El doctor que bebía vómitos y se inyectaba orina

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Se podría decir que fue un antiguo biohacker. Pero a qué extremos.

Resulta que había un paciente con fiebre amarilla yaciendo en la cama. Aparece un doctor de bata blanca conocido como señor Ffirth. El hombre enfermo lo mira y sujeta un cubo entre sus manos. El médico le anima a que lo expulse. Y vomita una mezcla nauseabunda de mocos y viscosidades que salen de su boca.

El enfermo cae en la cama totalmente inconsciente. El doctor aprovecha y recoge el cubo con los vómitos. El ambiente hedía. El enfermo, aquel bote, y el doctor que movía aquel cubo de un lado a otro para examinar lo que había expulsado el enfermo.

El hedor era abrumador, pero el doctor no parecía ser afectado. Lo que continuó lo inscribió en la historia de la medicina sin preámbulos: tomó una taza y la llenó con el vómito. Lentamente, se acercó la taza a los labios y bebió un sonoro trago.

La fiebre amarilla asolaba la población de Filadelfia a principios del siglos XIX y este médico, conocido como Stubbins Ffirth se hizo popular al exponerse a la enfermedad bebiendo el vómito de los enfermos para demostrar su férrea creencia de que no era contagiosa la enfermedad.

Pero ¿estaba demente? Por el contrario, el doctor era muy observador. Había notado que la enfermedad se desarrollaba en los meses más sofocantes del verano, pero iba mitigando a medida que aparecía el invierno. ¿Qué era lo que hacía que esto sucediera?.



Fiebre amarilla en Buenos Aires. Wikimedia Commons

Fiebre amarilla en Buenos Aires. Wikimedia Commons

Ffirth concluyó que la fiebre amarilla era realmente “una enfermedad de la excitación creciente” que se activaba por un exceso de estimulantes tales como el calor, los alimentos o el ruido. Con que las personas se calmaran, teorizó, no desarrollarían la enfermedad.

¿Qué hizo para probar su teoría?

Ideó una serie de pruebas. Primero confinó a un perro en una habitación y le alimentó de pan empapado en el característico vómito negro de las víctimas de la fiebre amarilla (esa negrura es causada por la hemorragia de la sangre del tracto gastrointestinal). Y el animal no se enfermó. De hecho, al expirar tres días acabó gustándole y llegaba a comer “la materia” sin necesidad del pan.

Envalentonado por el éxito, el hombre subió la apuesta. Trasladaría las pruebas a un sujeto humano. Mejor aún, lo haría él mismo. Tal y como explicó en su trabajo:


El 4 de octubre de 1802, hice una incisión en mi brazo izquierdo, a medio camino entre el codo y la muñeca, para sacar unas gotas de sangre; Introduje en la incisión vómito negro fresco; Se produjo un ligero grado de inflamación que desapareció por completo en tres días y la herida se curó muy fácilmente.


Los experimentos de Ffirth se hicieron cada vez más audaces. Se hizo incisiones más profundas en sus brazos, en las que vertió vomito negro. Luego pasó a “humedecerse” los ojos en el líquido o a mezclar el vómito fresco con agua y bebérselo. En estas primeras pruebas anotó que:


El sabor era ligeramente más ácido. Es probable que si no lo hubiera hecho antes de los dos últimos experimentos, me hubiera acostumbrado a saborearla y olerla.


Finalmente se armó de valor y reunió el ¿coraje? necesario para tomarse un vómito puro y sin diluir. A partir de aquí las cosas comenzaron a tornarse muy extrañas. Habiendo adquirido este aparente gusto por las cosas, Ffirth llegó a incluir una especie de receta de licor de vómito negro, una que decía:

Si el vómito negro se tensa a través de un trapo y el fluido obtenido se pone en una botella o frasco dejando una tercera parte de ella vacía, estando taponada y sellada, y si se establece por uno o dos años, obtenemos un sabor que contiene una porción de alcohol.


Lo cierto es que a pesar de los esfuerzos del hombre por infectarse el doctor no contraía la fiebre amarilla. Luego consideró momentáneamente declarar que su punto de vista había sido probado, pero pensó que aún le faltaban líquidos contaminados con la fiebre por probar. Por ejemplo la sangre, la saliva o la orina.

¿Qué hizo? Se dispuso a probarlas todas a través de las inyecciones en sus brazos. La orina produjo la mayor reacción, causando cierto grado de inflamación. En cualquier caso nada grave, pensó, y todavía estaba libre de la enfermedad. Entonces sí, Ffirth ya se sentía plenamente justificado en declarar probada su hipótesis. La fiebre amarilla tenía que ser no contagiosa.

Aedes aegypti: principal vector del virus de la fiebre amarilla. Wikimedia Commons

Aedes aegypti: principal vector del virus de la fiebre amarilla. Wikimedia Commons


Pero por desgracia estaba equivocado. Hoy sabemos que la fiebre amarilla es causada por un pequeño virus ARN propagado por los mosquitos. Esto explica por qué Ffirth observó variaciones estacionales en la propagación de la enfermedad. La epidemia retrocedió en invierno a medida que disminuía la población de mosquitos.

Se dispuso a probarlas todas a través de las inyecciones en sus brazos. La orina produjo la mayor reacción, causando cierto grado de inflamación

La gran pregunta no resuelta es saber cómo demonios no pudo contraer la enfermedad en algún momento, eso es todo un misterio teniendo en cuenta que estaba frotándose con sangre infectada en heridas en sus brazos. Es posible que tuviera suerte, sin más. La fiebre amarilla, al igual que otras enfermedades transmitidas por los mosquitos como el virus del Nilo Occidental requieren de la transmisión directa al torrente sanguíneo para causar la infección.

Ilustración del S.XIV. Wikimedia Commons

Ilustración del S.XIV. Wikimedia Commons

Aunque Ffirth no adivinó la causa de la enfermedad, sus experimentos no fueron en vano. Sometió su investigación a la Universidad de Pennsylvania para satisfacer los requisitos necesarios para el grado de doctor en medicina, grado que le concedieron posteriormente.

Sin duda se trató de uno de los experimentos más extraños jamás realizados por el hombre. Pero demuestra hasta qué punto una persona puede probar algo creyendo en determinada cosa. 

He visto en Internet gente que propaga el consumo de ORMUS, preparado con Sosa Caustica, y así muchas recetas más que no conducen a nada, pero que pueden hacer peligrar nuestras vidas.

Esta historia es un digno ejemplo de ello.

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