En concordancia con la enseñanza de Bernard Trevisan, Roger Bacon, la antigua Turba Philosophorum y el célebre Michael Sendivogius —y ya el simple hecho de reunir tales autoridades resulta algo verdaderamente extraordinario— aparece también la voz de Ramon Llull conduciéndonos hacia el trabajo con nuestro Sujeto, sin el cual la consecución de la Piedra Filosofal permanece imposible.
En esta obra, leída atentamente y puesta en paralelo con los autores mencionados, el lector perspicaz podrá descubrir una indicación decisiva: una clave final, cuidadosamente velada entre las líneas del texto. No se trata de una revelación estridente, sino de una insinuación discreta, de esas que los filósofos gustaban esconder bajo la apariencia de una frase ordinaria.
Y, sin embargo, quien sepa reconocerla advertirá que esa misma verdad había sido ya expresada, siglos atrás, por el propio Cosmopolita, cuya doctrina vuelve aquí a resonar como un eco persistente del antiguo secreto

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