Este texto nos revela, por un lado, la naturaleza de la materia: nuestro Mercurio metálico, destinado a unirse con las luminarias para dar...

Dos hermosos y pequeños tratados : sobre el Mercurio de los alquimistas y sobre la luz de la naturaleza

 



Este texto nos revela, por un lado, la naturaleza de la materia: nuestro Mercurio metálico, destinado a unirse con las luminarias para dar origen a la Piedra. Y no sólo la señala, sino que procura justificar las razones de dicha unión, explicando por qué esa materia ocupa un lugar tan singular dentro de la filosofía hermética.

Pero la enseñanza no termina allí.

En el inédito tratado La Luz de la Naturaleza, el autor avanza un paso más y nos habla de la concordancia entre las naturalezas. Nos conduce así a uno de los axiomas más antiguos y repetidos de la alquimia: que la naturaleza contiene a la naturaleza, que la naturaleza se regocija en la naturaleza y que la naturaleza vence a la naturaleza.

Toda la Obra parece resumirse en esta sencilla observación.

No se trata de violentar la materia ni de obligarla a hacer aquello para lo que no fue creada. Por el contrario, el artista debe descubrir qué cosas poseen afinidad entre sí, cuáles se buscan mutuamente y cuáles pueden unirse para producir una generación verdadera.

Por eso los filósofos insistieron tanto en la elección del sujeto.

Una vez hallada la materia correcta, el resto de la operación consiste, en gran medida, en permitir que actúen las leyes que la Naturaleza ya contiene en sí misma. El arte no crea; dispone. No inventa; favorece. No sustituye a la Naturaleza; la ayuda a completar aquello que ella misma comenzó.

Y es precisamente esta concordancia de naturalezas la que explica por qué unos cuerpos se atraen, otros se rechazan y sólo algunos son capaces de producir una transformación duradera.

De ahí que los antiguos repitieran incansablemente que la Obra no puede realizarse con materias extrañas entre sí. Lo semejante debe actuar sobre lo semejante. Lo vivo sobre lo vivo. Lo metálico sobre lo metálico. Lo celeste sobre aquello que posee capacidad para recibir lo celeste.

Comprendido este principio, muchos pasajes que parecían oscuros comienzan a adquirir una claridad inesperada.

Porque la Piedra no surge de una mezcla arbitraria de sustancias, sino del encuentro armónico entre naturalezas que se reconocen mutuamente y tienden, por su propia inclinación, hacia una misma perfección.


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