operación. Un giro sutil, pero característico de la literatura hermética, donde las pistas decisivas suelen aparecer precisamente allí donde el lector menos lo espera

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