La historia del homeless de Mendoza

Hace muchos años atrás, en aquella ocasión en Mendoza, al lado de un conocido amigo periodista, tuve el privilegio de tener en mis manos lo que, nuestro interlocutor, un alquimista entrado en años, juraba y perjuraba era la mítica piedra filosofal.

Gracias a las grabaciones y la memoria de mi amigo, he podido también rescatar estos encuentros con alquimistas hace ya muchos muchos años atrás. 

Y si me decidí a incluir en la sección de biografías esta historia en particular es porque retrata, no sólo la propia, sino la de un anónimo personaje que tenía la facultad de fabricar oro a su antojo y se había dado a la bebida consumiendo su vida en el alcohol.

Veamos cómo se desarrollaron los acontecimientos.

MENDOZA TIERRA DE ALQUIMISTAS

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El Cerrro de la Gloria. A los lejos, la precordillera dibujada en una de sus vistas imponentes. Y en éste parque tupido y silencioso observo, medito y vuelvo a escuchar las palabras que Alberto y Enrique me confesaron hace más de media hora en un café del centro de la capital.

Aquello era en verdad increíble. Según ambos alquimistas, avezados durante años en los trabajos “filosóficos del fuego”, en este parque municipal vivió un viejo ermitaño que había consumado la famosa Lapis Philosophorum, y tenía la mañosa costumbre de regalar pepitas de oro a cambio de bebidas alcohólicas.

 El Vagabundo” , nos dice Alberto y nos observa atentamente. Luego añade:

“ Era alguien muy reservado, y rara vez se lo veía sobrio. Pero cuando lo estaba era capaz de recitar de memoria a Flamel y Fulcanelli sin equivocarse en lo más mínimo. Sabemos, porque estuvimos muchas veces con él, que había logrado fabricar la “Piedra” y transmutaba en algún lado del parque, con elementos en verdad muy precarios. Lo sabemos porque de la noche a la mañana sacaba pepitas de oro y nos decía, en uno de sus estados de sobriedad, que las fabricaba él mismo, y que, encima, era sencillísimo. Yo durante mucho tiempo intenté, desde luego, que me confesara el secreto pero no hubo caso.”

“¿El vagabundo?”, indagamos..

“Sí”, se ataja Enrique, el otro alquimista más anciano, y me mira con los ojos entornados. Me dice:

“Lo llamábamos así porque vivía como un pordiosero, desamparado y marginado, y
sin embargo tenía la posibilidad de una enorme economía.”


“Pero yo me pregunto –decimos mirando a ambos – ¿No será que tal vez aquel hombre
había encontrado alguna mina, o algún tesoro enterrado aquí en lugar de transmutar?
¿ Cómo saben que lo hacía si no lo llegaron a ver?”.

“Mira - responde Alberto, alto, delgado, de ojos brillosos - nosotros lo sabemos porque durante muchos años estuvimos hablando con él. Y porque muchas veces padeció severas quemaduras a consecuencia de sus experimentos y milagrosamente se curaba solo. Una vez se quemó el cabello por completo y le dijeron que tenía quemaduras de tercer grado , que debía ser atendido como correspondía, pero se negó en redondo. Dijo que él solo se iba a curar. A la semana ya le estaba creciendo el cabello. Cuando le preguntamos nos dijo que era una de las virtudes de haber tomado la “piedra” de joven.”

“¿Pero por qué se había echado a menos, siendo un vagabundo?” - preguntamos a ambos

Lugar donde vivia el vagabundo alquimista -www.rhoend.com--.jpg


“Porque así lo deseaba” –terció Enrique y nos miró largamente abstraído en sus recuerdos.

“Parece que había sido engañado por su mujer –retomó Alberto y bebió su agua con
gas – y quiso acabar con su vida como fuera. Por eso bebía desorbitadamente , compraba botellas y botellas de alcohol con sus pepitas, siempre se lo veía delirando, y las pocas veces que estaba sobrio, como te decía, nos deslumbraba con su sagacidad y conocimientos. Fue una lástima haberlo perdido.”

“¿De qué murió?”.

“Mira –dijo Alberto y se arrellanó en su silla – al parecer fue hallado una mañana en
las bocas de desagüe de la ciudad, sumergido en el agua y muerto. Dijeron que como estaba siempre borracho se cayó y se murió. Pero yo sé que la policía misma y otras personas estaban tras su secreto y le dieron electroshock para robárselo. Pero no pudieron. Sin embargo, luego de aquellas torturas nuestro amigo estuvo muy mal y casi nunca más se lo volvió a ver sobrio y coherente. Le habían dañado la masa encefálica.


“Amigazo, es que este secreto –sentenció Enrique y miró fijamente con sus ojos grises– acarrea graves consecuencias para quien lo posee, no es un juego. Y aunque muchos puedan pensar que son delirios y quimeras, otros no lo hacen y saben que los que trabajamos en esto lo hacemos con seriedad y con buenos resultados.”


Nos internamos en medio del parque (donde tomamos la foto que ven), y husmeamos entre los árboles, buscando algo que señale el lugar donde moraba aquel ermitaño. Y lo hallamos, camuflado por unos árboles y unas chapas de metal que otrora habrían servido de resguardo de las inclemencias del clima de la región.

Y pisando aquel suelo rociado de hojas del otoño, crujen nuestros pasos y en cada crujido nos recreamos en las palabras de nuestros informantes, en esta historia tan típica y mistificada por dos hombres que creen aún en la magia.

Nos sentamos en el suelo e – para eso estamos– imaginamos. Y vemos a un hombre encorvado, rodeado de un surtido de botellas de vidrio a medio llenar de alcohol, afanado en su trabajo con latas y carbones, los dedos llenos de mugre, la tristeza reflejada en sus ojos oscuros como sus manos.

Y a la distancia vemos como el sol desciende sobre aquel 21 de mayo del 2003.



AQUEL VIEJO SABIO

 No fuerce nunca a la naturaleza, sígala con sencillez y delicadeza”, dijo nuestro anfitrión mientras entornaba la puerta de su jardín y se perdía entre las malezas de sus árboles.

Cinco gatos negros nos miraron simpáticos, maullando a nuestro paso.

Enrique era una persona alta, de ojos grises y de cabellera cana, blanca como la nieve. En sus más de 50 años de estudios del Arte Sacro había llegado a descubrir lo que para él era ni más ni menos que la famosa Piedra Filosofal. Y eso era lo que quería mostrarme allí.

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La piedra del anciano enrique -www.rhoend.com--.jpg


“Siéntense”. Y me señaló una silla aledaña a una ventana.

Fuera del cristal la noche había cubierto el jardín, los felinos deambulaban y parecían estar atentos a nuestra intromisión en la casa. Y cuando mi amigo iba a sacar la grabadora sus grises ojos se alarmaron durante un instante.

 Nada de grabaciones, por favor”.

Aceptamos de buen grado, sabíamos que tener la dicha de aquella entrevista era un obsequio afortunado.

Observamos el entorno y nos dimos cuenta que aquel laboratorio era muy humilde y lleno de polvos y frascos, con alguna que otra tela de araña entretejiendo de esquina a esquina. Y un olor. Raro. Familiar. A hierro quemado.

“¿Enrique, cuantos años tiene usted?”- le preguntamos.

“Más de la cuenta –dijo y sonrió misterioso – Tengo 74 años”.

“Díganos cuál es su parecer con respecto a la Alquimia”.

“Es una ciencia de Dios. Es la tierra roja de las escrituras, el don para llegar al Reino
de los Cielos. Cuando uno bebe un extracto de la piedra puede aumentar su coeficiente y llegar a un rendimiento impresionante de sus facultades.”


“¿Y cómo van sus ensayos.?”

“Muy bien”.

“¿Ha logrado la famosa estrella de los alquimistas?,”

Eso, amigazo, es de la vía seca. Y yo me dedico a la vía húmeda, pero igualmente sí
lo he hecho. ¿Usted sabe la cantidad de conocimientos prácticos de laboratorio que tienen las Sagradas Escrituras?”.


“Sí. Ahora, en síntesis, si no entendimos mal ¿usted busca la “piedra” porque es una panacea y porque le aumenta el coeficiente intelectual de alguna manera acercándolo a Dios?.

“Exactamente, usted lo ha dicho. Pero no se fie de los tratados, porque ninguno nunca dijo la verdad."

La entrevista se mantuvo durante dos horas más.

Debo confesar que en una nueva visita al domicilio de nuestro amigo, en un viaje relámpago a la provincia en cuestión, tuve oportunidad de continuar la platica. Su humildad y gentileza en más de una oportunidad me tomaron desprevenido. 

Morada filosofal en mendoza -www.rhoend.com--.jpg

En honor a la verdad, no he encontrado ser humano con la humildad de Enrique. Siempre recordaré las veces que me acompañó a las moradas filosófales de la ciudad, enseñándome y documentándome

Y en una de esas ocasiones, cuando ya me estaba despidiendo, recuerdo que me tomó del hombro y me miró con sus ojos grises durante un largo rato. "Cuidese del diablo", me dijo fulminante, "porque lo va a tentar".

No lo he vuelto a ver en mucho tiempo.



LABORATORIO DE UN ALQUIMISTA

Aquel estudio era en verdad deslumbrante. Y no se debía a la meticulosidad y orden con que estaba equipado, con frascos con nombres, balanzas, hornos electrónicos y un sin fin de variedades minerales sobre la mesa.

No.

Había , se respiraba, un aire de limpieza y de esmero como si fuera un laboratorio de química moderna.

Y es que Alberto no exageraba con sus precauciones sanitarias. Tenía máscaras, guantes, y todo un arsenal para protegerse de las pruebas.

Ya muchos nos habían dicho –y él lo volvía a hacer –que el peligro que implicaba las operaciones alquímicas estribaba en verdaderos desastres para la persona. Allí estaba el caso de un anónimo alquimista que perdió un pulmón por respirar las emanaciones de sus ácidos. Ahora debía ir con un respirador artificial a donde fuera, imposibilitado para continuar sus trabajos.

Pero en la sala de su estudio se estaba bien.

Y mientras nos hablaba de sus primeros años en la alquimia, nos mostraba fotografías y libros realmente singulares.

Allí – en lo de Alberto - vimos por primera vez el libro de Kamala Jnana, el popular Roger Caro que logró la piedra e incluso la fotografió, pero cuyos resultados son más que cuestionables.

“¿Qué opinión te merece la alquimia?” - empezamos.

“Es el camino a la verdad. Y no cualquiera puede seguirlo. Debes estar preparado
espiritualmente para hacerlo. Porque es uno mismo quien a través de su energía emocional otorga a la piedra física la capacidad de transmutar. No se trata de un mero ensayo químico, si lo fuera, no sería más que una pura receta”.


“¿Pero la piedra existe, es algo real, verdad?”.

“Sí. Como ves en las fotos de Kamala, aquel hombre la logró. Pero, como te digo, es necesaria una entrega del operador, un intercambio de energía para que la sustancia particular de la piedra la absorba y se alimente. Así nace y se hace este trabajo. Por eso, si te fijas, en los grabados antiguos vemos al alquimista entregado a los rezos y oraciones, está dándole, a través de las vibraciones de sus palabras , una cierta carga energética a la sustancia inmersa en el Matraz.”

“¿Y para qué sirve la piedra según tú?”.

“Para lograr una transmutación de la persona. Para llegar a contemplar la realidad que late bajo esta capa de engaños y confusiones.

“¿ Y crees que podrás lograrla.?”

“Tengo fe de que sí. Ya tengo todo lo que me faltaba resolver, en especial aquello que jamás fue dicho y jamás se dirá y sólo puede obtenerse por revelación divina."

“¿Me quieres decir que la obtuviste por revelación?”.

“Algo así”.

“¿Cómo?”.

“A través de estudios y razonamientos, sueños, visiones. De golpe ocurrió”.


La conversación se prolongó por un tiempo más. Ya al salir a la noche, nuestras cabezas estallaban en meditaciones..




MIS PROPIOS EXPERIMENTOS EN ALQUIMIA


Durante meses y meses me enfrasqué a probar cada uno de los compuestos involucrados. Había anotado al pie de la letra la receta del anciano de mendoza y la puse en práctica (click aqui para leerla)

Debía usar plomo vulgar, cortarlo en láminas y obtener mediante ácido nítrico y ácido sulfúrico un polvo blanco.

Luego, para obtener el azufre usaba sulfato de hierro. Lo ponía con agua de lluvia o del grifo a hervir durante horas. Se tornaba de un color morado como revela la foto que coloco aquí debajo.

Esa sustancia, rojiza, se ponía a secar bajo el sol. Y se formaba un polvo rojo que posteriormente debería ser mezclado con el polvo blanco extraído del plomo.

El elemento que los unía era la famosa “leche de la virgen” o Mercurio, formado por KOH.

Pero el KOH debe ser tratado de una manera especial: en un plato, bajo el influjo de la luna, se va disolviendo y a la mañana, antes que se asome el sol, uno recogerá un líquido que se formó del KOH. 

Probé esta recetaViajé en un par de ocasiones a lo de Enrique para confirmar procedimientos. Y nada. No funcionó nada. O en anciano me la había revelado en parte o no era ducho yo en poder fabricarla.

La última comunicación telefónica con Enrique fue el 31 de diciembre de 2004. Me añadió algunos detalles más.

Pero no me funcionó. Aquí queda para los interesados….

Sacando la tierra roja de la alquimia -Rhoend.jpg
Preparando el sulfuro --www.rhoend.com--.jpg