Este breve opúsculo, fechado hacia el año 1700 y, sin duda, salido de la pluma de un adepto, conduce al lector de la mano hacia el trabajo con la materia metálica que los filósofos velaron bajo el nombre de nuestro oro. A lo largo de sus páginas ofrece indicaciones precisas sobre diversos aspectos de la práctica: el régimen del fuego, la disposición del atanor, el modo de extraer de la materia el mercurio filosófico, así como las operaciones de multiplicación y la conveniente orientación del metal para la proyección final.
Pero más allá de estos detalles operativos, el mérito del tratado reside en que guía al lector —con una lógica sobria y bien encadenada— a comprender por qué esa materia particular merece atraer nuestra atención entre tantas otras. No se limita a describir procedimientos: procura mostrar la razón profunda de la elección, como si quisiera prevenir al buscador contra las innumerables desviaciones que pueblan la literatura del Arte.
Así, leído con la debida atención, el libro deja entrever algo más que simples instrucciones: revela el auténtico proceso que conduce a la Piedra Filosofal. Pues, como recuerda el propio autor con la concisión característica de los verdaderos filósofos, la materia es una, la disposición es una y el recipiente es uno.
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