Tras traducir El Químico Escéptico, la impresión que me queda es, cuanto menos, decepcionante. Me cuesta comprender cómo Robert Boyle llegó a ocupar un lugar tan prominente en la historia de la ciencia a partir de una obra que, a mi juicio, explica muy poco acerca de la alquimia y que, sin embargo, suele presentarse como el golpe definitivo que habría puesto fin a toda la tradición hermética.
La estructura del libro me resulta particularmente problemática. Boyle recurre constantemente al diálogo entre personajes que afirman y refutan posiciones sin que el lector encuentre un desarrollo verdaderamente concluyente. Incluso introduce su propio pensamiento mediante interlocutores que terminan funcionando como extensiones de sí mismo, sin aportar una demostración experimental que respalde muchas de sus afirmaciones.
Después de haber leído y traducido decenas de tratados alquímicos, encuentro en muchos de ellos una coherencia interna, una lógica experimental y una observación de la naturaleza muy superiores a las que aparecen en esta obra. Boyle, en cambio, parece apoyarse con frecuencia en la fuerza retórica de sus argumentos más que en evidencias que permitan al lector seguir el razonamiento paso a paso.
Precisamente por eso consideré importante traducir este libro: para que cualquiera pueda leerlo directamente y juzgar por sí mismo hasta qué punto justificaba el prestigio que la historia le ha concedido. Mi intención no es pedir que se acepte o rechace a Boyle por autoridad, sino invitar a una lectura crítica que permita comprender por qué una obra como El Químico Escéptico terminó convirtiéndose en un símbolo del abandono de la alquimia tradicional y del nacimiento de una nueva concepción de la química.
Si se compara este texto con los grandes tratados herméticos, el contraste resulta, cuando menos, digno de reflexión.
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