Ser o no ser viejo

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La senectud. La hora de la artrosis. El Alzheimer. O como mi abuelo padeció: arteriosclerosis.

Es la hora del cansancio infinito. El momento en que nuestros cuerpos se encorvan y se arriman, en su humillación, hacia la tierra. Como si la gravedad estuviera empeñada en que mirásemos el suelo cada vez más cerca a cada momento.

La vista no es la de siempre. Se ha deteriorado. Ciegos algunos, otros con cataratas, avanzan por la vida. Se resisten a morir.

La vejez humilla, postra, y pierde muchas veces nuestras identidades (como sucedió con mi abuela, que en sus horas finales divagaba y se olvidaba quien era).

¡Cuánta razón tenía Giacomo Leopardi al referirse que debemos temer más a la vejez que a la muerte.!

La vejez se arrebata los placeres, y a cambio, nos deja “el apetito insatisfecho por ellos” (Vida Eterna, Fernando Savater).

La muerte, en cambio, como dice Epicuro, no nos afecta porque mientras respiramos ésta no está. Y cuando está, nosotros ya no respiramos más.

Pero así y todo no queremos morir. Aunque nos arrastremos por suelos salinos sin piernas y brazos, sólo en virtud de nuestros dientes, no queremos dejar de existir.

Pero la pregunta, para el filósofo, siempre prevalecerá: ser o no ser viejo. Yo opté siempre, y espero tener la decisión para hacerlo, que antes de humillar mi humanidad y doblegar las voluntades de otros - los que me cuidarían - es mejor acabar con mi existencia por mis propios medios.

Es lo que hacía el sabio iluminado en Egipto al llegar a una edad donde ya sus fuerzas le habían abandonado y vivía a merced de otros. Escogía él mismo su hora. Se ayudaba y ayudaba a los demás a irse con honorabilidad.

Pero por algo, también el sabio de Egipto buscó la Panacea. La encontró, no cabe duda de ello.


LA VISION DE SARTRE EN EL SINSENTIDO DE LA VIDA

“Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad.”, aquella frase lapidaria era de Sartre en su imperdible libro La Náusea.

Y en cierta medida es la aceptación del ateísmo con toda su responsabilidad. Es cierto, Sartre afirmaba que no había sentido a la vida. Lo mismo que Schopenhauer reflexionaba cuando refería:

“En el fondo, toda individualidad es un error especial, una equivocación, algo que no debiera existir, y el verdadero objetivo de la vida es librarnos de él.”

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Estos filósofos pesimistas, en realidad hablan con verdad. Pero, aunque reconozcamos las verdades que encierran sus reflexiones, nos resistimos a ocupar el lugar que nos delegan: la no existencia.

De una u otra manera el ser humano tiene un instinto más poderoso que todo pensamiento, y ese instinto le indica – y le ha indicado a través de milenios – una única cosa: sobrevivir.

Por, eso, aunque sepamos que estamos por casualidad, que no hay razón de ser, y que moriremos por el azar, y que ni siquiera el Universo se salvará de este final, respiramos. Nuestro corazón late. Vibramos de emoción por una música. Y nos agrada enfrascarnos en pleitos efímeros, debates vacuos, reflexiones obligadas, búsquedas caprichosas.

Al final, nos mueve la sangre, la gravedad, las propias leyes que nos han condenado.

Quizá no exista una obra que tan bien defina esta pulseada con el sinsentido que La Carretera, de Cormac McCarthy, libro que recomiendo plenamente.

Los protagonistas viven en una atmósfera apocalíptica. No hay sentido alguno para vivir, y sin embargo, luchan por existir. ¿A qué viene ese capricho?

Con una fuerza inútil siguen caminando. Hombre y niño empujan un chango oxidado por carreteras desoladas, flanqueadas de árboles marchitos. Esqueletos humanos contemplándolos desde sus cuencas oscuras. Caníbales al acecho.

Y siguen caminando. Incansables. Buscando un sentido a su sinsentido. Lo mismo que todos nosotros lo hacemos a diario.

Pero la diferencia está en que nosotros creemos que servimos a alguien o a algo, que tenemos una vida en el paraíso aguardándonos, o que Dios tiene un buen plan para nosotros, pero los protagonistas de la novela no tienen nada.

La esperanza es un niño que lo ha perdido todo.

Historia, La muerteRoark Rhoend