Este libro de 1680 se suma a tantos otros en los que se afirma que la materia de la Piedra se halla oculta en el propio hombre. Pero no tanto porque resida en él de manera permanente, sino porque el hombre actúa como un imán perfecto, capaz de atraerla desde el aire, donde subsiste en su estado universal.
A través de una reflexión sostenida, el autor nos conduce a comprender mejor el papel del alquimista en la Obra, mostrándonos cómo disponer de ese principio y, sobre todo, cómo condensar la sustancia sutil que nos es indispensable.
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