«Un pequeño tratado muy bello, útil y espléndido». Así se lo describe, y en verdad la sentencia no resulta exagerada. Este texto, casi desconocido dentro de su género y de autor anónimo, fue publicado en lengua alemana hacia el año 1700.
Desde sus primeras páginas enseña al lector a reconocer los senderos de los sofistas, esos en los que se destila, se sublima y se calcina sin cesar, mientras que, en realidad, nada sustancial se obtiene. Frente a tales extravíos, el autor nos conduce hacia la búsqueda de una materia que es común a todas las cosas y que, mediante una operación simple, puede ser llevada al estado de la Piedra Filosofal.
Este planteamiento recuerda inevitablemente a ciertos parérgones —o a lo que algunos han querido identificar con el llamado Spiritus Mundi—; sin embargo, el autor parece insinuar algo aún más interesante. Entre líneas, y de manera particularmente clara hacia el final del opúsculo, deja entrever un sendero distinto: una indicación sobria pero firme hacia lo que podría considerarse la vía auténtica de la Gran Obra.

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