Vida y obra de George Starkey, alias Ireneo Filaleteo, y su relación con Robert Boyle



Uno de ellos sería el padre de la Química moderna. Y el otro, el último alquimista del siglo. Y sin embargo… La relación de George Starkey (alias Ireneo Filaleteo) y Robert Boyle es poco conocida. Quizá sea bueno escarbar un poco en la misma para conocerlos. 

Boyle tempranamente estuvo interesado en ensayos moralistas y de corte más bien seráfico (o románticos y sobre el amor humano) en tanto que a la misma edad Starkey ya experimentaba con mercurio, antimonio, y se leía las grandes obras de la alquimia, en un intento desesperado de lograr la crisopeya y una medicina universal. Tenía 20 años y leía vorazmente todo texto alquímico que pudiera ayudarle en sus trabajos. 
 
Starkey se recibió de médico, y la relación con Boyle se establece cuando lo atiende a este último por un malestar y le receta alguna medicina. Hasta entonces los intereses de Boyle iban por otro lado. Poco a poco, se hacen amigos. Y Starkey le enseña muchas cosas de los quimistas. A medida que pasan los años, Robert Boyle, por su posición en la sociedad, empieza a ganar fama con sus trabajos de quimista. Y poco a poco irá separándose de la alquimia, de alguna manera rechazando a las personas como Starkey a quien, paradójicamente, le usaba sus trabajos para engrandecerse. Y no sólo Starkey. La primera obra de Boyle se basó enteramente de su teoría sobre el atomismo, con un ejemplo de disolución de plata y oro para demostrar su punto. Enteramente su ensayo se basó en los trabajos Daniel Sennert al que cita en varios lados de su obra, pero jamás menciona que plagió sus trabajos íntegramente, e incluso lo crítica algo despectivamente. 

Ese modus operandi de Boyle lo lleva a cabo en varias ocasiones también con Starkey, al que le extrae el secreto del mercurio filosófico (en una carta fechada en 1651), que llama el Mercurio Incandescente, y en su obra Orígenes mecánicos del calor y del frio, Boyle habla del frío que se produce cuando se disuelve sal amoniacal, (cloruro de amonio) en al agua, dando como resultado un frío muy intenso. 

Este experimento se lo enseñó Starkey íntegramente, y en la correspondencia de ambos (carta del 16 de enero de 1652) se encuentra señalado sin lugar de dudas. Y no olvidemos que Starkey era un avezado experimentador desde hacía años mientras que Boyle aprendió todo a su lado, y luego quiso divorciarse de él y de la alquimia con su El Químico Escéptico

Y es que pasó 40 años de su vida persiguiendo a la crisopeya y a los adeptos, para luego reprender la materia de forma despectiva (aunque no podría negar jamás el haber sido testigo de una transmutación). En la carta de Starkey de 1652 le dice a Boyle que en un “abrir y cerrar de ojos” la sal amoniacal que había sido sublimada con antimonio y luego disuelta, congelaba el vidrio y si se sumergía podría congelar el agua dejándolo como hielo. 
 


Posteriormente en el diario de Boyle señalará que el agua rociada en el matraz en el que se disuelve cloruro de amonio tratado de esta manera, se congelará. Y ahí lo menciona como El experimento de Starkey. Pero en su obra publicada esta referencia no la incluirá. Lo mismo en su artículo Transacciones Filosóficas publicado en 1676 que habla del mercurio especialmente tratado que se calienta cuando se mezcla con oro, un punto clave para los esfuerzos crisopéticos. 

Como mencioné, la receta de esta sustancia no provino de otro lugar que de George Starkey. Pero Boyle menciona que descubrió esta misteriosa sustancia alrededor del año 1652, y atribuye este hallazgo a sus propias pruebas y a la “bendición de Dios”. De nuevo, las contribuciones de Starkey son eliminadas sistemáticamente de sus trabajos, atribuyéndoselos. 

Pero no sólo eso. 

Boyle se presenta como experto independiente en las prácticas quimicales. Lo peor tal vez sean sus comentarios en El Químico escéptico, donde habla desfavorablemente de los quimistas a los que tacha de analfabetos porque no le quisieron enseñar operaciones quimónicas, esto es, que conducen a la Piedra de los Filósofos. Rechaza su deuda con la tradición Paracelciana o Helmontiana, diciendo que nunca estuvo expuesto a ellos, lo cual es mentira porque fue seguidor acérrimo de Van Helmont en donde descansó muchas de sus teorías, al punto que sus primeros críticos pensaron que El Químico Escéptico era una continuación de la línea Helmontiana, y no una obra original. 

Y entre los rechazados y “analfabetos”, no cabe duda, está Starkey, su mentor, de quien aprendió todo, y al que le robó todos sus trabajos. Hoy día esta actitud sería vilipendiada como un robo a la propiedad intelectual, pero en la época de la que hablamos no era así, desgraciadamente. La Inglaterra moderna temprana tenía sus propias normas para el reconocimiento de la propiedad intelectual. Los escritores tenían esto que se llamaba “imitatio” y consideraban que estaba bien adoptar o adaptar los temas existentes e incluso los modelos estilísticos. Pero obviamente sin el robo burdo: se podía copiar una idea, pero no robarla. Algo que, si se piensa, es más o menos lo mismo que el plagio a día de hoy. Por lo tanto, el plagio en el sentido de endeudamiento no reconocido fue poco criticado en el Renacimiento. 

No sería hasta el siglo XVII que la palabra plagio comenzó a utilizarse. Y más allá de esto, lo que causa turbación es que Boyle sabía cuán importante es citar sus fuentes, porque en sus trabajos, menciona cuan deplorable es no hacerlo, y lo hace para que no le plagien a él lo suyo. 

Y en El Origen Mecánico de las Cualidades (1675) cita un párrafo de Plinio sobre los plagios: 

 “Sin duda es la marca de una base de alma miserable preferir ser atrapado en el robo que devolver una deuda especialmente cuando se obtendrá un beneficio del préstamo”. 

Este sentido del pasaje lo repetirá en sus obras para advertir que no lo plagien, quizá por aquel viejo refrán de que “piensa el ladrón que todos son de su condición”. Por eso ni mención habrá de su plagio a Daniel Sennert o a George Starkey, y por eso habría que preguntarse si los alquimista que alguna vez afirmaron lograr la crisopeya no hicieron bien en cifrar todos sus conocimientos para que gente como Boyle y otros “eruditos” de la época no tuvieran acceso. 

Como dijo un amigo mío alquimista: “los libros de alquimia son para los eruditos. Porque ellos son los peligrosos. Por eso son tan rebuscados, para que se pierdan y terminen atrapados en ellos”. 

Ahora bien, si consideramos que el Padre de la Química , Robert Boyle, usurpó trabajos de otros que le dieron el reconocimiento público, es importante saber que el motor para hacerlo, además de la distinción, y distanciarse de aquellos a los que le plagiaba sus trabajos, se debió a que no estaba de acuerdo con el contexto filosófico de estas personas, que eran mayormente aristotélicos, y Boyle era más bien atomista. Era mejor no citarlos, porque se quería presentar al público como alguien que no usaba el saber de los que no eran dignos (o que creían cosas fuera de sus axiomas). 

Boyle se quería presentar como un filósofo natural corpuscular basado en la experiencia, y que era la nueva ciencia que estaba a la vanguardia. El aristotelianismo de Sennert no era algo que compartiera y entonces mejor ni mencionarlo a Sennert, sacarle sí sus conocimientos, pero evitar mencionar de donde provinieron. 

En el caso de Starkey se podría explicar por motivos semejantes, pero quizá es un poco más complejo. Porque como afirmó en sus trabajos, la idea de haber sido tutorado por un “analfabeto”, como definía a los quimistas de esta clase, sentaba el precedente del distanciamiento que habría para siempre de la alquimia con la química. 

El mundo de la alquimia era un mundo incoherente, un mundo del cual deseaba fervientemente distanciarse (sólo oficialmente, porque en su interioridad anhelaba la Crisopeya). Y sin embargo, ¿cómo explicar que cuando hablaba del Mercurio incandescente no hacía un giño a los alquimistas? Y de esta forma transmitía su destreza en el campo de la crisopeya. 
 
La explicación, como digo, es que deseaba fervorosamente toparse con un adepto y que le pudiera enseñar: esta manera de darse a conocer era su sello como interesado en la crisopeya. Por eso, al subrayar su propia experiencia, y no la de su maestro (Starkey) se revelaba a ese mundo oculto y misterioso para que alguno de sus personajes se pusiera en contacto con él y le ayudara a resolver la Gran Obra. O quizá lo pudiera plagiar también a este supuesto adepto. No olvidemos que los plagios eran de carácter práctico, es decir, de experiencias que Boyle no llevaría a cabo, y no meramente un plagio teórico sobre algo explicado fuera del ámbito de la experiencia. 

Como sea, el resultado que tuvo Boyle al suprimir sus fuentes, es un incremento de su virtuosismo, haciendo que llevara su vida a un estatus icónico reforzado por sus partidarios y hagiógrafos. Y esta supuesta originalidad y novedad de Boyle influyó notablemente en cómo se presentó la química posterior y cómo ha sido dejada de lado la alquimia, después de todo, la fuente de su éxito. Revisemos ahora las influencias y la materia de STARKEY 


LA MATERIA PRIMA Y LAS FUENTES DE ESTUDIO


La influencia de Joan Baptista Van Helmont, cuyas obras dominaron a los quimistas de la segunda mitad del siglo XVII, fue innegable en Boyle y Starkey. Y si Van Helmont dejó una figura bastante sombría y con un estilo oscuro, George Starkey fue la antítesis: sus cuadernos de laboratorio gozan de detalles y son lo suficientemente explícitos para saber qué hizo y cómo lo hizo.  Y sobre todo, sus fuentes de información.

Y en este sentido, surge el antimonio como elemento de preferencia por muchos alquimistas, al punto que uno de ellos, conocido como Basilio Valentin, escribe un tratado titulado El Carro Triunfal del Antimonio. 

Ahora bien, la coexistencia de la teoría y la práctica alquímica, el ensayo cualitativo y cuantitativo, y el experimento en general se revela de manera muy elegante en los tratados sobre el antimonio escritos por Alexander Von Suchten, un noble prusiano del siglos XVI. 

En el Tractatus secundus de antimonio vulgari, publicado en 1604, pero escrito en 1579, nos da instrucciones de cómo preparar un potente medicamento a partir del antimonio. Afirma que la clave está en reducirlo a un regulus de antimonio. Luego, se alea el regulus con plata (las que serían las famosas Palomas de Diana de Filaleteus/Starkey) y usando la aleación resultante para revivir el mercurio común (plata viva) 

El objetivo es aislar el “oro volátil” dentro del regulus (que se origina en el hierro utilizado en su confección) y que eventualmente se convertirá en “oro potable”, el arcanum medicinal anhelado. El mercurio revivido así tiene el poder de penetrar en los metales y separar su mercurio y azufre unos de otros. 

Este texto fue crucial en la vida de los crisopeyanos y abrió por primera vez la idea de que el regulus era la pieza clave en el puzzle de la alquimia. Este mercurio de antimonio de Suchten fue la base de donde nacerían los trabajos de George Starkey. 

Y sin embargo, para Suchten lo importante era la iatroquimica paracelsiana y no la transmutación metálica: le interesaba el Oro Potable. Y aunque una sección de su segundo tratado habla sobre la crisopeya, finalmente la rechaza a favor de sus preparados medicinales, donde estaba realmente enfocado. 

Suchten menciona el intento de fabricación de otros metales (llámese si quiere transmutación) directamente del antimonio regulus, un proceso que diferencia claramente de sus instrucciones para hacer el Mercurio Filosófico, y dice: 

“He hecho estos cuatro metales (plomo, estaño, cobre y hierro) yo mismo fuera del regulus. Los otros dos, plata y oro, he visto a mi buen amigo hacer”. 

Y dice de la plata artificial que se puede fusionar, martillar y copelar de la misma manera que la plata natural. Sin embargo, no se disuelve en ácido nítrico. Solo lo hace como el oro, en Agua Regia. Y deja un residuo blanco que a la llama no arroja otra cosa que un cristal lechoso. Esto lo decepcionó, ya que ese metal no actuaba como oro ni plata, aunque parecía esta última. 
 
Este y otros fracasos, llevará a este hombre, Suchten, a denunciar siempre los trabajos transmutacionales. Tras probar la plata, también lo hizo con el oro, solo que en este caso un orfebre calificado lo aprobó, y sin embargo, Suchten, más meticuloso que aquel, lo sometió a una batería de pruebas indicando que tampoco era oro natural. 

“El maestro Hans el orfebre dice que es buen oro. Así que tomé el oro y se lo llevé al orfebre, preguntándole que clase de oro era. Dijo que era buen oro y que podía usarlo como oro. En cuanto a la apariencia, corte, piedra de toque, y martillado , fue que era buen oro.” 

Pero, como digo, Suchten no se contentó con este dictamen que habría hecho correr la voz de que se había logrado la transmutación. Buscando la verdad y usando su máximo rigor crítico, ensayó varias pruebas, y en cada una confirmó que era oro. Algo que podría “alegrar a todo alquimista”. Pero Suchten no podía estar tranquilo, el fallido ensayo con la plata lo ponía escéptico. Así que fusionó el oro con su mercurio animado y calentó la mezcla durante un mes, y luego destiló todo. 

Descubrió de esta manera que cuanto todo el mercurio fue expulsado, sólo dos cuartos de onza de metal se quedaron atrás, la mitad de la cantidad original. Esto, señala Suchten, era exactamente la cantidad de oro que su amigo había añadido al antimonio regulus al principio con el fin de convertirlo en oro. La semilla que esperaban que actuara con el oro para el antimonio, se había recuperado, entonces explicó Suchten porqué el oro artificial fracasó. Dijo: 

“El Azufre de antimonio, que coagula su mercurio, no es radicalmente unido con el mismo, por lo que no permanece con él. Si lo intentas en sus otros metales artificiales tu regulus no seguirá siendo ni plomo, estaño , cobre ni hierro, pero volverá a ser un mercurio. Por lo tanto, ni usted ni nadie será capaz de coagular el mercurio de antimonio en un buen metal, como algunos especulan”. 

El amigo de Suchten – así como él mismo – concluirá que la transmutación de los metales es una “fantasía lunática y melancólica” entretenida para aquellos que carecen de experiencia en el fuego. 

Profundamente convencido del fracaso inevitable de la transmutación, Suchten y su amigo recomiendan a otros aspirantes a crisopeyanos a abandonar tan estéril tarea. 
 
Ahora bien, revisemos los cuadernos de Starkey 

Los cuadernos de George Starkey proporcionan una visión incomparable del laboratorio quimista, lo que nos permite ver la forma en que celebre practicante del arte realmente organizó, se puso en marcha y llevó a cabo su trabajo en los reinos de la crisopeya, la farmacia química, y otras actividades técnicas asociadas con la quimistry

Los registros sobrevivientes de laboratorio de Starkey datan de 1651 y 1658 y constan de tres cuadernos autógrafos completos, unos cuadernos fragmentarios y cuatro transcripciones parciales. La gama de proyectos descriptos en los cuadernos es extremadamente amplia. Algunas entradas implican medicamentos químicos bastante estándares, o las destilaciones de aceites y perfumes. Algunos tratan la preparación del Mercurio Filosófico y los intentos de llevar a cabo la Piedra Filosofal. Otros registran intentos de multiplicar los metales preciosos mediante el uso de pequeñas porciones de ellos para transmutar metales bases. 




Los cuadernos, únicos sobrevivientes de este hombre, dan habida cuenta de su compromiso con la crisopeya y en participar con la elaboración de la Piedra Filosofal. Starkey era un trabajador de laboratorio altamente reflexivo y los cuadernos están repletos de meditaciones sobre la naturaleza, y el método de la ciencia de laboratorio de investigación. 

En sus cuadernos percibimos enseguida la obsesión que tenía por los hornos, algo que trasladará con pelos y señas a los libros de su alter ego, Filaleteus. Por eso se autitulará “Filósofo del Fuego”. Y en agosto de 1656 , cuando se prepara para la Gran Obra para hacer la Piedra Filosofal, primero estima los costos del horno que servirá para el proyecto. 

Muchos de sus diseños implicaban que otros vinieran a construirlos a partir de ladrillos y morteros. No solo gente que le ayudaba a construir sus artefactos, sino asistentes que velaban porque el fuego estuviera en todo momento encendido. Imaginemos que en aquella época el combustible utilizado eran carbones. 
 
En una carta fechada en la primavera de 1651 a Boyle, le cuenta que preparó una medicina que “dejó en un horno con un fuego suave y dio orden para que se pusiera un fuego debajo cuando eso se apagara”. Pero a veces sus finanzas no le permitían contratar asistentes. E incluso tuvo que pagar muchas veces deudas con la cárcel o la prisión domiciliaria. 

Por eso en sus cuadernos las operaciones las llevaba a cabo él mismo. El mayor valor de los cuadernos de Starkey es su capacidad para contarnos sobre los aspectos operativos y metodológicos precisos de su práctica de laboratorio y así permitirnos reconstruir los procesos de pensamiento que guiaron su trabajo de laboratorio. 

En sus cuadernos encontramos que comienza con la Antimoniología (su materia preferida), es decir, procesos para preparar el azufre del antimonio. Como sabemos, según la teoría que prevalecía en la época (Siglo XVII) el azufre era junto al mercurio (y a veces la sal, si nos guiamos de Paracelso) uno de los ingredientes esenciales de las sustancias metálicas. 
 
El objetivo principal, complicado, era descomponer metales o minerales (como el antimonio) con el fin de aislar el azufre de los demás componentes. Y esto, como digo, no es nuevo. En la Química Aplicada a las Artes, manual de metalurgia entre otras cosa, menciona que para “separar el azufre del antimonio se debe fundir con el hierro”. 

Para los crisopeyos, los diversos azufres y mercurios también eran de gran importancia: proporcionaban los materiales base para construir metales, y siendo así, se podrían usar para mejorarlos. Starkey comienza su trabajo con el azufre del antimonio fijándose en el método recomendado por Johannes Hartmann en su edición Basílica chymica de Oswald Croll (1608) 

El método implica el tratamiento del antimonio, esto es, estibina o lo que es lo mismo, trisulfuro de antimonio nativo, con un ácido fuerte fabricado con la disolución de la sal amoniacal (cloruro de amonio) y salitre (nitrato de potasio) en aqua foris (ácido nítrico) y destilando la mezcla para producir una especie de Agua Regia (semejante al Agua de los dos campeones de Basilio Valentín). 

El tratamiento del antimonio con este ácido produce una efervescencia vigorosa y deja un residuo antimonial que luego se extrae con una solución hirviendo (o lixiviando) de sal de sarro (carbonato de potasio, lo que yace tras las cenizas de todo vegetal). 

Este extracto se evapora a sequedad y el azufre antimonial se sublima a partir del mismo. En sus textos, se nota que Starkey no compila, sino que se encarga de la creación de algo que lo conducirá a lo que parece un tesoro poderoso. Por lo tanto, de lo que aprende, lo mejora y perfecciona. 

En un pasaje de su querido mentor, Van Helmont, saca esta información y la anota en su cuaderno: 

“Ver por qué medios usted es capaz de obtener un azufre (de antimonio) como el azufre común, un poco de inclinación a verde. Hacer cinabrio, entonces lo sublimé 6 veces por si mismo para que la sublimación pueda servir para la reverberación de Lili. Tomé medio onza de este cinabrio, molido, y suspenderlo durante 24 hs en una jarra grande de vino. Una cucharada de esto tomada durante varios días tiene un efecto maravilloso. Y el mismo cinabrio es suficiente para muchos cientos de jarras de vino, ya que es de igual fuerza si se vuelve a sublimar”. 
 
Starkey analiza el texto detenidamente, y toma nota de estos detalles: 

“Observo en la descripción 
1. Que se desea un azufre como el azufre común, excepto que el azufre común es menos verde. 
2. Que a partir de este azufre se pueda hacer el cinabrio, que no creo que pueda hacerse sin mercurio. 
3. Esa sublimación puede completar este cinabrio, que también se llama Lili. 
4. Que este cinabrio es volátil, porque se puede volver a re sublimar cien veces por cien jarras.” 
 
En otras palabras: Starkey señala que primero, de alguna misteriosa manera, uno debe preparar un azufre verdoso del antimonio, y luego que este azufre se logra, se combina con mercurio común para hacer el cinabrio. Como sabemos, el cinabrio vulgar se hace mezclando azufre común con mercurio común y sublimando la mezcla en una masa roja brillante (sulfuro de mercurio). 



 
Por analogía, al llamarlo cinabrio, Van Helmont nos da una pista más sobre su preparación. Como vemos, hay muchísimas incógnitas que el cerebro de Starkey empieza a analizar. Por ejemplo, el nombre Lili. Entonces vemos en sus cuadernos que hace algo desconcertante: escribe otro proceso para separar el azufre del antimonio. 

Este proceso consiste en lanzar una mezcla molida de antimonio, sal de sarro (carbonato de potasio) y salitre en un crisol caliente. Se produce una deflagración vigorosa, el residuo se fusiona y el material fundido se vierte para enfriarse. El material fundido se separa en una porción metálica llamada regulus de antimonio (metal de antimonio) y una escoria compuesta. 

El describe el proceso como “el azufre del antimonio absorbido por las sales alcalinizadas”. Pero ¿por qué transcribe esta receta? 

No se sabe, pero tal vez porque pensaba que esta clase de azufre antimonio se acercaba a lo propuesto por Van Helmont. 

Ahora bien, es la escoria de este regulus lo que en contacto con el aire se “vuelve verde en el aire”. Y cualquiera que lo toca “deja los dedos” de un “color dorado”. Lo que sugiere, para la mente perspicaz de Starkey, que un azufre del color verde amarillo deseado podría estar incluido ahí. También deja indicado que la “parte metálica” (o sea, el regulus) que está separado del azufre, debe conservar todavía “un azufre combustible dentro de si mismo”, porque cuando se mezcla con salitre el regulus se quema, revelando así la presencia de azufre inflamable. 
 
Esta idea se convalida con la de Van Helmont que, según sus creencias, el antimonio tiene más de un azufre, uno externo (más fácil de separar) y otro interno (mucho más complicado de extraer). Tras observar estas cosas, Starkey concluye que podría estar en presencia de lo requerido por su mentor de “ver por qué medios eres capaz de obtener un azufre como el azufre común”. 
 
Pero Starkey no se conforma con este primer ensayo, y analiza, saca conclusiones, repite experiencias, mejora la fórmula, para ver si encuentra un mejor método. Así plantea un proceso conjetural , algo que en los cuadernos de Starkey vemos repetidamente. 

Ahora bien, la influencia de Suchten en la obra de Starkey es muy transparente. En especial la preparación del famoso Mercurio Filósofico de Starkey del cual ya hemos hablado en otra entrada, y que como vimos, su origen se encuentra en la obra de Suchten. 

Pero también le trasvasaría el interés, obviamente, por el Oro Potable. Esta medicina era un arcano muy buscado y del cual se escribieron muchos supuestos métodos en el siglo XVII. 

Según Suchten, el oro no interviene en lo más mínimo en su preparación. Está, por el contrario, preparado de un “oro filosófico” o “Sol volátilextraído del regulus estelar del antimonio. Este se prepara, como sabemos, con estibina (trisulfuro de antimonio) y hierro, de ahí el nombre regulus marcial, por Marte (hierro). 

Este régulo, como sabemos, muestra un patrón estelar (estrellado) en su superficie. 




Para Starkey no debe ser preparado el Oro filosófico haciendo un mercurio antimonial fuera del regulus, como anteriormente lo había hecho en la preparación del Mercurio Filosófico. Entonces sugiere que hay que añadirle algo al regulus de antimonio para extraer un sublimado de oro de este y que será su Sol. 

Y meditará largamente cómo hacerlo, ya que en este caso Suchten mantendrá un silencio respecto de cómo aislar el oro volátil o filosófico directamente del regulus. 

Analiza una y otra vez el texto de Suchten en busca de pistas. Al cabo, escribe en su cuaderno: 

“Suchten escribe que hay un misterio en la escoria de la primera fusión del regulus. Entonces en consecuencia ¿por qué el azufre no podría ser sublimado de la escoria con espíritu apestoso (o sea, carbonato de amonio) que sublimado abrazaría la masa estelar en la sublimación y teñiría su blancura en un amarillisimo solar en su unión ascendente?” 
 
En otras palabras, que en la escoria estaría el misterio o la clave para separar el Sol Filosófico. Esto es lo que escribí en mis libros publicados, incluido el último La Mano del Filosofo, y el resultado de lo pretendido por Starkey es esto:




Pero al final, vemos en su cuaderno estas palabras escritas Frivolum hoc (“esto no vale nada”). Y parece haberse quedado estancado en múltiples pruebas para lograr llegar a buen puerto. Pero si algo tenía Starkey era que, además de metódico, era perseverante. Y el fracaso de sus conjeturas no significaba el abandono del proyecto. Por eso volverá varias veces al problema del cinabrio de Van Helmont, y al Oro Potable de Suchten. 

Ahora bien, ya he escrito extensamente sobre la importancia y la preparación del Mercurio Filosófico de Starkey. Y en resumen, se creyó que este material era el primer paso importante, ineludible, hacía la preparación de la Piedra Filosofal, y era la pieza central velada en los tratados de Filaleteus. 

El método de Starkey para preparar esta sustancia, como vimos, tiene una larga historia propia que se remonta hasta bien entrado el siglo XVI. De hecho , el proceso de Starkey se basa en el de Suchten como ya hemos visto. Pero fueron las contribuciones especificas de Starkey a esta vía que atrajo la mirada de Boyle al asunto durante nada menos que 40 años, y también sedujeron al brillantísimo Isaac Newton y otros muchos más a lo largo de los años. 

La base del proceso radica, como vimos, en el tratamiento del mercurio común con el regulus marcial de antimonio, de manera de “ennoblecer” o animarlo como Mercurio Filosófico, de esta manera se volvería un disolvente capaz de disolver radicalmente el oro en sus principios y prepararlo como fermento apropiado para la Piedra

El método clásico de Suchten era alear una parte del regulus marcial con dos partes de plata pura, amalgamar esta aleación con mercurio común, luego moler laboriosamente, lavar, digerir esta amalgama a fuego lento, lavar un polvo negro que se desprende durante el proceso (heces del lobo), y finalmente destilar el mercurio. 




Esta larga operación tuvo que repetirse de 7 a 10 veces; Starkey hizo de cada una de estas destilaciones un águila. Ahora bien, según la concepción teórica del proceso de Starkey, la incorporación reiterada de la aleación de plata/regulus con el mercurio común, tiene dos efectos en el mercurio animado. 
 
En primer lugar , el regulus “limpia” el mercurio común de las impurezas de la tierra y el agua salina que restringen sus capacidades solventes. Y en segundo lugar, el regulus añade su propia sustancia mercurial haciendo el Mercurio Sofico (Filosófico), por eso el siguiente paso en la preparación de la Piedra Filosofal (según este basamento) es la disolución radical del oro en el mercurio preparado. 

Starkey estaba convencido que encontrar exactamente la proporción correcta entre oro y mercurio era la clave para el éxito de la operación. Y por eso incuba no uno, sino tres balones con distintas proporciones, para ver cuál podía ser la adecuada. 

Y después de pasar la segunda mitad de febrero preparándose laboriosamente un buen Mercurio Filosófico, con unas 9 águilas, Starkey recurre a la digestión de este producto con oro puro. Y aunque había recibido alguna pista sobre las proporciones en su estudio de los escritos del siglo X, en especial de George Ripley, todavía estaba en duda y por eso aplicó tres matraces de digestión/incubación. 

Pues bien, Starkey seguía las indicaciones de Suchten, que mencionaba la utilización de plata para permitir la amalgama de antimonio y mercurio. Esto debido a que no tiene afinidad el antimonio con el mercurio y necesita un metal que colabore con esta amalgama. Pero sus trabajos posteriores reflejarían que lo intentó sin metal intermediario. 

Ahora bien, a estas alturas no quedan dudas de que Starkey fue un gran lector entusiasta de las obras de Alexander Von Suchten, y que además de la preparación del Mercurio Filosófico y del Oro potable, Starkey trabajó en un tercer proyecto suchteniano extraído del Tratatus secundus de Prusia. Esto significaba la producción de los 6 metales sólidos (oro, plata, hierro, cobre, estaño, plomo) a partir del regulus de antimonio. Porque si bien sobre el oro Suchten era muy escéptico y lo sometió a todo para afirmar que no era oro natural, sus cualidades observables y medibles podían convencer a cualquier orfebre (y quizá esto explicaba muchas transmutaciones históricas, porque esta aleación era casi indiscernible del oro real, aunque era una falsificación casi perfecta). 

En la primavera de 1651 Starkey reclamó el éxito en la producción de oro y plata a partir del regulus. John Dury presenció esta operación y varios miembros del circulo de Hartlib, especialmente Benjamin Worsley. ¿Cómo lo hizo? Lo analizaremos más adelante, pero la operación pudo haber implicado un regulus de antimonio y el tratamiento con porciones del metal para especificarlo. 

Como según el axioma alquímico el regulus de antimonio está cerca de la primera materia de los metales, y por lo tanto está indeterminado, se podía tratarlo de esta forma para “determinarlo” hacia un metal. 

“Regulus es un caos como yo lo llamo”, escribe Starkey, “del cual se pueden dibujar todos los metales”

Ahora bien, el primer intento de producir plata registrado por Starkey ocurrió el 16 de agosto de 1653. Fusionó 4 onzas de plata pura con 29 onzas de regulus de antimonio. Añadió varias sales y se evaporó el regulus en un fuego caliente “con mano de obra agotadora”. Pero al pesar el producto final no encontró aumento de peso en la plata. 

Con perseverancia, volvió a intentarlo el 18 de agosto. Y una tercera vez el 19. Pero concluyó que no funcionaba. Se puso a meditar largamente y escribió los puntos en que creía que Suchten había hecho los metales con el regulus. 

La observación clave sobre el texto de Suchten, que Starkey hace aquí, es que se “requiere un olor fermental del cobre” Que Suchten llama cobre vegetante. 

Por lo tanto, se puso manos a la obra. Y en un experimento fechado el 20 de agosto de 1653 no intenta producir plata, sino algo más económico y simple: plomo. Suchten afirmaba que era muchísimo más sencillo. 

Starkey registra que primero preparó un regulus especial mediante la fusión de una onza de regulus estelar (el clásico) con una onza de colcothar, el residuo que deja el cobre tras la producción con aqua fortis de vitriol y niter

Luego preparó por separado otros regulus especial fusionando el regulus estelar con el mismo peso de Minio (plomo rojo, óxido de plomo) 

Finalmente, Starkey fusiona estos dos regulus especiales. 

Y “así todo fue hecho en Saturno”, o sea, el plomo. 

Describe inmediatamente las propiedades de este “Saturno de antimonio” señalando sus diferencias observables con el plomo natural. 

Alentado por este éxito, escribe una conjetura en su diario: para que se produzca la transmutación, el regulus debe ser fusionado primero con cobre. 

Y entonces vuelve a la carga con la fabricación de la plata por la mediación de venus (cobre). Hace anotaciones sobre cantidad de calor, pesos, proporciones de sales y qué sales, etcétera. Pero su cuaderno llega a un abrupto final en agosto de 1653 debido a sus dificultades financieras. Nueve meses después retoma el asunto, en 1654. Y el sábado 18 de Mayo de 1654 Starkey comienza una serie de experimentos sobre la fusión del regulus con cobre y con plata. Pero fracasa. 

Lo intenta de nuevo, y la añade sales corrosivas, pero el crisol se rompe. Vuelve a probarlo y el calor hace que el crisol se vuelque repentinamente y derramé una parte considerable de su contenido. Un accidente más. Hace otro experimento donde agrega porciones de regulus cada dos horas, y esto nos dice: 

“Agregué unas cinco y un cuarto de onzas de nuevo regulus, pero hubo una desgracia. Porque al lanzar una cierta parte en trozos en la parte fusionada más grande, hizo una cierta parte del líquido más alta salpicar, y esparció muchos pequeños granos en las paredes del horno. De hecho, recopilé diligentemente lo que pude, pero mientras se derretía en una ebullición salvaje se llevó una parte de ella en el fuego. Luego, mientras lo estaba vertiendo en un plato de hierro, el crisol se cayó y algunos se derramaron, de los cuales recogí todo lo que pude”. 

Estos relatos sinceros de los percances de laboratorio de Starkey nos ponen en contexto y reflejan la frustración que podía llevar a la persona cuando todo fracasaba. De hecho, muchos de sus experimentos superaron los límites de la tecnología de la época. Nadie ve el costo de estos trabajos, que se llevan a cabo en secreto y que involucran mucho tiempo y energía. 

Pero si se corona el éxito, todos lo aprecian en el caso que fuera difundido, cosa que no sucede en la alquimia. Starkey de nuevo atravesó problemas económicos y no volvió a tomar anotaciones hasta agosto de 1655. En ese momento Starkey decide que ni el fuego ni las sales eran capaces de llevar a cabo las transmutaciones. 

Y vuelve a viejas ideas, pero no parece definirse. 

El 1 de noviembre de 1655 resume otros intentos fallidos. Pero luego intenta mantener una parte de plata y dos partes de regulus fundidos en un crisol sellado durante 6 a 7 semanas. Y parece ser que tuvo éxito porque aclara: 

“He aprendido de diversos experimentos que sólo la digestión continuada en un crisol bien sellado o pequeño recipiente es necesario, sin la adición de nada excepto el cuerpo que se busca y el aire multiplicador”. 

De hecho, existe una receta, considerando que esta plata era como el oro, pero plateado, que incluyen restos de cobre unidos en la mezcla de regulus de antimonio y plata, incubados por un espacio prolongado. Esta daría un símil, prácticamente indiscernible del oro común, que ni los orfebres podían diferenciar. 

Ahora bien, uno de los proyectos más ambiciosos de Starkey, y que dedicó muchos años, era a la volatilización de los álcalis como ya vimos en otra entrada. 

En su alias de Filaleteo jamás explica el procedimiento completo. Pero sí en sus cuadernos de notas. El proyecto de álcalis volátiles se convertiría en el centro de un emprendimiento de notable valor: la reforma completa de la medicina y la farmacia a través del desarrollo de un único método de preparación, basado en este método. 

Starkey creía que cualquier sustancia podía ser preparada en un medicamento que fuese seguro, agradable y eficaz. Este proyecto refleja no solo la tenacidad de Starkey, sino su originalidad, y su deseo de reducir sus numerosos experimentos en principios generalizados de química. 

Ahora bien, su deseo de adquirir álcalis volatilizados, como muchos de sus estudios, comenzó con la lectura de Van Helmont. El arcanum más grande de Van Helmont afirmó que fue el del licor del Alkahest. Este licor exótico es capaz de disolver cualquier cuerpo tratado con el mismo. Entonces, estos cuerpos se reducen a su agua primordial. Se lo llamó Disolvente Universal o Inmortal, porque después de haber completado la disolución y el análisis de un cuerpo compuesto, puede separarse de las sustancias disueltas en la misma cantidad y calidad que se empleó. 
 
Y esto es particularmente así: en mi experiencia con el Alkahest, manufacturado desde la materia prima de la orina, el líquido transparente disuelve el cobre, extrayendo su tintura azul, no chamuscando el metal, pero arrancando esta esencia, y luego puede ser separado de nuevo para trabajar con otra materia, sin problemas ni alteración de su compuesto. Esto ya nos sugiere que el Alkahest se compone de microsales volátiles, de la misma manera que alentó Van Helmont la sal de sarro volatilizada como sucedáneo al Alkahest. En mi libro, El oro de los Filósofos, lo explico al detalle.
  
Un hecho notable es que Starkey se sabe estableció un laboratorio de trabajo en Londrés en menos de 4 meses después de su llegada allí. Pero eso no es todo. Ya estaba sacando productos de novedad suficiente para atraer las miradas de coleccionistas de curiosidades arcanas, como Samuel Hartlib , Benjamin Worsley, Robert Boyle, y el extraño Dr Farrar que llegó a ofrecerle 5 mil libras por sus secretos metalúrgicos. 

Y este joven, con 22 años, llegado de las islas Bermudas, parecía saberlo todo. Y no era casual donde estaba. Nueva Inglaterra era un lugar propicio para aprender todo sobre medicina, química, crisopeya etcétera. En sus cuadernos vemos el sello de su educación en la Universidad de Harvard

¿Pero era autodidacta como la mayoría de los modernos alquimistas lo son?. No. Según sus cuadernos, el aprendizaje como quimista se inicia en 1644, de la mano de Richard Palgrave, médico de Charlestown, de quien poco o nada se sabe. 

Luego aprendió de expertos en metalurgia, especializados en la naciente industria del hierro. Es probable que de ahí extrajera su habilidad para los regulus, evitando el daño y peligro que puede ocasionar trabajar con altas temperaturas y minerales tóxicos. 

Pues bien, de sus cuadernos de laboratorio se desprende claramente que los proyectos experimentales de Starkey siempre comienzan con el texto de una figura autorizada, alguien en quien deposita toda su esperanza de que lo que cuenta sea verdad. 

En temas iatroquímicos, por ejemplo, cita a menuda a Van Helmont y a Alexander von Suchten; en temas crisopéyicos, de nuevo Suchten, Bernardo Trevisan, George Ripley y Artephius. Y aunque muchos de los proyectos de Starkey superaron las expectativas o intenciones de sus fuentes, como por ejemplo las medicinas utilizando el elixir de sal volátil en general siempre se basó en fuentes, y nunca fue 100% de original hacia alguna cosa. 

Pero en esto no se diferencia de un químico moderno que siempre recurrirá a fuentes para poder hacer experimentos. El problema es que las fuentes de Starkey a menudo eran crípticas, veladas, o incompletas, y no se podría saber bien donde estaba la verdad, salvo excepciones. Por eso todo su trabajo descansaba en sus interpretaciones de esas fuentes autorizadas, en las que depositaba toda su fe. 

La Piedra Filosofal era para Starkey una consecuencia lógica de la teoría quimónica prevaleciente, y una parte coherente del pensamiento de muchos quimistas. Y a esto se sumaban los relatos de testigos de esta materia, para que la duda no creciera. Personajes autorizados, dignos de todo crédito. Pero además de todo esto, Starkey había logrado algunas cosas sorprendentes que avalaba a sus autores favoritos. 

Por ejemplo, hacer brotar oro y que crezca hasta volverse un árbol mineral; la sal volátil, el Mercurio Filosófico. Y para aquellos que todavía se resisten a pensar que había una práctica oculta en los textos alquímicos, que eran simplemente cosas sin sentido, pueden ver en esta imagen debajo el famoso “árbol filosófico” cultivado en un matraz de acuerdo con las instrucciones encontradas en las notas privadas de Starkey, y usando el Mercurio Sofico y oro, exactamente como Filaleteo, y varios autores alquímicos enseñaron: 

Imagen de Lawrence Príncipe, historiador y experimentador de la alquimia.



Ahora bien, si algo queda claro de los escritos de Starkey, tanto de sus cuadernos como de sus tratados con el seudónimo de Ireneo Filaleteus, es que para fabricar la Piedra Filosofal, los ingredientes clave son el oro y el mercurio. 

La clave, que veló en muchos de sus tratados, era encontrar el nexo que permitiera la unión “filosófica”. Ese mediador apropiado capaz de unir el oro y el mercurio de manera inseparable para que los dos puedan formar la Piedra

Ese mediador, no hay dudas cuando se leen sus cuadernos de laboratorio, fue el antimonio. La materia favorita de Starkey. Pero se le planteó un escenario sobre ¿qué antimonio regulus debía usar? ¿El regulus marcial estelar, confeccionado con el hierro, o simplemente el regulus de antimonio preparado sin la adición de hierro?. 

Su mentor de cabecera, Suchten, apelaba por el hierro, pero también le interesaba poco la crisopeya. Entonces Starkey tuvo que replantearse la utilización del regulus estelar. 

Estas dudas le surgieron naturalmente porque la operativa le fallaba en el proceso final usando el hierro. Y había empeñado 5 largos años de experimentos con el Mercurio Filosófico (desde 1651) y las digestiones con el oro. Y más allá del signo alentador de la vegetación metálica, todavía no lograba fabricar la Piedra. 

Fue así que abandonó el empleo del regulus marcial, porque definitivamente los procesos basados en esto no funcionaban. Su juez era su laboratorio. Y es en 1656 que deja de usar este regulus así preparado para abocarse a utilizar el regulus per se, descartando el uso del hierro sobre el que tanto había hablado en sus obras como Filaleteo y al que Suchten tanto valoraba como clave para el éxito del proceso. 

Y Starkey, basado en sus propias observaciones de laboratorio se dedica a trabajar solo con el antimonio. Por eso le llama venus en algunas ocasiones, porque al no tener el macho, Marte, el hierro, es una mujer sin marido. 


LA INFLUENCIA DE STARKEY EN BOYLE

Como vimos, mientras Starkey estaba a pleno trabajando en procesos alquímicos, Boyle se dedicaba a publicar su Seraphic Love, en 1659, una obra moralista de corte cristiano. Pero su acercamiento con la alquimia comenzó por aquellas fechas, y de la mano de los filósofos más naturales. 

En un fragmento de un escrito suyo Boyle escribe: 

“El juego de las Nubes realmente contiene el verdadero Mercurio y Azufre filosófico que tantos alquimistas laboriosos han celebrado, deseado y soñado” 

Su valoración de esta sustancia, producto del cielo, lo coloca a Boyle por entonces en una escuela de pensamiento alquímico alejado de lo metálico, o metalúrgico, y más bien con lazos intensos con lo natural. 

Y es obvio: la tradición mágica del siglo XVI fue promovida por nada menos que El Cosmopolita, este es, Miguel Sendivogius, en cuya visión lo metálico no servía para absolutamente nada. 

En su texto, la Nueva Luz química, vemos que aboga por lo natural, y en especial, por la sal escondida del aire, ese nitro universal capaz de lograr la Medicina excelsa para el ser humano. Y así como Ripley y Suchten harían escuela con lo mineral y metálico, empujando a Starkey (y éste a los venideros), a emprender estos caminos, Sendivogius hizo lo suyo claramente oponiéndose a la diatriba mineral/metálica. Aunque es justo reconocer que, en su Nueva Luz Química, explica un proceso con un Agua magistral, transparente, y extraída del sol y de la luna, cuya interpretación fue el quebradero de cabeza de miles, donde el oro vulgar se sumergiría, se pudriría, y formaría la Piedra. 

Este proceso yo fui testigo, he visto esta agua, cómo lo corrompe al oro y lo lleva a una vida distinta de la metálica. En el antiguo foro que administraba incluí algunas imágenes del proceso. 

Boyle, como vimos, le encantaba plagiar a los autores que le precedieron. Lo hizo con muchos. Y lo hace cuando menciona en sus escritos que el fabricó gemas fácticas de la arena, y que también sabe hacer un “licor de pedernal” en el que todos los metales se vuelven como arboles bellísimos. 

Este líquido es una solución acuosa de silicate de sodio o de potasio. Y se produce por la fusión del pedernal en polvo o simple arena, con un carbonato alcalino (de sodio o potasio). Luego se disuelve la masa fusionada y cristalina en agua. Cuando los pedazos de sales metálicas caen en esta solución , empiezan a crecer, como formas arbóreas. 

¿De dónde sacó estas experiencias Boyle?. 

De nada menos que de Johann Rudolph Glaubert, quien no solamente preparó ese “licor de perdernal” sino que también explicó los crecimientos arbóricos producidos por su acción en sales metálicas. Y también dio recetas para producir gemas a partir de pedernal y arena, la mismas que menciona Boyle. 

Glaubert además llama a la arena “la madre de los metales”, y afirmó que el oro aluvial se producía en arena, y publicó un proceso para extraer este oro de su matriz de arena. En suma, que Glaubert fue la fuente de Boyle, es algo indiscutible. Esto nos lleva a pensar que Boyle no tuvo en si un sustrato personal filosófico, sino que “extraía” (por usar un eufemismo) lo que consideraba de su interés y luego se lo achacaba como producción propia. 

Así tomó la idea de Sendivogius, de la “sal nitrum aérea” como la clave de las operaciones alquímicas. Estas teorías, como sabrán, incluían que el agua de lluvia, el agua de rocío, en especial en ciertas épocas del año, vienen cargadas de una sal sutil, lo cual es un hecho científico comprobado hasta la saciedad y que en el libro La sal de los sabios, podrán encontrar diversas formas de manifestar esta sal y darle alguna que otra utilidad. 

Esta misma visión del “nitro aéreo” en al agua fue difundido por Thomas Vaughan (1622-66) alias Eugenius Philalethes, confiado en los escritos de Sendivogius en los que creía a raja tabla. Aunque al final de su vida por trabajar con mercurio fallezca.

Pero es el estrecho contacto con Starkey que hace que Boyle olvidé para siempre los conceptos sendivogianos y se vuelque enteramente al seductor Mercurio Filosófico de Starkey. Y de ahí no se movería por 40 años.. 

En efecto, aquel Mercurio Sofico, especialmente tratado, era capaz de disolver el oro de una manera muy especial, hinchándolo y pudriéndolo. Y según la concepción de Starkey, que le contaba a Boyle, la Piedra Filosofal actuaba directamente sobre el azufre interno del mercurio, transmutando así el metal líquido en oro. 

Es del todo probable que aquella transmutación presenciada por Boyle, y de la cual dejó registro (que mencioné en este blog) sea la que el propio Starkey le enseñó y quizá era el símil de oro de Suchten

Ahora bien, curiosamente en el tratado La Medula de la alquimia, Starkey menciona de manera desfavorable a aquellos buscadores del mercurio en “el agua simple/ tal como las nubes es capturado”, claramente indicando que se refería a su discípulo Boyle y sus viejas creencias sendenvogianas. 

Y así, gracias a la influencia de Starkey, el joven Boyle pasó de moralista a filósofo natural, especializándose a lo largo de los años en la búsqueda de la Piedra, como su mentor afirmó haber logrado en sus obras de Filaleteus. 

La interacción de Starkey y Boyle se mantendría hasta 1665, incluso hasta la prematura muerte de Starkey en la Gran Plaga de 1665. Starkey, convencido de que sus hallazgos podrían hacerle frente a la plaga, se quedó mientras todos se marchaban de la ciudad. Y el costo fue su vida. 

Ahora bien, los partidarios de la creencia o escuela de pensamiento de que la primera materia de los metales no se encontraba en estos, sino en otros principios más abstractos o incluso el salitre, empezaron a ganar favor popular poco a poco. 

No hay que olvidar que tanto Ripley, Suchten, y otros, estaban alineados con la corriente de pensamiento de Geber, que fue un europeo que se hizo pasar por árabe, y que rechazó todo el compendio árabe de vegetales, materias animales, rocíos, etcétera en pos de los minerales/metales. 

Pero esta idea de que el principio fundamental de la vida y el crecimiento de las cosas – sean animales, vegetales o minerales – se encontraba en una materia del aire, más precisamente una sal aérea, pronto ganó nuevos partidarios. 

Y sin embargo, Boyle siguió las indicaciones de Starkey, porque los resultados que estaba teniendo aquel en el laboratorio eran prometedores, en cambio los rocíos, las aguas de lluvias, eran algo demasiado intangible. 

Los principales defensores de esta teoría del nitro aéreo a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, como Michael Sendivogius y Clovis Hesteau, Sieur de Nuysement, afirmaban en bloque que el punto de partida de la Piedra de los filósofos era una sal nitrum o niter filosófico que compartía solo algunas propiedades con el salitre vulgar. 

Esta línea de pensamiento hizo que surgieran los imanes filosóficos, esto es, sustancias con capacidades higroscópicas capaces de atraer del aire la susodicha sal aérea. Algunos le daban tanta relevancia a los imágenes filosóficos que cifraban su preparación con simbología alquímica o hipérboles. Por ejemplo, la preparación del imán filosófico de excelencia, conocido como KOH (Hidroxido de Potasio), que se extrae de las cenizas de restos vegetales y se le añade cal viva, y que también se preparaba con nitrato de potasio quemado con carbón vegetal y añadiéndole el carbonato de calcio. 





Y en algunos tratados - ejemplo: Splendor Solis, el de arriba - simplemente lo vemos representado como un árbol del cual un alquimista arranca una rama y del cual discurre un riacho, consecuencia de la obvia higroscopia. 

Ahora, sería Glaubert quien dijera que el salitre era una sustancia doble, es decir, una “sal hermafrodita” que contiene tanto una sustancia ácido volátil, que él llamo niter volátil (ácido nítrico) y una cáustica y sólida que llamo niter fijo (Carbonato de Potasio). 

Pero el rechazo visceral de los metales provino de Thomas Vaughan, devoto de El Cosmopolita, que se quejaría como aquel de la “tortura de los metales” por parte de alquimistas metálicos ignorantes. Esta era la forma típica en que los alquimistas de la época despreciaban los trabajos con metales. Y Michael Sendivogius no se quedó atrás, incluso escribió un dialogo humorístico entre un alquimista y el mercurio en el que éste último se queja de ser “torturado” por calentamiento y tratamientos excesivos. 

Estas dos corrientes de pensamientos alquímico son fundamentales para comprender por qué no habrá nunca una concordancia entre los múltiples textos del pasado: según a qué escuela de pensamiento respondan, así cifrarán y emitirán sus procesos. Que un naturalista hable de un mercurio aéreo confrontará con el mercurio que un metalúrgico extraiga de un mineral.

Pero lo cierto es que el único sistema de pensamiento que tuvo más visibilidad de éxito fue el de Starkey, en el reino metálico y farmacéutico donde su intensa experimentación dio resultados visibles y constatables. Incluso su convencimiento de que el tan famoso y misterioso Alkahest se encontraba en la orina, es verídico porque yo mismo he podido ser testigo de su fabricación, y la forma en que resuelve metales, con características bien curiosas. 


LA VIA DE LA PIEDRA FILOSOFAL




Dejando atrás los rocíos, aguas de lluvias y materias vegetales o animales, Starkey, a igual que luego haría Homberg, se enfocó en los minerales y metales para fabricar la Piedra crisopeyica. Y en los vegetales únicamente con fines de fabricar medicinas. 

No es que rechazara lo otro a priori, sino que simplemente no encontraron nunca nada que satisficiera la búsqueda de la Piedra mítica. 

Los rocíos y aguas de lluvia no servían para nada. Homberg basó sus trabajos en las conversaciones que tuvo con Boyle, y obviamente éste trasvasó el trabajo de su mentor, Starkey: por eso el proceso de Homberg es idéntico al de Starkey. 

Por ejemplo, las proporciones exactas que Homberg cita (9 partes de antimonio a cuatro de hierro) son las mismas que codifica en su Introitus apertus and occlusum aegis palatium de Filaleteus, y la forma de purificarlo 3 o 4 veces con salitre (nitrato de potasio). 

Esta misma fórmula es la que Isaac Newton utilizaba, obviamente por su contacto estrecho con Boyle y el resto de los quimistas de la época (y que proviene de los dibujos atribuidos a Nicolas Flamel )

Homberg fusiona dos partes de este regulus con una parte de cobre (y así evita usar la plata para las famosas Palomas de Diana, ya que claramente a Starkey usando plata no le funcionó). A diferencia de otros Mercurialistas que utilizaron un proceso similar para hacer el Mercurio Sofico, Starkey fue muy inusual , quizá el único, en emplear el cobre en este punto de la operatoria. Es una innovación que hizo en 1653. 

Homberg entonces amalgama tres libras de mercurio común con este regulus venéreo de antimonio, aconsejando que la amalgama sea molida en un mortero caliente – de nuevo, tal como refiere Starkey – hasta que la amalgama sea suave y “ne paraoisse plus de grumaux sous les doigts” (ya no aparecen bultos debajo de los dedos). 

La amalgama entonces debe ser digerida y lavada repetidamente , según Homberg, hasta que el agua de lavado deje de ser negra (otra vez, tal y como dice Starkey). Y luego el mercurio común debe ser destilado de la amalgama. 

A continuación se debe reamalgamar con regulus fresco de la misma manera que antes, y estas amalgamas deben repetirse unas diez veces. 

Starkey también menciona en sus cuadernos que deben repetirse esta cantidad de veces y que se hiciera con lavados y destilaciones sucesivas. Starkey comparaba la aleación antimonial con un “jabón” que podía “lavar” las heterogeneidades del mercurio, por lo que aconsejó guardar las aguas de cada lavado, para evidenciar esto mismo. 

De hecho, tras la 5 o 6 destilación, ya no queda agua oscura en los lavados. Esto indicaría claramente que la impureza del mercurio fue limpiada finalmente. Y Homberg, para no quedarse atrás, hace exactamente la recomendación de Starkey: guarda las aguas “sucias” que quedan de lavar la amalgama y la evapora para encontrar un material terroso, ligero, de color grisáceo, sin olor ni sabor. 

Y piensa que ese polvo deber ser la impureza separada del Mercurio en lugar de una parte del regulus. No se puede reducir de nuevo a metal esa impureza, y tras la 6 amalgama ya no aparece, independiente de cuanto regulus fresco se añada al mercurio. 

Ergo: no es del regulus. Y concluye Homberg: 

“Hay un material que se encuentra naturalmente en todo el mercurio común, y que constituye una parte esencial del mismo, y que puede ser separado por esta operación” 

Homberg, fanático de los pesos y mediciones, pesa el polvo y concluye que tres libras de mercurio contienen 0.5% de este residuo. 

En 1705, Homberg afirma que si este mercurio especialmente preparado se sella en un huevo de vidrio con un cuello largo y se calienta todo el conjunto, el Mercurio Filosófico se espesará gradualmente, y finalmente se precipitará en un polvo, primero negro, luego blanco y finalmente rojo. Los colores característicos de la obra que mucho tratados aluden. 

Este polvo pesa más que el mercurio, debido a su incorporación de la materia de la luz, dice Homberg, como una suerte de azufre metálico, y que se incorpora por el propio calor : el fuego que se le brinda. Homberg explica que si este polvo rojo pesado se lo pone al fuego más fuerte (donde la materia de la luz estaría en mayor agitación) se destilaría un mercurio, dejando un residuo metálico en el fondo, que es oro. 

Este oro, para Homberg, corroboraría su teoría de la Luz/Azufre que, en este proceso, se introduciría en el mercurio. La luz, para Homberg, era oro filosófico, y esto era un Azufre sutil. Y así acaba esta historia, con este éxito aparente de cambio de colores, oro en el fondo, y algunos secretos que quedaron en los cuadernos de Starkey que, en otra ocasión, con más tiempo, quizá revele. 

Pero si eso era la Piedra Filosofal, creo que muchos se sentirían defraudados.






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