El procedimiento que sugiere es, en apariencia, de una simplicidad extrema. Sin embargo, esa simplicidad se encuentra velada entre líneas, disimulada bajo numerosas citas bíblicas que el autor emplea como cubierta simbólica de su enseñanza. Bajo ese manto escriturario se perfila, no obstante, una indicación constante: la mirada del operador debe dirigirse hacia el reino metálico si desea encontrar el fundamento de la Piedra Filosofal.
Más aún, el tratado llega a señalar con sorprendente claridad el mineral en el que debe fijarse nuestra atención, es decir, la materia prima remota de la Obra. De ahí la insistencia del autor en advertir que, mientras no se conozca con certeza la materia verdadera, todo intento de operar resulta no sólo inútil, sino perjudicial, pues no conduce sino a la pérdida de tiempo, de recursos y de esperanza.
No en vano escribe con notable franqueza:
“La materia es conocida por muchos y encontrada por pocos, porque tiene tantos nombres.”
He aquí, sin duda, el verdadero nudo del problema. Porque una vez reconocido el sujeto, el camino queda en gran parte despejado. Y lo más notable en este tratado es que su autor, lejos de multiplicar velos innecesarios, parece atreverse a nombrar esa materia con una claridad poco frecuente en la literatura del Arte.

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