Viaje al Pasado: el inicio de la alquimia y el misterioso "Agua de Azufre"




Los historiadores de la ciencia suelen dividir la historia de la alquimia occidental en tres periodos cronológicos principales: el Greco-Egipcio (más tarde el bizantino) que se extendió del siglo III al IX y la marcó para la posteridad; el árabe o islámico (siglo VIII al XV) que la heredó y la incrementó con técnicas y conocimientos prácticos, conduciéndola a Europa Medieval como una “ciencia árabe” (de hecho, de ahí viene el articulo Al- de Alquimia para designar todo lo que origen árabe). Y luego está el periodo del latin-Europeo: aquí alcanzó su cenit, o Edad de Oro (siglo XVI al XVIII) una época conocida como la Revolución Científica. 

La alquimia de esta época fue la más desarrollada y diversa de todas y con mayores fuentes de información. A estos tres periodos deberíamos sumarle un 4 periodo: el que llega a nuestros días. La alquimia oriental (china/india) es un párrafo aparte. Cada vez que se intentó mezclar con la occidental se produjo confusión. Por ejemplo: la errónea noción europea del Elixir de la Inmortalidad, una idea que se popularizó, pero que es falsa, porque, aunque los alquimistas occidentales estaban empeñados en medicinas para prolongar la vida o curar enfermedades, la búsqueda de la inmortalidad terrena a través de la alquimia fue un asunto exclusivamente oriental. 

La alquimia moderna se extendió mucho más allá de los confines de los oscuros y secretos laboratorios: se trasladó a artistas, poetas, humanistas, dramaturgos, teólogos, etc. Y es que el estudio de la alquimia poseía una visión notable y rica del significado del mundo; algo que hoy día hemos extraviado desgraciadamente. 

Pero esta visión del mundo no era algo de la propia alquimia, sino de la cultura europea de la época que impregnó a la alquimia de tales visiones. Después de todo, por algo el renacimiento fue el descubrir; como dice el querido Andahazi en su obra El Anatomista, fue “la primavera de la mirada”. 

Pero si nos fijamos en los primeros tiempos de la alquimia, allá en el lejano Egipto posterior a las pirámides y sus faraones, la idea de los artesanos interesados en esta ciencia era la manipulación de metales o piedras preciosas, usando metales y piedras comunes que intentaban hacer pasar como nobles o preciosos, cada vez sofisticando más el sistema. 

El arte noble, como se llamó a la alquimia y que data de esta época, en realidad se relacionaba con el Arte de los metales Nobles. Y hay algunas recetas que explican como teñir metales simulando ser oro (que desde luego no lo son). 
 
En los papiros de Leyden y Upsala constan respectivamente de 111 y 152 recetas relativas a aleaciones, soldaduras, tinturas de distintos colores y sobre distintos materiales, escritura en oro y plata, falsificación de piedras preciosas, sustitución de metales ricos y análisis de aleaciones. Esto significa que los autores de los primeros tratados de alquimia tomaron prestadas técnicas, procesos y herramientas de una amplia variedad de artesanos contemporáneos, pero aunque hicieron esto, se vieron a si mismos como un grupo distinto de estos artesanos egipcios, adquiriendo una identidad independiente en el siglo III. 

Esto se dio porque había un sustrato filosófico en medio, en el cual se planteaban preguntas sin respuestas: ¿Qué es la materia? ¿Cómo se transforma una cosa en otra? Herencia griega (de al menos 700 años antes de que surja la alquimia) que necesitaba de un conocimiento artesanal práctico (sacado de las recetas de los antiguos artesanos/metalúrgicos egipcios) 

Y es así que nace la alquimia verdadera. De esta cruza de ideas y de búsquedas. Del hurto griego al conocimiento oculto egipcio. De una mezcla de muchas ideas y secretos.

El primer pensador que se cita en la tradición fue Thales de Mileto (en el siglo VI a.C) quien afirmó que todas las diferentes sustancias que nos rodean en realidad son modificaciones de una sola sustancia primordial y que es el agua. Esta idea la retomaría El Cosmopolita, alias Alexander Sethon o Sendivogius.
 
Pero fue Empedocles (495-435 a.C) el que propuso cuatro raíces de las cosas, y de ahí surgió la idea de los 4 elementos.: aire, tierra, agua y fuego. Aun así, la mayoría de los filósofos aceptaron la idea de que bajo la apariencia cambiantes de las cosas, había un sustrato invisible e inmutable, una suerte de alma. 

Esta noción de que en todo subyace una sola sustancia se lo denomina monismo. Para Thales era el agua; para Demócrito los átomos; para Aristóteles lo que llamó la “primera materia” o “materia prima”. El único que salió de esta línea fue Empedocles con su pluralidad de elementos. 

De estos conceptos, la filosofía y la artesanía, daría origen a la tradición de la alquimia que se ve en textos tempranos que hablan de la crisopeya. Y de todos, el más venerado y que representó una autoridad para el resto fue Zosimos de Panopolis. 

Sabemos que no fue el primer crisopeiano, porque él mismo cita a referentes anteriores, pero podemos decir que fue el más reverenciado. Estuvo activo alrededor del año 300 d.C en la ciudad de Panopolis, conocida ahora como Akhmim. 

¿Y que buscaba Zosimos con la alquimia?. ¿El elixir? ¿El entendimiento del universo?. No. Algo más básico y terrenal. Zósimos estaba orientado hacia un objetivo central : la transmutación de los metales. Y buscó los medios para superar este desafío. 

Es cierto que suele citar en sus escritos a alguien que fue realmente la que le ayudó en todo lo que puso en práctica llevar adelante, y esta persona es María la Judía: Zósimos le atribuye el desarrollo de una amplia variedad de aparatos y técnicas. Bueno, de ella conocemos el famoso Baño María. Está invención se preservó gracias al antiguo alquimista que le dio un valor inestimable a sus trabajos de laboratorio. 

Uno de los aparatos más populares de Zósimos fue el Kerotakis diseñado para exponer un material a los vapores de otro. De hecho, estaba muy interesado en los vapores. Pero no como uno imaginaría, sino en aras de la transmutación. Porque se sabía, heredado de antiguos artesanos, que exponer vapores de calamina, una tierra que contenía zinc, podían convertir el cobre en latón, dorándolo más. 




Los vapores de mercurio y arsénico blanqueaban el cobre de un color plateado. Muy probablemente conocer cómo influían esta clase de vapores en las materias les llevó a experimentar mucho tiempo con los mismos y su artilugio especialmente diseñado para ello. 

Zósimos tenía esta idea de que los metales tenían un alma, y por tanto, estaban constituidos por una parte volátil y una parte no volátil. En la volátil se iría el color y las propiedades particulares del metal. Sería la unión de esos espíritus o parte volátil, la que permitiría la transmutación al ser introducidos en otros metales. Una suerte de posesión del metal vulgar por el espíritu de un metal noble. 

Zósimos era muy observador y crítico en lo que hacía. Y llama transmutación al teñido de los metales. Utiliza precisamente la palabra Baph, del verbo baphein que significa sumergirse o teñir. Y llama precisamente “tintura” al agente capaz de teñir o colorear. 

Se percibe aquí la influencia que ejerció en él las recetas heredadas de los antiguos artesanos egipcios, cuyo objetivo era teñir los metales y hacerlos pasar como los valiosos y auténticos metales nobles. Y entre sus trabajos encontramos el famoso “agua de azufre” de los orfebres primitivos egipcios – que, dicho sea de paso, solo la usaban para teñir de dorado los metales y que el especialista Lawrence Príncipe probó en su laboratorio con una moneda de plata. 

Inmediatamente a este hallazgo Zósimos le atribuye una transmutación real y, en consecuencia, se da cuenta que es lo que tanto buscaba y por lo que había que mantener el secreto. Por eso, Zósimos se deleita en ocultar el nombre de esta sustancia capaz de transmutar. Le llama Agua Divina, y en un pasaje la describe como la hermafrodita, la que no es metal ni agua y siempre está en movimiento, la que es el agua plateada, etcétera. 

En efecto, como él mismo se encarga de declarar, los escritores alquímicos “llaman a una sola cosa por muchos nombres distintos, mientras llaman muchas cosas con un solo nombre”. 

¿Y cuál era la composición de esa Agua de azufre capaz de transmutar una sustancia en otra o al menos teñir?. (no olvidemos que transmutar era teñir para Zósimos) 

Se encuentra en el Papiro de Leiden, donde está expresado el descubrimiento del agua de azufre. ¿Quieren conocer la receta tan velada por Zósimos? Aquí se las brindo, extraída de dicho papiro:

“Oxido de calcio, 1,7 gramos. Azufre, anteriormente molido, una cantidad igual. Ponlos juntos en un recipiente. Añade vinagre o la orina de un joven; luego dale calor desde abajo hasta que el liquido parezca sangre. Filtrar los sedimentos, y utilizarlo puro.” 


El científico Lawrence Príncipe lo puso en práctica y tras hervir suavemente durante una hora, surgió un rojo anaranjado muy bello: un líquido de olor desagradable. Y aunque el papiro de Leiden no decía como usar el líquido, lo adivinó enseguida. Sumergió una pieza de plata y con un poco de práctica y control de la temperatura, la pieza se volvió sorprendentemente como el oro. Así: 



 
¿Cómo es que cambia de color?. 

Se debe a que se producen capas muy delgadas de sulfuros en la superficie metálica, debido a la acción de los polisulfuros de calcio presentes en este “agua de azufre”
 
Ahora bien, lo que no es otra cosa que el teñido de un metal Zósimos lo interpretó como algo más trascendente, y como tal cosa, lo cifró confundiendo a sus lectores, dando a entender que estaba en posesión del secreto de convertir metales vulgares en oro. 




De Zósimos se atribuye la creación del famoso Decknamen, o nombre clave, con que se llamaba a una sustancia que compartía alguna propiedad, vinculo literal o metafórico con la sustancia intencionada. El uso del famoso Nuestro, nuestro agua, nuestro plomo, alude esto mismo. 

Por ejemplo en el caso de nuestro plomo se relaciona con el antimonio mineral porque esta sustancia comparte algunas propiedades con el plomo. Mediante el Decknamen se mantenía el secreto pero a la vez, a los instruidos se les comunicaba discretamente como era la cosa, si eran capaces de descifrar el sistema. 

Este lenguaje alegórico será una característica común de la escritura alquímica, y predominará las obras de los alquimistas europeos a partir del siglo XIV. 


LA PALABRA ALQUIMIA Y CUANTO LE DEBEMOS A LOS ARABES



El significado de la palabra alquimia puede rastrearse hasta el lejano Egipto. Y la palabra podría significar tierra negra, ya que así se llamaba a Egipto por el limo del Nilo. Pero como la palabra tiene un origen griego, puesto que ellos ya habían tomado el conocimiento de los artesanos egipcios para darle el formato filosófico, es probable que tenga una interpretación desde esta lengua. 

De ahí podría traducirse en chemeia que significa literalmente Arte de Fusión. Los árabes le habrían añadido el articulo Al, para referirse a la cosa, “La”

Ahora bien, la idea que ha predominado en la alquimia siempre es la reducción del metal a su primera materia, porque, según el corpus alquímico, todas tendrían en su centro la misma esencia o cosa. De Olympiodoros, un escritor del siglo VI, es quien instauró esta idea, hablando de una materia de metales, común a todos, que según donde se produzca, da lugar a los distintos metales. 

Por lo tanto, escribía este hombre, para transmutar hay que reducir un metal a su “materia metálica común”, y luego introduciendo las cualidades del metal deseado (lo que se llama orientar al metal). Claramente esta idea predominó en la mente de los alquimistas antiguos y modernos: una cosa se puede convertir en otra porque en el nivel más profundo son realmente lo mismo. 

La alquimia cuando la toma el mundo árabe se ve enriquecida por un sustrato de conocimientos, ciencia, matemática, medicina que asombraría sin lugar a dudas a los alquimistas precursores del medioevo europeo en el siglo XII. De hecho, podríamos decir que la alquimia que vale la pena es la árabe.

Sin embargo, a medida que pasaron los siglos, la cuna árabe fue distorsionándose al punto que los nombres de los más reconocidos autores árabes se confundieron, se olvidaron, e incluso se suprimieron. Lo que hizo que a día de hoy se siga olvidando el saber árabe se debió principalmente a que existen pocos historiadores que dominen el árabe y que, encima, les interese la alquimia. 

La Tabla Esmeralda se le atribuyó a Hermes Trimesgistro cuya autoridad fue indiscutible y fue popularizado entre árabes y europeos. Nadie puso en duda su origen, y sin embargo, aunque su origen sigue siendo oscuro, la evidencia señala que fue escrito en el siglo VIII y es una composición árabe, ni griega, ni menos egipcia. 
 
La leyenda dice que la Tabla Esmeralda fue encontrada en las manos de un antiguo cadáver enterrado en un sepulcro subterráneo escondido bajo la estatua de Hermes Trimegestus


LA TEORIA DEL AZUFRE Y EL MERCURIO




La teoría que más ha perdurado en la historia de la alquimia es la noción de que todos los metales están constituidos por un azufre y un mercurio. Al menos, hasta el siglo VIII 

Quizá nacida de la observación de que los metales lanzan cierto hedor a azufre al quemarlos intensamente, sobre todo cuando caen en polvo en un fuego: lanzan ese aroma sulfuroso característico. Esta observación podría apoyar la idea de que un azufre los constituye. 

El estaño, el plomo, por otro lado, se derriten muy fácilmente, y esto podría llevar a la idea de que una materia mercurial los constituye muy en el fondo. Los que cuestan más derretirse como el cobre o el hierro, tendrían menos de este componente mercurial en su seno. 

El hecho de corroerse u oxidarse de los metales vulgares, les debió indicar que no estaban a la altura de la inalterabilidad del oro y la plata. Más precisamente del oro (porque la plata, con el tiempo, forma una patina oscura). 

Pero ahora pensemos si esta idea de cómo vieron a los metales no pudo dar lugar al concepto de azufre y mercurio, y en especial a aquella receta de la que hablamos antes que para Zósimos era el Agua de vida, pero se llamó por los artesanos egipcios Agua de Azufre, y servía para dorar un metal o “transmutarlo” en el concepto erróneo del antiguo. 

 Fijaos con qué está compuesto ¿acaso no es cal, óxido de calcio, y azufre?. 

Cuando consumes (quemas) mucho un metal, todos cobran al final una apariencia tipo cal. En la receta el de calcio es de un metal después de todo.   Y el azufre presente en todas las cosas ¿no será el nativo que se usa en esta mezcla?. La orina aportaría la sal, el amonio, el mercurio...y todo esto daría la mezcla que en una hora formaría el licor o tintura rojiza/anaranjada capaz de teñir un metal de color oro. 

Ahora bien, cuando se introduce en Europa la alquimia, los procesos metalúrgicos y productivos estaban bien establecidos. Los artesanos sabían producir sustancias, aleaciones, pigmentos, tintes, etc De hecho los manuscritos medievales registran esto mismo, y perpetúan la antigua tradición de las recetas alquímicas que ya habíamos encontrado en los papiros de Leiden, y en la Physika Kai Mystika atribuido a un pseudo Demócrito. 

En un texto medieval, de hecho, conocido como Composiciones Variae, datado del año 800 en realidad tiene en latín palabra por palabra una de las recetas registradas en el papiro de Leiden. Lo mismo la Clavicula Mappae. Cuando siglos atrás la alquimia fue apropiada del mundo bizantino por los árabes, las primeras composiciones árabes se escribieron bajo seudónimos griegos. Ahora, en Europa, sucedió lo mismo: los manuscritos latinos fueron firmados por seudónimos árabes. 

Esto confería cierta autoridad al hacerlos pasar por más antiguos e incluso extranjeros, parte de una cultura más avanzada. He aquí cuando surge el nombre Geber, que fue un autor latino del siglo XIII. Sus textos son tomados prestados, por ponerle un término feliz, a los tratados de Jabir y sus Setenta Libros con el que se lo confundió por esta misma razón. Incluso se tomó la molestia de salpicar con frases árabes el texto para conferirle aun más autenticidad árabe. 

Pero no lo era. 

Todo indica que fue un fraile franciscano italiano llamado Pablo de Taranto. Se sabe porque dejó Pablo un escrito cuyo texto tiene una sorprendente similitud de estilo con el atribuido a Geber, y también se basa en fuentes árabes (Jabir y de Al-Razis y su libro traducido al latín con el título de Liber Secretorum). 

La diferencia que tiene Geber con Jabir en sus textos, es que mientras este ultimo afirma que las sustancias animales y vegetales podrían ser utilizadas para hacer elixires transmutantes, Geber, como luego copiarían la mayoría de los alquimistas europeos, lo rechaza: la Piedra de los Filósofos debe estar hecha únicamente de sustancias minerales (lo vegetal o animal no entra en escena). 

Este giro de la búsqueda alquímica arrinconó a muchos practicantes en el mundo metálico y mineral, privándose de esta forma del reino animal, vegetal y natural, que esconde muchísimos secretos y en mi opinión estos secretos son todavía más grandes que los minerales o metales.

En resumen: cuando pasa la alquimia árabe a la europea se eclipsa todo el saber árabe y se aboga por una Piedra filosofal nacida de minerales, rechazando y olvidando todo el trabajo árabe con vegetales y materias animales o naturales (rocío, agua de lluvia, etc). 

Uno de los mayores críticos de la alquimia fue Avicena, conocido como Ibn Sina´s, que decía: 

 “El arte es más débil que la naturaleza y no puede seguirla por mucho que lo intente; que los practicantes de la alquimia sepan que las especies de metales no pueden ser transmutadas”. 
 
Por un error de un copista, este texto se traspoló a un texto de Aristóteles y con la palabra autorizada de aquel todo Europa escuchó aquella sentencia. Pero pronto fue refutado con lógica y una vasta experiencia por el autor del libro titulado Libro de Hermes, en principios del siglo XIII. Su autor señaló que los alquimistas podían de hecho producir algunas sustancias como sales, idénticas a las que produce la naturaleza (no hace falta poner de ejemplo si la Vitamica C producida hoy día es distinta de la que provee la fruta natural). 

Otro que se sumó fue Alberto el Grande, el Doctor Universal (1200-1280) pero su discípulo, Tomas de Aquino fue más prudente, dijo que los alquimistas solo pueden producir la apariencia de las cosas naturales, y por tanto, su oro no es el verdadero oro. Es decir, son simuladores. 
 
Y sin embargo, más adelante diría que los alquimistas aprovechando los poderes de la naturaleza y utilizándolos para producir oro de la misma manera que lo hace la naturaleza, entonces ese oro sería verdadero oro. 
 
Pero la voz de Roger Bacon (1214-1294) es la que finalmente aparta la idea de que el arte es más débil que la naturaleza: todo lo contrario: es más fuerte , dice. El oro alquímico es mejor que el natural. Las copias humanas de sustancias naturales pueden ser superiores a lo que la naturaleza proporciona. Esta idea prevalece hoy día. 

Debido a los decretos por la fabricación o imitación del oro, en el siglo XIV asistimos a un mayor secretismo y a la construcción de vínculos entre la alquimia y la teología cristiana como forma de ocultar un secreto o hacerlo pasar desapercibido. 

Y ahora, si recordamos la receta del papiro antiguo para fabricar el “Agua de azufre”, encontraremos algo interesante en el primer libro ilustrado de alquimia conocido como el Rosarium philosophorum. En este libro hay dos ingredientes secretos que se conocen como Gabritius y Beya. Está claro que el nombre de Gabritius deriva de la palabra árabe que significa “azufre” y que Beya de bayá que significa blancura, que se puede referir a la cal, oxido de calcio, que de nuevo entraría en escena en el compost de la Piedra filosofal. 

He ahí, de nuevo, los dos ingredientes tan popularizados en alquimia y que convierten o tiñen los metales: el azufre y la piedra caliza, mezclados en la sustancia mercurial de la orina. 

La expansión de la alquimia continuó tras el medioevo y se alzó en su gloria en los años 1500 y 1700, conocidos como la Revolución Científica. Esta fue la época dorada de la alquimia hasta que fue denigrada y puesta en la misma bolsa de las prácticas nigromantes, mágicas e incluso de charlatanes estafadores. Tuvo que morir, para que la floreciente química naciera. 

Pero en su apogeo dorado, la alquimia se centró en dos cosas principalmente: la transmutación de los metales y la fabricación de alguna medicina o medicamento farmacéutico que combatiera las muchas enfermedades que aquejan al ser humano. 

Ahora bien, según la concepción de cada alquimista, unos adoptaban la idea de que los metales estaban formados por azufre y mercurio, idea desarrollada en la Edad Media islámica; otros , por el contrario, pensaban como propugnó Paracelso, que estaban constituidos por tres ingredientes: azufre, mercurio y sal. Y otros, adhiriéndose más estrechamente a las ideas aristotélicas supusieron que los metales (e incluso todas las sustancias) estaban compuestas por una única “materia prima” común que podría tomar distintas formas. 

La idea de la transmutación metálica vendría arraigada de estos conceptos y de la observación: en las minas los metales rara vez se encuentran en un estado puro, siempre tienen algo de plata y la plata algo de oro. Esta observación sugirió a los alquimistas que los metales se transformaban naturalmente bajo tierra en otros más nobles, siendo sus composiciones alteradas por la acción del calor y el agua subterráneo. 

Por tanto, la crisopeya tenía que lograr en la superficie lo que en las entrañas de la tierra llevaba miles de años efectuarse. Otra observación importante sobre la acción que tendría la Piedra, era a través de eventos naturales. Por ejemplo, lanzar un poco de vinagre en un barril de vino pronto transforma toda la cantidad en vinagre. Lo mismo una pequeña cantidad de cuajo coagularía muchos galones de leche en queso; un trozo de levadura amasada en una cantidad de masa fresca pronto volvería toda la masa en levadura. Y bajo esta analogía, si se lanzaba una porción de Piedra Filosofal en mercurio podría coagular cien o mil veces su peso de mercurio en oro. 

En fin, por qué transmutaría, jamás se pusieron de acuerdo. E incluso Boyle dijo que aunque no sepamos porque las cosas se fermentan no significa que no existan cerveceros. La época además facilitaba creer en la unicidad de la materia y que todo podía transformarse. Si después de todo la transmutación sucedía con lentitud en la naturaleza, ¿por qué no usando “un catalizador”.? 

Pero si hiciera falta más, en el siglo XVII surgieron crónicas, testimonios de personas que habían tenido en su poder la Piedra (algunos ya hemos visto en este blog). Y se trataba de personalidades reconocidas en cuya autoridad recaía la evidencia de la existencia de la Piedra Filosofal. 

Ejemplo: en 1604 salió publicado Histories of Several Metallic Transmutations, del holandés Ewald Van Hoghelande, esto hizo resurgir la posibilidad más que real de la crisopeya en Alemania. Se trataba de relatos de adeptos anónimos que enseñaban la proyección de los metales en privado a escépticos o curiosos del arte hermético. 

Y aunque algunos relatos son francamente graciosos, otros no lo son y aportan fechas, lugares, pesos de la materia, etcétera. Después llegaron noticias de transmutaciones, siempre con el invariable polvo rojo que las producía, que incluso atrajeron al matemático Wilhelm Leibniz (1646-1716). 

En estas demostraciones algunos alquimistas terminaron apresados para robarles el secreto que no podían, o no querían confesar. Y así esta el caso de Bottger que terminó confinado y sin poder explicar su “transmutación”. Y tuvo que ayudar a descubrir el secreto de cómo fabricar porcelana, algo que resultaría tan lucrativo como el oro. 

Por supuesto, aquí se suman los testimonios de Friedrich Helvetius y de Van Helmont, que de escépticos pasaron a creyentes en la existencia de una sustancia capaz de transmutar metales, porque la tuvieron en sus manos, ofrecida por un anónimo personaje. 

También tenemos los relatos que recopiló Robert Boyle acerca de la existencia de la Piedra de los Filósofos y su poder extraordinario. Pero el más sobresaliente de los relatos compilados por Boyle, es el propio, porque fue testigo él mismo de este fenómeno: Boyle , padre de la química, cuenta que fue presentado a un hombre que se ofreció a enseñarle un experimento que transformaría el plomo en un líquido metálico similar al mercurio. 

Boyle envió a su sirviente para obtener plomo y crisoles para este experimento. Cuando sin querer se perdió el crisol, el hombre se ofreció a enseñarle otro experimento que no estaba pautado, que Boyle pensó que sería semejante a lo que le había prometido. 

Y dice su relato: 

“El plomo estaba fuertemente derretido, el viajero abrió un pequeño pedazo de papel doblado en el que parece que habría algunos granos, pero no muchos, de un polvo que parecía algo transparente casi como si fueran pequeños rubies, y era de un rojo muy fino y hermoso. De esto tomó lo suficiente, de forma descuidada, y sin pesarlo, en la punta de un cuchillo tanto como supuse que era un grano o dos, y luego ofreciéndome el cuchillo me dijo si quería arrojar el polvo con mi propia mano”. Pero Boyle que era enfermizo y con reparos en tocar la materia, le rechazó la solicitud y este hombre lo echó en el crisol con el metal licuado. Lo calentó por 15 minutos y luego lo dejó enfriar. Al cabo, cuando lo abrió había una materia dorada que Boyle reconoció asombrado como oro. “ Sobre esto, volviendo mis ojos con una mirada un tanto asombrada a la cara del viajero, sonrió y me dijo que pensaba que había entendido lo suficiente de que tipo de experimento había hecho recién diseñado para él”. 

Boyle se llevó el trozo de metal amarillo: las pruebas demostraron que era oro. Poco después Edmund Dickinson (1624-1707), amigo de Boyle, también fue testigo de la transmutación de plomo en oro a manos de aquel viajero extraño. 

Tras ser testigo dos veces de estos hechos, Boyle no dudó más de la capacidad y existencia de una materia que podía transmutar metales. Tan así, que testificó junto a Burnet en 1689 en el Parlamento para que la ley del rey Enrique IV prohibiera la transmutación. Y con la fuerza de su testimonio la ley fue abolida. 

Pero aun así, la alquimia fue perdiendo con el paso del tiempo el viejo prestigio de su edad de oro. Mayormente por un tema moral: se la asoció con lo falso, lo erróneo, los engaños bajos. Así, Dante en su Divina Comedia, pone a los alquimistas en el 7 círculo del infierno, y en boca de uno la condena por haber falsificado metales pasándolos como oro. 

Es verdad que Dante estuvo muy influenciado por la Iglesia, y en especial, el bulo papal que condenaba a los alquimistas. Otro que se sumó fue Petrarca que criticó la crisopeya y a sus practicantes como una práctica estéril, inservible, cuya única producción exitosa es “humo, cenizas, sudor, suspiros, palabras, artimañas y degradación”. 

Poco costó ante tales críticas, elevadas desde el pedestal de estas personalidades imponentes de la época, para que la alquimia quedará recluida y puesta en la misma bolsa que la brujería, las artes adivinatorias, la astrología y la charlatanería. Pero aún más: en la bolsa de la gente de baja moral. Y sin embargo, para químicos reputados que hoy día pusieron en práctica los viejos conceptos y tratados alquímicos, como por ejemplo Lawrence Príncipe, esto no debería ser así. Y obviamente para mi tampoco. 

Por eso llevo tantos años estudiando el tema y descubriendo cosas que fueron silenciadas, rechazadas o subestimadas. 

Lawrence probó llevar a cabo las experiencias vertidas en el libro de El Carro Triunfal del Antimonio, de Basilio Valentín, en especial, en la fabricación de vidrios. Y comprobó, tras repetidos intentos siguiendo el texto del monje, que no podía hacerse el vidrio. Hasta que reparó en un detalle, un detalle en el manuscrito: que el antimonio debía ser de Hungría, recalcaba Valentín. Buscó de tal lugar antimonio y volvió a hacer la prueba: funcionó a la perfección. 

Cuando analizó ambos antimonios, comprobó que el de Hungría tenía cierto nivel de cuarzo, es decir, una ligera contaminación en la sustancia. Y esa contaminación hacía el milagro del vidrio de antimonio. La misma contaminación que producía el aceite del antimonio rojizo. En realidad, no se desprendía del antimonio, sino de la varilla de hierro con la que revolvía Basilio Valentín, pero en su época, incapaz de un análisis profundo de las cosas, asumió que era el licor rojizo del vidrio de antimonio. 

Lawrence Príncipe, analizando cada operación en detalle, pudo descubrir que en realidad el color rojizo procedía del hierro, cuando se le echaba vinagre al vidrio de antimonio, en donde había partículas por haber sido revuelto con una varilla de tal material (el antimonio come todos los metales menos el oro) 

Pero para Basilio Valentín, aquel licor rojizo era el aceite o tintura del vidrio de antimonio. ¿Y de qué otra manera podría ponerlo en duda si no disponía de los medios actuales de análisis de sustancias?. Más allá de esto, está claro que los antiguos alquimistas trabajaban enfocados en una meta y un proceso avalado por conceptos filosóficos y no en un mezcla y saca para ver qué sucede. 

Cuando Basilio Valentín en sus 12 llaves volatiliza el oro común, a través del agua de los dos campeones (agua regia elaborada con cloruro de amonio) , el proceso es de realización sumamente difícil hoy día en nuestros laboratorios, pero muchísimo más en la época de Valentín, y sin embargo, lo llevó a cabo, porque los detalles que declara en su opúsculo se condicen con la realidad de la experiencia de laboratorio moderna. 

Ahora bien, la crisopeya formó un aspecto clave en la tradición de la química, desde sus orígenes en el último Egipto grecoromano clásico, como vimos, hasta la época del quimista conocido como Homberg, un hombre que fue un sabio en su época y logró hallazgos tan importantes como descubrir el secreto del fósforo (que aunque se conocía nadie lo divulgaba con detalle) y poder fabricarlo, preparar la famosa Piedra de Bolonia, y aplicar con la fuerza del sol sobre sustancias cambiándoles sus estados inalterables. También logró transmutar 224 gramos de plata en 0.5 de oro. 

Pero no le era rentable, y era sumamente complicado el procedimiento, entonces, como muchos otros, se enfocó en lograr la materia que le ayudará en este trabajo, la famosa y mítica Piedra filosofal. Pero esta historia la veremos en mi novela sobre este personaje en preparación actual. 

Ahora bien, los quimistas del siglo XVII de todas las clases intelectuales y sociales persiguieron múltiples caminos para lograr la transmutación metálica. El método más común y buscado era conseguir, como digo, la Piedra de los Filósofos. Una sustancia capaz de comunicar a otros lo que les falta y volverlos oro. 

Pero Monsieur de Louvois ordenó que se mantuvieran los investigadores alejados de perseguir tan inútil tarea para el reino, instó a que se dedicaran a cosas útiles para el Estado y el Rey , por ejemplo cómo mejorar la pólvora, como hacer el agua de mar potable, o nuevos productos farmacéuticos, en vez de buscar la crisopeya. Entonces los trabajadores serios que se dedicaban a este proyecto se alejaron o bien se ocultaron, cifrando sus escritos o siquiera publicando sus hallazgos, por temor a la vergüenza general y las malas opiniones del resto que vería la crisopeya como una actividad vil, de farsantes, inútil en todo sentido. 

De esta forma se abolieron los trabajos honestos de los quimistas y cuando se formalizó la química, aquello quedó definitivamente de lado, convirtiéndose en una quimera. Un antepasado que era mejor olvidar.



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