Este breve opúsculo (año 1677) cayó en mis manos anoche. Hoy, a la luz del día, lo he releído al menos tres veces más. En sus páginas encontré resonancias de trabajos que he mencionado en otros libros, ecos de las enseñanzas de maestros que tuve la fortuna de conocer, y, más aún, me condujo de nuevo hacia una labor que había dejado relegada tiempo atrás, persuadido de que nada nuevo podía ya ofrecerme.
Sin embargo, el autor declara una verdad tan rigurosa como dolorosa: el adepto pasa con frecuencia de una vía alquímica a otra, consumiendo años, recursos y esperanzas, sin obtener más recompensa que la fatiga de sus propios desvelos. Tal es el laberinto de la búsqueda cuando la materia permanece velada.
Pero el propósito de este pequeño tratado es de una audacia poco común: pretende esclarecer —acaso por primera vez de manera directa— la naturaleza de la materia sobre la cual debe ejercerse el arte. En esto no puedo sino asentir plenamente.
Más de un amigo, versado en estos misterios, podría decirme con una sonrisa: “ya te lo habíamos advertido”. Y, sin embargo, en el camino hermético cada verdad debe ser reencontrada por el propio caminante, como si fuese revelada por primera vez.
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