La alquimia como inspiración para los esquizofrénicos

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Quizá el título no suene muy agradable, no tiene que serlo, pero es lo que reflexioné tras largas horas leyendo el libro La Negación de la muerte, una obra de valor tan genial como la teoría de Darwin, y de absoluta precisión psicológica y filosófica.

La realidad es que nos encontramos indefensos y como abandonados en un mundo donde nuestro destino – por más que no se lo quiera ver así para las mentes religiosas – es morir.

Emerger de la nada, tener un nombre, conciencia de si mismo, sentimientos de alegría y tristeza profundos, un notable anhelo de vivir y poder expresarnos, la posibilidad de enamorarse, y sin embargo, pese a todo esto, morir.

Nosotros como seres humanos alcanzamos una suerte de sustituto de la inmortalidad al sacrificarnos por causas mundanas de todo tipo: conquistar un imperio, acumular fortunas, constituir una familia, comprar un departamento, dejar un legado, escribir un libro, construir un templo o una simple página web.

Ahora lo que sucede es que en el fondo de nuestra psiquis, el ser humano se siente inmortal. Pero no todos, desde luego. Los que más capricho tienen con ello son los afectos a la religión, el esoterismo, el misterio, todo aquello que no está dentro del mundo tradicional, eso que , a fin de cuentas, nos hace esquizofrénicos.

Ya explicaré mejor este concepto.

Lo importante es saber que todo proviene, desde luego, del ancestral miedo a la muerte. Que reprimimos, que no dejamos que salga a la luz y ocultamos de mil maneras diferentes. Porque si se pudiera expresar ese miedo nos paralizaría, dejaríamos de funcionar como organismos. Y reprimir no es otra cosa que olvidar lo escondido y el sitio donde lo escondimos.

Cualquier persona dirá que sabe que algún día habrá de morirse pero en realidad es algo que no le preocupa. Al mejor modo de Epicuro. Es tan solo una confesión verbal, ya que el sentimiento del miedo a la muerte se reprime para funcionar en este mundo.

Y cuando algo lo saca a la luz (una muerte cercana), entonces vienen a cubrir ese agujero horrendo las religiones, la magia, el esoterismo, la alquimia, el misterio de la vida. Cualquier cosa es válida para alejarnos el mundo.

Desde luego, no a todos nos sucede, y por consiguiente, el efecto contrario es quedar demasiado asentado en el mundo. Esto nos conduce a la depresión. Ya lo explicó convenientemente bien Ernest Becker en su libro precedentemente citado:

“Como ya sugerí una vez, el esquizofrénico no está lo suficientemente asentado en su mundo —que es lo que Kierkegaard llamó la enfermedad de la infinitud; por otra parte, el depresivo está demasiado afirmado en su mundo, hasta el punto de que este le supera—. Kierkegaard lo expuso del siguiente modo:

“Pero mientras un tipo de desesperación se sume irremediablemente en el infinito y se pierde a sí misma, existe otra que se permite, por así decirlo, ser defraudada «por los otros». Al ver la multitud de personas a su alrededor, al involucrarse en todo tipo de asuntos “mundanos, al ser consciente de cómo funcionan las cosas en este mundo, esa persona se olvida de sí misma […] no se atreve a creer en sí misma, encuentra demasiado arriesgado ser auténtica, es mucho más seguro y fácil ser como los demás, convertirse en una imitación, en un “número, en una cifra dentro de la masa”

Está más que claro que aquí se encuentra la dicotomía entre el Yo simbólico que goza de cierta libertad ilimitada pero apresado en un cuerpo finito con un determinismo que no deja expresar esa enorme libertad del Yo.

Ahora bien, el problema con la alquimia y los esquizofrénicos que buscamos la Piedra Filosofal es que , de no encontrarla en la vida y haber puesto demasiadas expectativas en esa búsqueda, al haber hecho demasiado alarde de esa realidad truncada , nos puede volver psicóticos y tener un colapso total de la estructura de nuestro carácter.

La historia de la alquimia abunda de relatos semejantes.

Y es que el esquizofrénico, al menos como lo ha definido el autor del libro citado, es un intento del yo simbólico de negar las limitaciones del cuerpo finito: “con ello, la persona en su totalidad es despojada de su equilibrio y destruida. Es como si el cuerpo no pudiera contener la libertad de la creatividad que surge desde el interior del yo simbólico y la persona quedara dividida.”

O mejor dicho aún:

El esquizofrénico declarado es abstracto, etéreo, irreal; se eleva por encima de las categorías terrenales del espacio y del tiempo, flota por encima de su cuerpo, mora en su eterno presente, no está sujeto a la muerte ni a la destrucción. Las ha vencido en su fantasía o, lo que es mejor, en el hecho real de que ha abandonado su cuerpo, ha renunciado a sus limitaciones.

No es malo “morar en el eterno presente”: el pasado y el futuro siempre son peligrosos. Tienden a aspirarnos cual agujero negro.

Pero ahora, ¿Qué sucede cuando alguien realmente comprueba que ese delirio esquizofrénico como la alquimia es auténtico? ¿Qué sucede cuando comprueba que la quimera no era tal, y se podía obtener un elixir extraordinario?.

Cuando esto sucede, por el contrario, nuestras limitaciones físicas desaparecen. Y logramos el balance y equilibro que nuestra psiquis viene buscando desde que nacemos.

La bendita esquizofrenia nos conduce a aspirar al infinito, y bienvenida lo es. Porque el camino en la alquimia está abierto y el cuerpo puede apresar ese infinito, por primera y finalmente, una vez en poder de aquella materia tan codiciada.

Y la llave de la cerradura se llama SM.

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Hermoso “choque de opuestos”

Hermoso “choque de opuestos”