De nuevo hallamos en este texto una insistencia que los filósofos no se cansan de reiterar: la necesidad imperiosa de lavar y purificar la m...

Tratado de Micreris a su discípulo Mirnefindus


De nuevo hallamos en este texto una insistencia que los filósofos no se cansan de reiterar: la necesidad imperiosa de lavar y purificar la materia un número determinado de veces. Solo así, despojada de sus impurezas groseras, queda verdaderamente dispuesta para las operaciones que el autor describe, pues la Naturaleza no obra sobre lo impuro sin antes haber sido convenientemente preparado.

Pero hay más. El autor señala, una vez más, la aparición del color verde, ese matiz tan particular que solo nace bajo el influjo del Sol. Y esto no es una figura retórica: lo hemos comprobado por experiencia directa. La misma materia, trabajada en la noche, permanece muda y opaca; mas, al ser expuesta a la acción solar, revela ese verdor sutil, como si una vida latente despertara en su seno.

Todo ello nos inclina a pensar que el autor de esta breve obra no habla por conjeturas ni por repetición de antiguas autoridades, sino por experiencia propia, haciéndose así digno —sin exageración alguna— del título de adepto y maestro.


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