En esta correspondencia del alquimista Albert Poisson —prácticamente desconocida para el público— encontramos sugestivas referencias a ese fluido sutil que, según el autor, rodea y penetra todas las cosas. Poisson sugiere que el operador, una vez alcanza en su interior el conocimiento necesario, sería capaz de proyectar o comunicar ese influjo a la sustancia sobre la cual trabaja.
No insistiré aquí en mi propia opinión acerca de tal concepción, que parece situarse en esa frontera delicada donde lo metafísico roza lo físico; dejo al lector la tarea de juzgarla por sí mismo.
Lo verdaderamente importante es que el autor aborda una cuestión esencial para la realización de la Obra: la animación de la sustancia metálica. Según esta doctrina, la materia, una vez sometida a cierta operación —que Poisson relaciona con el arqueo o principio vital— experimenta una transformación radical, volviéndose completamente distinta de lo que era en su estado inicial.
Esta idea no es nueva en la tradición hermética. Ya Ramon Llull había insinuado algo semejante en sus tratados, al describir la necesidad de vivificar la materia para que pueda entrar en el verdadero régimen filosófico.
Poisson retoma este principio y lo expone con notable claridad, haciendo de él uno de los puntos centrales de su reflexión. Y en efecto, si el lector logra captar el alcance de esta enseñanza, comprenderá que en ella se encuentra uno de los aspectos más decisivos —y también más sutiles— de toda la práctica alquímica.

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