Jean Delisle: Los peligros de la Crisopeya en siglos pasados



La historia de este personaje es algo que pocos conocen, pero desnuda las tramas e intrigas, y lo peligroso que fue en una época de la historia clamar ser un alquimista. ¿Por qué? Porque se pensaba, y con justicia, que la búsqueda del alquimista se orientaban a la crisopeya, esto es, el arte de convertir un metal vulgar en uno noble, como el oro o la plata. 

Por aquellos días, la corona francesa atravesaba momentos difíciles y estaba como un buitre a la pesca de lo que pudiera ayudarla. Y si en la alquimia había algún beneficio para el reino, había que indagar.

Fue así que las autoridades francesas se lanzaron cual lobo voraz a buscar personajes que afirmaran hacer transmutaciones. Y entre los que estaban en la mira de las autoridades, a no dudarlo, estaba Jean Delisle, un alquimista que sabía elaborar el proceso – siempre utilizando como catalizador el sol, por eso le era clave disponer del mismo en verano – cuyas transmutaciones fueron atestiguadas por innumerables personas (y con eso se puso solito la soga al cuello). 
 
Pero aun así, se desconfiaba de él. Y se lo tenía como sospechoso de fraude. En el diario del Marqués de Dangeau se registra como se llevó a cabo una transmutación de la mano de Jean Delisle en 1709. Otro testigo, que expuso una declaración jurada de los hechos, fue el sobrino del obispo Du Bourget, que presenció el fenómeno de la transmutación de Delisle. En la declaración jurada incluía detalles precisos de cómo realizaba la transmutación, mientras Delisle daba las instrucciones, y como se quedó boquiabierto al derramar el oro del crisol donde previamente había plomo. 

Pero, como digo, no todos se creyeron lo de Delisle, como escribió en 1710 la madre del Príncipe, Elisabeth Charlotte
 
“Ha llegado un hombre que dice que puede hacer oro. Creo que es un pícaro y un tonto, porque dice que está regenerado, que ha abandonado al viejo Adán, y por esta razón, a causa de la vida pura que ahora lleva, que Dios le ha dado la gracia de encontrar la piedra de los filósofos. Creo que si la tuviera, no hablaría de ello y no se presentaría a la corte”. 
 
Y con lógica quizá daba en el clavo con este hombre. Y precisamente era un clavo el que usaba Delisle como su sello distintivo: una parte era de oro transmutado y la otra de hierro. Pero esta idea no fue de cosecha propia. Leonhard Thurneysser (1531-96) en presencia del cardenal Ferdinando de Medici, en Roma, en 1586, sumergió un clavo hasta la mitad en un aceite supuestamente transmutatorio y quedó convertido en oro… 

Si se preguntan cómo lo hacía, esperen a otro artículo donde explico el proceso y de qué manuscrito se obtuvo. Es una vieja fórmula que usaban los orfebres egipcios que se encuentra en el papiro de Leiden, el más antiguo de alquimia y que el alquimista Zosimos, lo veló como un gran secreto.

El resultado queda así cuando se sumerge por ejemplo una moneda de plata en la solución misteriosa: 




En el caso de Delisle, parece que en navidad la opinión escéptica de Charlotte fue eclipsada por el éxito de la transmutación de este alquimista: 

 “El fabricante de oro del Sr Boudin (Delisle) finalmente ha hecho una cantidad suficiente de oro que ha sobrevivido a todos los ensayos, excepto el aquafort, pero el hombre dice que los crisoles y las brasas no son buenas. Los crisoles se agrietaron y algo de oro se encontró en las piezas rotas; esta es la razón por la que va a empezar a trabajar de nuevo.” 

Esta carta indica como todos estaban convencidos de los trabajos alquímicos de Delisle, y auguraban éxitos venideros. Pero Delisle intentó escapar de sus benefactores que le pedían todo el tiempo realizar una transmutación ante el Rey, y en un camino a Paris lo detuvieron de un balazo en la pierna. 
 
Fue conducido a la Bastilla, pero no en las infernales cárceles, sino en un aposento cómodo y con sirvientes. Cuando se recuperó de la herida se puso a trabajar en sus polvos transmutatorios con elementos que le hicieron llegar. Pero fracasó estrepitosamente. Aludía que el problema era del sol. No es el mismo el sol del otoño que el del verano y que tan necesario le era. 
 
Para ponerle fin al asunto decidieron interrogarlo. Sabiendo que no era algo feliz lo que podía sucederle en el interrogatorio, Delisle les pidió una oportunidad más a los funcionarios del gobierno, con materiales que tenía el Abbé de Saint Auban. Este hombre le envió todo cuidadosamente envuelto, para que nada de sus secretos se perdiera en el camino. Pero, aun así, cuando tuvo en su poder aquellas materias, se dio cuenta que eran poca cantidad, y, para su horror, fracasó de nuevo. 

Al cabo, terminó siendo interrogado. Y confesó que su secreto provenía de un alquimista italiano llamado Denis, a quien había conocido en Niza en 1701. Huelga decir que los interrogatorios no eran los que un periodista podría hacer, sino que eran llevados a cabo por las fuerzas policiales, con el rigor necesario para que el interrogado confesara. 

Y dijo que, aunque sabía el proceso que le enseñara Denis, una sola vez le funcionó el mismo, y el resto de sus demostraciones y transmutaciones habían sido llevadas a cabo empleando materiales preparados por el italiano. Pero el interrogador sospechó que mentía. Y tres días más tarde, el 31 de enero de 1712, Delisle, totalmente agotado del interrogatorio, comenzó a vomitar y finalmente murió a la noche. Se piensa que fue envenenado. Probablemente él mismo lo hiciera. Confesó varias veces antes de ser arrestado que si lo trataban mal prefería suicidarse a revelar lo que sabía. Y tras el agotador y mortificante interrogatorio, dijo que quería morir y deseaba estar muerto. Al poco su deseo se vio realizado. 

Y así, el misterio de cómo transmutaba jamás pudo revelarse. Pero todo indicaría que en verdad le enseñaron el “truco” de la transmutación aquel italiano de nombre Denis. Pensemos que Delisle, en realidad llamado Jean Troin, era analfabeto, poco instruido en técnicas tan complejas que ni los propios quimistas de la época podían desvelar. 

De hecho, hay una carta que lo describe a Delisle muy bien: 

“Es un hombre sin letras. El señor de Saint Auban quiso enseñarle a leer y escribir, pero poco aprovechó. Es grosero, soñador, caprichoso y solo actúa en broma. Ni siquiera se atrevió a presentarse ante el intendente, que lo había convocado, rogó al señor de Saint Auban que fuera a responder por él en su lugar” 
 
¿Cómo un hombre sin formación podía lograr embaucar a tantas personas si no hubiera tenido la mítica piedra dada por aquel italiano?. 

Cuando se le acabó, sin duda recurrió a los trucos donde fue encontrado en falta y tuvo que confesar que ya no disponía más de Piedra. En la historia siempre son aquellas almas analfabetas o brutas las que disponen de la piedra que un alquimista más sabio les da para que vayan por ahí transmutando, revelando la existencia de la Piedra. Así evitan aquellos sabios maestros exponerse, y dejan que la vanidad haga su trabajo. La otra opción es pasar como truan y evitar problemas mayores.

Pero el procedimiento, al parecer, le fue enseñado. Y se fabricaba, según confesaría, con ciertas materias:

“1 °) que mis polvos necesitan parte del próximo verano para beber los aceites ... 
2 °) que luego tendré que sacar el mercurio de mes a mes, de cinco a seis veces antes de llegar al grado de perfección requerido; 
3) que los marcadores de un año colocados en este salvoconducto como en el anterior han perjudicado mucho mi trabajo ” 

De nuevo. Parece que el Sol, así como el científico Homberg investigó en su día, tenía amplia participación en su proceso transmutatorio. Algo que podemos volver a encontrar en los trabajos del alquimista Limojon De Saint Didier que es explícito al mencionar cierta materia que capta los rayos del sol y la condensa en su sustancia. 
 
Una parte de los ingredientes del polvo de este hombre se deduce de los testigos de la transmutación. Por ejemplo, se habló de un “jugo lunar” producido por la destilación de dos lunarias, la mayor y la menor, atrapadas después del decimocuarto día de la luna nueva, secadas a la sombra, colocadas en una olla donde se destila los residuos. 

Luego está el L'eau magistrale, el Agua Magistral: un producto que resultaría de la destilación de una mezcla de oro, salitre y vitriolo, todo calcinado. 

Y «La poudre métallique», el polvo metálico, se elaboraba de una escoria de oro y de otros metales, machacados, tamizados, y enterrados en un lienzo blanco dentro de una canasta durante 15 días a contar desde el séptimo o a la semana de la luna nueva. Se retira en luna vieja, se coloca en una botella cerrada y se seca al sol. Tras esta operación, se cubre con dos dedos del “aceite de Sol”, y se vuelve a poner al sol hasta que se seque. Más tarde, se recubre con dos dedos de Agua Magistral y se seca de nuevo al sol. Esta ceniza resultante se mezcla con un poco de “aceite de sol”, y se destila todo. Al destilado se le pone un grano de Mercurio Filosófico, que finalmente dará, al ser pulverizado, el tan anhelado Polvo de Proyección. 
 
Respecto a la cesta enterrada, la ponía a secar un cuarto de hora al sol, y luego se depositaba en una retorta que se calentaba en un horno hasta tener un licor amarillento en forma de mercurio, y del volumen de un gisante. Esto lo destilaba en un aceite viscoso que llamaba Dragón Devorante. Este mercurio se vertía en tres onzas de mercurio vulgar, con dos gotas de “aceite de sol” y calentándolo se formaba tres onzas de oro. 
 
Según varios testimonios, Delisle utilizaba un polvo metálico blanquecino, para la proyección en plata, y para el oro, uno que era más amarillento e incluso negruzco. La clave de su operativa, según le confesara a De Saint Maurice, es su “aceite de oro” cuya fabricación es la que sigue: 
 
“Toma el oro más fino, lo calcinas, de modo que es como clinker (mezcla de caliza y arcilla calcinadas), y que se destruye por completo; tritura este tipo de clinker y lo pasa por un colador para hacerlo más fino. Rocía este polvo con el jugo obtenido de la hierba llamada Lunaria major y la llamada Lunaria minor. Luego pon todo en un destilador y extrae un aceite, al que llama aceite del sol, que se pone en una botella de vidrio bien tapada y luego ponla al sol hasta que quede perfecta. Se necesita al menos, dijo, todo un verano.” 
 
Obviamente, el problema es saber que es la lunaria mayor y la menor. Pero claramente es un jugo o agua especial, quizá semejante a decir Lunaria del macrocosmos y Lunaria del Microcosmos. Sepan ustedes sacar sus propias conclusiones. 

Luego le explicó a De Saint Maurice el Polvo del Metal como lo hacía: 
 
“Polvo de metal. Luego tomamos el oro que fundimos en el que mezclamos todo tipo de metales y calcinamos todo junto como arriba se indicó; al ser calcinado, se apila y se pasa por un tamiz; luego ponemos el polvo en papel y luego en un paño, luego se cuelga en una canasta tapada con una tabla de barro, cubierta con la misma tierra. Esto se deja dos semanas en el suelo cuando la luna tiene siete u ocho días y se retira de la luna vieja al final de las dos semanas; usted pone dicho polvo en una botella de vidrio y lo espolvorea con el jugo de Lunaria major & minor; para que el jugo flote a la altura de dos dedos sobre el polvo, que expondrás al sol siempre bien tapado hasta que esté completamente seco, luego lo volverás a espolvorear con aceite solar perfecto, un poco de la misma cantidad, sobrenadante con dos dedos, que expondrás de igual forma al sol, hasta que esté completamente seco. Luego tomas agua magistral, que aún flota todo con dos dedos, exponiéndola siempre al sol, hasta que esté completamente seca. Sobre este polvo antes de poner en el agua magistral, pondrás el peso de un luis de oro de polvo de proyección, o Mercurio Filosófico sobre tres onzas. Entonces el polvo metálico es perfecto y en condiciones de dar mercurio filosófico, después de haberlo expuesto quince días por la noche a la serenidad y por el día al sol, y luego ponerlo en la tierra por quince días como arriba, y siempre comenzar de nuevo de la misma manera después de haber dibujado el Mercurio filosófico rociándolo con el aceite del sol, y se extrae según las estaciones, cuando no hay neblina y cuando hay calor." 

Para hacer el Agua Magisterial. 
 
"Es necesario tomar el oro calcinado como el anterior, bien machacado, sobre tres partes de oro, separamos una, ponemos dos partes iguales de salitre, y una cuarta parte del oro calcinado al fuego o sol y lo mismo se hace con las otras tres partes de oro; luego ponemos todo en una retorta de vidrio para sacar una especie de agua fuerte, que se llama Agua Magisterial. Para sacar el jugo de Lunaria Major & Minor. Cógelo después del catorce de luna, cuando esté maduro, lo secas en el alambique. Cuando esté bien seco lo pones en ollas de barro; luego enterramos estas ollas, la abertura en la parte inferior, poniendo palitos en ellos para evitar que la hierba se endurezca: cuando se ha quedado en la tierra se pone en un alambique de cobre sin ningún añadido y se extrae el jugo.” 
 
Sin embargo, estos detalles no eran suficientes para desvelar la “receta” de la piedra que fabricaba Delisle que dejaba tan encantados a docenas de personas de todas las jerarquías sociales. Por tal motivo, que el jefe de policía zanjara la investigación calificándolo de “un notable canalla que prefirió morir en lugar de revelar el secreto de sus engaños”, y declarase con frialdad: “por fin ya no engaña a nadie”, es ser taxativo y cruel con el personaje que cobró tanta notoriedad en su época. 

El pobre hombre tenía apenas 35 años, una hija y una esposa que heredarían el oro y plata que transmutó. 

A todo esto, y dada la vinculación de Delisle con la casa de Orleans y esta con el Príncipe, es seguro que el científico Homberg, obsesionado con la crisopeya, estuvo al tanto de estos episodios mientras ensayaba como transmutar trabajando con mercurio vulgar (historia que ya contaré en este blog) 

Pero además en una de las transmutaciones de Delisle, Geoffroy, el aprendiz de Homberg, estaba presente. Es inconcebible pensar que su mentor, Homberg, aun más obsesionado que nadie en la transmutación, no estuviera presente también. Incluso más: es posible que lo haya invitado a su domicilio para presenciar la proyección. 

Este interés en la transmutación casi le cuesta una mala pasada a Homberg, porque, como mencioné, todos los quimistas estaban en la mira, el resultado de intrigas en el volátil mundo de la corte real. El prestigioso Homberg casi es arrestado si no fuera por la intervención de Luis XIV.  Y sin embargo, estos acontecimientos tuvieron consecuencias desastrosas para el resto de su vida. Porque fue puesto en tela de juicio durante muchos años, acusado de envenenar a los delfines, conspirar contra la corona, y mil mentiras más que por fortuna su reputación y contactos le ayudaron para evitar la terrible Bastilla (la cárcel). 

Sin embargo, esta historia enseña cuan ruin es la búsqueda de oro por medios artificiales y por qué conduce a la máxima ambición en las personas que se lanzan en esta cruzada. Destila de ellos la naturaleza humana más horrenda y despiadada, la faceta humana más vil que se pueda observar. Y mientras el quimista (Homberg) buscaba con curiosidad científica descubrir los secretos de la naturaleza, por detrás los menos instruidos y ambiciosos, veían con otros ojos sus trabajos: siempre con algún fin bélico, económico, beneficioso para ellos y para el Estado, pero principalmente para ellos. 

Pero en el caso de Homberg fue mejor pasar por truhan que auténtico filósofo. 
 
Ahora bien, en algunas muestras que se conservaron del oro transmutado de Delisle, se halló con el paso del tiempo el óxido verde característico del bronce o del cobre. Pero, aunque se sospechó de una aleación muy parecida al oro, cuando se disolvió en ácido nítrico para comprobar si era falso, no se disolvió, las manchas desaparecieron, pero no el metal, concluyendo que era una aleación muy parecida al oro; o un "oro alquímico". Pero no el oro auténtico.






Fuentes:
Lawrence Príncipe (conferencias)

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