Los Rosacruces y el Nitrum Areo



Como vimos, cuando irrumpen las ideas sobre el nitrum aéreo, o sal de los sabios, de la mano de Sendivogius, a la vez se afianzan las “ideas metálicas” como constituyente fundamental de la Piedra Filosofal. 
 
Es la falta de resultados concretos de los alquimistas lo que obliga a revisar conceptos y proponer nuevas concepciones (o interpretaciones) de lo que debe ser la Gran Obra. A este respecto no viene de más mencionar la famosa Piedra de Bolonia, una materia capaz de ser incandescente en la oscuridad, tras tratarla con cierto arte. 

Pocos dominaron la técnica, y aunque estaba explicada con pelos y señas en los libros de textos, sin el florido y críptico lenguaje acostumbrado de los alquimistas, si no expuesta en toda su desnudez, escasos hombres lograron fabricarla, entre ellos, por supuesto, nuestro querido Homberg, el “Indiana Jones de los quimistas”. 

Esto deja expuesto que aun conociendo el procedimiento y tener planos del mismo, si no se aprende observando cómo se hace, es difícil lograr un resultado. 

Ahora bien, estas dos vertientes de la alquimia – la metálica o mercurial y la del nitrum aéreo – tuvo sus trabajadores y sus defensores. La mayoría de los eruditos y expertos quimistas se abocaron, por sus resultados visibles y palpables, en las vías metálicas. En tanto que los más humildes y de mente modesta, se dedicaron a los trabajos con materias más naturales. Eran aquellos que sentían una afinidad inmensa con las cosas sencillas que podía ofrecer la naturaleza, y que creían que en la sencillez radicaba el secreto. De estos últimos es un servidor.

Un caso curioso ha sido Thomas Vaughan, nacido en Gales en 1622, alias Eugenio Filaleteo: fue un defensor de las ideas sendivogionas, pero al final de su vida parece que se derivó hacia las vías metálicas, ya que dicen que murió por inhalación accidental de mercurio. 
 
Sin embargo, esto no impidió que escribiera como adepto, como quien había logrado la Piedra Filosofal, en sus muchos textos al respecto, como por ejemplo El Arte Hermético al Descubierto. ¿Cuántos alquimistas lo habrán seguido pese a que jamás logró lo que sentencia en sus libros?. ¿Cuántos habrán perdido tiempo desentrañando sus símbolos y alegorías fruto de la más pura especulación? 

Y así como él ¿cuántos manuscritos escritos por alquimistas que se arrogan cierta autoridad no son otra cosa que ideas o deseos todavía inconclusos, pero revestidos del aire del adepto?. 

Michał Sędziwój, también conocido como Sendivogius 



Esto casi siempre sucedió con los alquimistas practicantes de vías naturales. Fueron más espirituales, más en simbiosis con la belleza de la naturaleza, y por tanto, más sensibles a las observaciones que aquella podía proveerles. En todo veían magia. De ellos heredamos la idea de recoger rocíos en luna llena, en que la primavera era la fecha apropiada para los trabajos alquímicos, en que la disposición de la zona Norte era un punto clave para la operatoria (esto se debía a que los cartógrafos medievales asociaban esa zona como la morada del Paraíso; pero también que los líquidos se condensan siempre para esa zona) . 

Había una realidad en sus observaciones, pero esa realidad solo se observaba al trabajar con el rocío en luna llena, o en dejar cristalizar una sal bajo la luna en primavera. Algo que no era cómodo a los quimistas, que preferían la mezcla  burda o la metalurgia pura y dura para llegar a un resultado concreto, herencia de los antiguos orfebres egipcios sustraído por los griegos.

Es de destacar que la mayoría de las obras que se abocan con determinación a las materias naturales, suelen ser firmadas en una inmensa mayoría por alquimistas anónimos. En este orden de ideas, tenemos Enseñanza acerca del Árbol solar, Mutus Liber, Recreaciones Herméticas (en concordancia con Sendivogius) y muchos más textos. 

Ahora bien, el alquimista que trabajaba con el nitrum aéreo entendió la alquimia como un proceso universalista, alineado a las ideas aristotélicas, razón por la cual el autor anónimo de Recreaciones Herméticas, menciona al filósofo griego. 
 
El alquimista que trabajaba con el nitrum aéreo pensaba que podía ser la materia de la Piedra Filosofal, porque, después de todo, veía su efecto en la naturaleza: “El nitrito de amonio forma parte de la naturaleza en el aire”, dice la Wikipedia, y con eso vemos hasta qué punto hoy es vox populi algo que en el pasado era un misterio. 

Si el nitrito regeneraba la bella y majestuosa naturaleza ¿por qué no lo habría de hacer con el ser humano? Si era la sal universal subyacente a todas las cosas, como inspiraba la filosofía aristotélica y como menciona el autor de La Cadena Dorada de Homero, ¿por qué no apoyarse en dicha materia para emprender los trabajos alquímicos?. 

Y así cientos de artistas buscaron sus rocíos en las madrugadas primaverales, lo pudrieron en toneles de roble, extrajeron sus sales, y con eso pensaron que habían encontrado la salida al laberinto. Paralelamente a estos movimientos, en el año 1614, empezaron a oírse los rumores de la Orden Rosacruz. Pero los fundares, contrariamente a lo pensado, no tenían una idea estable sobre la alquimia. De hecho, no sabían nada. 

Daniel Mögling 


Y sin embargo, la orden comienza a atraer a auténticos alquimistas para sumar filas, como Michael Maier, y Daniel Mögling. Es este último el que escribe el tratado conocido como Speculum Sophicum Rhodostauroticum (Espejo de la Sabiduría de la Rosa Cruz) en 1618. 

Espejo de la Sabiduría de la Rosa Cruz


Este hombre fallecería a los 39 años, pero nos dejaría esta serie de grabados, acompañados de un texto acorde, donde se revelaría los engranajes de la Gran Obra. Como muchos sabrán, es en este grabado precisamente donde me enfoqué en mis investigaciones respecto a lo que denominé Parergon (que no es invención mía el nombre como ya mencioné en varias ocasiones, sino de los rosacruces) 

 



Ahora bien, la publicación de Confessio Fraternitatis publicada en Kassel en 1615, anónima pero atribuida a Johann Valentin Andreae (1586-1654) y Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreuz publicada en 1616 y atribuida a Francis Bacon, fueron dos textos que convulsionaron Europa por aquellos años. 
 
Pero ninguno de estos textos abordaba la alquimia operativa, sino la expresión mística y la transformación de la persona, usando muchas alegorías y un lenguaje simbólico. Pues bien, en escena apareció en 1710 el alquimista conocido como Sincerus Renatus, seudónimo de Samuel Richter, quien publicó en Breslau (Alemania) una obra de contenido claramente alquímico conocida como La Verdadera y Completa Preparación de la Piedra Filosofal, de la Hermandad de la Orden de la Rosa Cruz de Oro. 

Para darle mayor misterio al contenido, Richter, menciona en el prefacio que su obra no es original, sino que se basa en un antiguo manuscrito escrito por un “Maestro del Arte” cuya identidad se mantendrá en el anonimato. 

En 1785 se publicó otra obrita: Los símbolos secretos de los rosacruces. Esta obra estaba compuesta por multitud de dibujos y reproducciones de grabados de corte alquímico y esotérico, y se considera por varios autores como la más importante obra rosacruz publicada después de los tres manifiestos del siglo XVII. 

En 1842 aparece Zanoni, de la mano de Sir Edward Bulwer-Lytton (1803-1873) , donde narra las aventuras de dos rosacruces alquimistas en poder del elixir de la vida eterna, Zanoni y Mejnour

Y cuenta como mientras uno se hace visible en la sociedad, el otro se preserva ermitaño en su casa alejado de todos los dramas humanos. Una obra que inspiraría a los autores de Fulcanelli, sin duda, y a las nociones sobre alquimia mística que trasvasaría Canseliet en el prólogo a la obra. 
 
Pero volvamos al alquimista Daniel Mögling. Su obra mencionada (Speculum Sophicum Rhodostauroticum ) tiene muchos enfoques. En mi interpretación personal, decidí abocarme a uno. Pero hay quienes ven en los grabados, en especial en este que publiqué aquí arriba, un enfoque hacia los imanes filosóficos, esto es, sales con capacidades higroscópicas para atraer la humedad del aire que, en teoría y en las fechas propicias, vendría preñada de lo que el antiguo denominó Espíritu Universal. 

Y ello, por aquel viejo empeño del alquimista que tenía esta idea fija de que en el aire estaba la tan buscada “materia” para constituir la Piedra Filosofal. 

Pero probablemente sea Sendivogius quien definió mejor para qué quería aquella materia del aire, cuando menciona que “nuestra Piedra es una Sal, y nuestra sal una tierra virgen” (la tierra virgen se forma con la fermentación del rocío) casi llevándonos a la idea de que aquella sal capturada del aire solo necesita enrojecerse por medio de una lenta reverberación y tener lista nuestra Lapis Philosophorum. 

Y sin embargo, también menciona otra cosa: la utilización de un disolvente, que llama Agua, captado por un acero mágico, y extraído de los rayos del sol y de la luna, capaz de pudrir – no disolver – un fruto solar, esto es, oro puro. 
 
Esta última opción nos lleva de la mano al trabajo de Nicolas Valois, siglos atrás, donde también se abocó por lo mismo: lograr un líquido capaz de reducir el metal a su primera materia como objeto principal de sus búsquedas. Pero Valois utiliza nitro y extrae su ácido nítrico, que bien concentrado, dice La Cadena Dorada de Homero, podría disolver el oro puro.

Pero en el caso de Sendivogius es otra cosa aquella Agua: es un líquido capaz de pudrir el metal, más que disolverlo, porque el filósofo lo entendió como la única forma de liberar al metal de su esencia oculta en su seno, a través de la putrefacción. 

Saber cuál es ese líquido nos lleva de nuevo a los rosacruces, pero creo que es suficiente para esta entrada. 

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