HOMBERG: El último quimista de la academia de Ciencias y el Mercurio Filosófico




En la conquista de la crisopeya pocos tuvieron la inteligencia para dilucidar la fórmula para lograr aquella materia capaz de la transmutación de los metales. Y quizá, el que más se destacó fue el quimista conocido como Wilhelm Homberg

Erudito, curioso por naturaleza, y con una de las mentes más finas que existieron en la época. Este hombre trabajaba en la Academia de Ciencias con una reputación que se diría envidiable. Sus experimentos los presentaba como un showman. Y era reverenciado por los científicos que venían de todas partes del mundo a ver sus trabajos. 
 
Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que Homberg fue el Indiana Jones de la química en sus primeros inicios, cuando ésta recién se estaba divorciando de la alquimia y ambas fronteras no estaban todavía muy definidas. Entre sus proezas, se encontraba que podía fabricar fósforo blanco (algo que pocos sabían de donde provenía y cómo se hacía), podía hacer la famosa Piedra de Bolonia que brillaba en la oscuridad, y muchísimos hallazgos más que iba recopilando, y canjeando en sus periplos por el mundo. 

Donde había una receta la canjeaba por algo que pudiera servirle al otro. Así fue que canjeó a Robert Boyle, el padre de la química, el secreto de cómo elaborar el famoso Mercurio Filosófico a cambio de enseñarle a preparar fósforo blanco. 

El secreto de Boyle se lo había enseñado George Starkey, alias Ireneo Filaleteus. En los escritos de Homberg encontramos cómo se hace la Piedra Filosofal y el origen de la misma según el análisis de sus investigaciones. 

Lo que sigue es un relato histórico notable de los experimentos, observaciones e ideas que supuestamente llevaron a los crisopeenses (los alquimistas europeos) a producir la Piedra de los Filósofos

Homberg escribe que los primeros alquimistas notaron que todos los metales, cuando están fundidos, se asemejan al mercurio ordinario. Esto lo condujo a concluir que los metales resultaron de la coagulación del mercurio bajo tierra. Parte de este mercurio subterráneo, sin embargo, no pudo coagularse en un metal debido a la contaminación por humedad superflua, y se encontró en las minas todavía en su estado líquido. 

En consecuencia, los primeros alquimistas intentaron secar estos excesos de humedad. Pero fracasaron rotundamente. Y concluyeron que el calor externo era inadecuado para el propósito, y necesitaban de una sustancia dotada de un “calor interno” que se pudiera añadir al mercurio y hacer que se coagulase en un metal perfecto. 

Buscaron tal sustancia en minerales, sales, ácidos, y otros lugares, pero no encontraron nada que funcionara. Entonces, con “razonamiento que parece muy plausible”, nos dice Homberg, se dieron cuenta que si los metales eran ellos mismos mercurio que habían sido coagulados por algún principio interno, entonces los propios metales deberían contener en su seno este codiciado principio de coagulación. 

Llamaron a este principio “Azufre metálico”. Pero calentar el mercurio común con metales no logró su objetivo porque los metales se aferraban demasiado a su azufre interno para que se liberara al mercurio. Luego especularon que necesitaban un metal “incompleto” que pudiera aceptar el azufre metálico de un verdadero metal y transferirlo al mercurio. 

Finalmente encontraron lo que buscaban en el mineral del Antimonio (estibina) y el hierro. Al fusionar estos dos materiales produjeron una sustancia brillante, similar a la de un metal, que llamaron regulus marcial. Este regulus marcial, tan buscado y fabricado por Isaac Newton, disponía en su superficie de un patrón cristalino estrellado que los alquimistas más religiosos denominaron la “Estrella de Belén”: era el “salvador de los metales que había nacido”. 



La idea aquí era que el mineral del antimonio podía aceptar el azufre metálico del hierro, convirtiéndose así en casi un metal, ya que el regulus era brillante como un metal, pero quebradizo como un mineral. Y entonces el regulus podría transferir ese azufre metálico al mercurio común haciendo que se coagule en un verdadero metal, como debería haber hecho bajo la tierra. 

Después de destilar repetidamente mercurio común de este regulus, nos dice Homberg, los alquimistas se asombraron al hallar que el mercurio ahora se coagulaba por si mismo en un polvo rojo al calentarse. Y no solo eso. Este polvo rojo, cuando se cocinaba con más mercurio, producía una pequeña cantidad de oro. 

Luego intentaron disolver el oro en el mercurio preparado y calentar la mezcla en un matraz sellado. Observaron la mezcla pasar a través de varios colores, y luego convertirse en un polvo rojo. Cuando se fusionaba este polvo rojo proporcionaba un nuevo tipo de oro mucho más profundo en color que el oro ordinario. 

Cuando se derritió con un metal base, este oro especial transformó diez veces su peso del metal base en oro normal. Repitieron el proceso, fusionando este oro “más perfecto” con más de su mercurio y luego digiriendo la mezcla de nuevo en un polvo rojo; el resultado ahora transmutó cien veces su peso de metal base en oro. Con una repetición más del proceso, obtuvieron un material del cual “un grano convirtió mil granos de cualquier metal imperfecto en oro natural”. Y llamaron a “este material altamente exaltado su elixir y la piedra de los filósofos”. 

Homberg concluye su relato histórico de la piedra de los filósofos diciendo “que este trabajo nunca se haya llevado a cabo no es algo que puede decidir”. 
 
Menciona que muchas personas dignas de fe afirman que han visto la Piedra y sus efectos, pero también que muchos otros se han quebrado tratando de producirla. Por lo tanto, aconseja, sería imprudente partir en busca de la Piedra sin tener ideas sólidas sobre cómo hacerlo. Espero que este escrito arroje su luz para evitarles futuros quebraderos de cabeza a los entusiastas investigadores que me lean. 

Todo lo dicho por Homberg se condice con la fábula del mito nórdico de Fenrir y el dios nórdico Tyr, relacionado con Marte, con el hierro, ya que era un dios de la guerra y legislador de los dioses. Se lo conoce a Tyr porque ata al lobo Fenrir y en el acto pierde una mano de un “mordisco”. Este lobo fue profetizado para matar a Odin (el oro) durante Ragnarok

Ahora bien, trasladado a lo que vimos y a la alquimia, el lobo (Fenrir) corresponde al metal del antimonio (como el lobo gris de Basilio Valentín). Se necesita el antimonio para fabricar un buen mercurio que pueda unirse al oro (Odín) y fabricar el fermento que produce la Piedra Filosofal. Para purificar se une al hierro, forma el regulus, y recién ahí se puede unir al oro. Este es el trabajo que llevó a cabo, durante décadas, Homberg. Y el gran y genial Issac Newton trabajaba con el regulus y la mezcla de oro y mercurio común, en una habitación sin ventilación, cuando los vapores que despedían estas sustancias los inhaló y acabaría matándolo. 

Si tanto trabajaron con esta mezcla es que algún exiguo resultado les daba como aliciente para continuar a lo largo de los años.

Ahora bien, estas nociones de trabajar con metales, minerales y sustancias tóxicas, proviene de Ireneo Filaleteo, extraño personaje que no fue otro que el alter ego de George Starkey : se comprobó esto sin lugar a dudas al investigar los trabajos tempranos de Starkey y contrastarlos con lo de Filaleteo. Y además porque Starkey fue amigo muy cercano de Boyle. 

Básicamente la teoría subyace, como explicó Homberg , en que el mercurio común primero se purifique de sus impurezas. Hecho esto, se la añade azufre metálico del regulus marcial, que proporciona un agente coagulante, haciendo que el mercurio se vuelva una materia rojiza. Cuando el oro se disuelve en el mercurio purificado de esta forma y se calienta todo, se produce un sólido rojo algo distinto que al fusionarse con algún metal daba un oro más perfecto que el oro ordinario y que podía transmutar hasta 10 veces su peso en oro. 

Las repeticiones del proceso, esta vez utilizando el oro transmutado, que es más perfecto, daría lugar a agentes transmutantes más potentes, más perfectos, y en síntesis, la mítica Piedra Filosofal. Todo esto según el razonamiento de Homberg cuya fe en los escritos de Filaleteo estaba fuera de toda duda. 




Si nos fijamos, esta forma de proceder, no difiere mucho de la propuesta por Juan de Rocatallada, cuya historia abordamos en otro informe. También estaba enfocado en purificar el mercurio al que había que añadirle “un azufre filosófico”. Pero en este caso tenemos el renombrado quimista conocido como Homberg que no declaraba nada que no hubiera visto o experimentado, y aseguraba en sus textos haber convertido una porción de mercurio en oro. 

De hecho, el propio mercurio animado (o filosófico) preparado por Homberg era capaz de dorar una cuchara de plata. Y no hablemos de su mítico aparejo solar fabricado especialmente: pudo dorar una porción de plata pura y de ahí concluyó que en el sol había un “azufre sutil” como en ningún otro lado. Esto es algo que un amigo francés (Greenlion) logró replicar y me envió esta imagen hace años atrás.
 



Pues bien, el uso del antimonio para transformar el mercurio común en un “mercurio filosófico” para hacer la Piedra de los Filósofos es la investigación de la crisopeya del siglo XVII hacia aquí con Fulcanelli y otros que siguieron el trabajo de Ireneus Filaleteus
 
Y todo parece centrarse en la teoría especial del científico Homberg que estableció en 1705 en su histórico ensayo que la luz era el verdadero principio del azufre. Y tras esta declaración, Homberg dijo que “si el mercurio común ha sido purificado lo suficiente por medio del antimonio y hierro, se vuelve más vivo y más líquido que antes”. 





Esta declaración, de parte de una autoridad en la Academia de Ciencias, puso en ebullición los cerebros de los crisopeenses (alquimistas) y dieron por válida la preparación de Ireneo Filaleteo del Mercurio Filosófico

Y entonces Homberg fue más lejos: dijo que al sellarse este mercurio especial en un matraz con un cuello largo y calentarse suavemente, gradualmente se espesará, luego se convertirá en un polvo, primero negro, luego blanco y finalmente rojo. No lo señaló, ni hizo mención, que en el corpus alquímico estos colores señalan el camino de la Gran Obra. Quizá no lo hizo intencionalmente, a sabiendas que estaba penalizado hablar del asunto. Reveló cuidadosamente su actividad alquímica ocultándola a simple vista. 




De hecho, señaló cómo el polvo resultante pesa más que el mercurio inicial debido a su absorción de la luz/azufre del fuego. Y explica que cuando este polvo se calienta más fuertemente, la mayor parte se evapora como mercurio y una pequeña cantidad permanece detrás como un metal sólido (oro). Posteriormente explicaría esta transformación en términos del “azufre sutil de la luz”, expresado por el calor del fuego. 

Ahora bien, el método aplicado por Homberg, revelado para toda la sociedad científica de la época sobre la crisopeya, si revisamos su origen podría estar en la técnica de Gaston Duclo, que según Becher es similar. Porque ambos digieren un mercurio especialmente preparado o “animado” en un polvo rojo; ambos obtienen oro del polvo rojo; ambos mezclan mercurio fresco con el polvo rojo para producir más oro. 

Pero si escarbamos más, realmente Homberg, como mencioné, se inspiró en los trabajos de Filaleteus y Boyle (con el que intercambió, como mencioné, el proceso del “mercurio animado” a cambio de explicarle como se fabrica el fósforo). 

Ahora bien, el proceso de Filaleteus (George Starkey) y su evolución al proceso mercurialista de fabricación de la Piedra de los Filósofos debería rastrearse hasta la obra de Alexander Von Suchten del siglo XVI, Mysteria Antimonii

Y yendo a lo que hizo Starkey, que no menciona en sus tratados como Filaleteus, escrito bastante crípticamente, en sus cuadernos de bitácora es más gentil con el proceso. Starkey fusionó el antimonio (la estibina, el mineral nativo del antimonio) con hierro para producir el regulus marcial de antimonio. Luego, fusionó este regulus con dos partes de plata, que en su obra como Filaleteo, explicó como “Las palomas de Diana”. Amalgamó la aleación de plata-antimonio resultante con mercurio y luego lo calentó, molió, lavó la amalgama, y finalmente destiló el mercurio. 

En su obra alquímica, llama “águila” a cada destilación (porque hace volar al mercurio de un lado a otro) 
 
Starkey luego amalgamó el mercurio destilado con más aleación de plata-antimonio, y repitió el proceso. Después de 7 a 10 repeticiones (“águilas”) el mercurio fue lo suficientemente “animado” o “limpiado” como para ser el Mercurio Filosófico necesario para hacer la Piedra de los Filósofos. 
 
En 1654 Starkey reemplazó la plata con el cobre para hacer el proceso menos costoso. El propósito de cualquiera de los metales es muy práctico. Mientras que el mercurio amalgama bastante fácil con la mayoría de los metales (excepto el hierro) normalmente no lo hace con el antimonio. La aleación de antimonio primero con plata o cobre permite que se produzca la amalgama. Uno de los cuadernos de Starkey indica que más tarde intentó usar regulus marciales sin plata ni cobre, con la esperanza de combinarlo directamente con mercurio y no le funcionó. Y peor aun: le explotó el matraz cuando lo calentó intensamente. 
 
En un cuaderno de 1656 registra que quedó insatisfecho con el uso del hierro en el proceso, probablemente porque sus anteriores mercurios filosóficos no lograron generar la Piedra Filosofal, y decidió usar el antimonio preparado sin usar hierro. 

Este cambio final, huelga decir, no aparece en los textos de Filaleteus (su alter ego), escritos todos antes de 1656, y de hecho socava su insistencia repetida en el hierro como ingrediente crucial. Después de la muerte de Starkey en 1665, el cuaderno que contiene esta innovación final, sin hierro, terminó en manos de Robert Boyle, y redescubierta en 1995 por Nachlass

Ahora bien, Homberg era consciente de todas las formas en que Filaleteus preparaba su Mercurio Filosófico, incluido los procesos inéditos, por su amistad con Boyle, e hizo sus propios ajustes adicionales al proceso. 

En su libro de texto de la década de 1690 describe su versión alterada del proceso de Filaleteus, en el que Homberg combina Regulus antimonio (hecho sin hierro) con mercurio por el método bastante peligroso de verter 1 libra de antimonio fundido en 3 libras de mercurio calentado cerca de su punto de ebullición. 

Y señala que esta delicada operación también la hizo con “regulus de cobre” y “regulus de plata” porque “dudé que se pudiera hacer una amalgama sin la intermediación de algún metal. Pero vi por los medios dados aquí que el mercurio se combina con el puro regulus de antimonio, así como si el regulus se hubiera combinado con algún metal”. 

Parece probable que Homberg aprendió los últimos trucos de Starkey (la utilización única del regulus ordinario) en virtud de su amistad con Boyle que conservó los papeles de Starkey al morir. La técnica de verter antimonio fundido en mercurio casi hirviendo en un mortero de hierro parece ser la innovación de Homberg, pero también Starkey lo menciona en sus notas. 
 
Ahora bien, el primer método de Starkey popularizado por su alias Filaleteus fue usando plata (las famosas palomas de Diana) y fue transmitido a Boyle en 1651; luego probó con cobre, y finalmente sin nada en el antimonio. Y parece que el resultado fue semejante. 

Homberg escribió con toda la sinceridad que en la década de 1690 

 “He llevado a cabo esta operación muchas veces, no sólo con la intención de seguir toda la obra de Filaleteus, sino también experimentar con el mercurio preparado en las operaciones conocidas sobre el mercurio, ya que vi que siendo purificado de esta manera el mercurio es realmente diferente del mercurio común, y es más activo”. 

Homberg fue testigo de muchos efectos que “no he observado en el mercurio común” y que cuando se preparaban fármacos mercuriales conocidos utilizando este mercurio, en vez de usar el común, los fármacos actúan con más fuerza. 
 
En términos de la crisopeya , confiesa que : 

“No he sido capaz de descubrir las excelencias que Filaleteus atribuye a ella, ni para lograr todo el procedimiento que nos da para ello. He sido capaz de alcanzar sólo el primer polvo rojo sin ser capaz de tener éxito por ninguno de los medios que he tratado de hacer una amalgama de este polvo con mercurio fresco”. 

De esta forma, Homberg reconoce claramente sus repetidos intentos en fabricar la Piedra de los Filósofos por el proceso de Filaleteus (basado en la teoría). Y pese a los obstáculos, volvió una y otra vez al proceso, modificándolo con la esperanza de tener éxito. 
 
Ahora bien, otra de las propiedades inusuales de este mercurio así tratado, es que tenía la capacidad de hacer crecer los metales bajo ciertas condiciones adecuadas, semejante a arboles metálicos. Esto fue mencionado tanto por Starkey como por Boyle, y presenciado por Lawrence Príncipe que reprodujo el proceso en un laboratorio moderno (Apparatus and Reproducibility in Alchemy”) 

Pero Homberg también fue testigo de este fenómeno llamativo y lo mencionó de paso en un artículo sobre Vegetación Metálica. Allí menciona una vegetación distinta de las conocidas con sales de plata o silicatos, popularizadas por Johann Rudolf Glauber. En su caso, menciona que utilizó un recipiente sellado donde introdujo una amalgama de plata u oro con un mercurio “bien purificado por seis o siete sublimaciones diferentes”, obviamente sin decir que era el Mercurio Filosófico de Filalteus, pero que revisando el proceso ahora podemos identificar como el mismo. 

Esta vegetación la ilustró con un dibujo para visualizar lo que sucedió en su matraz sellado: 




 
En 1700 Homberg publicó un proceso para hacer el Mercurio Filosófico, sin dar muchos detalles al respecto ni menos mencionar la base en el corpus alquímico. Lo mismo hizo Boyle en 1676 en su escrito Philosophical Transactions al hablar de su Mercurio Incandescente, la misma sustancia que le cambió el nombre para disimularlo entre los quimistas y ser reconocido entre los alquimistas. 

Pero las particularidades de este mercurio parecen extraordinarias. Por ejemplo, Homberg reiteró que habiendo recogido 12 onzas de “Mercurio de antimonio” (nombre con el que se señalaba la mezcla de mercurio y antimonio líquidos mezclados en un mortero de hierro) declaraba que es más sulfuroso que el mercurio común y, hecho extraño, cuando se frota una cuchara de plata con este mercurio la deja dorada instantáneamente. 
 
Ahora bien, este detalle de que se dore la cuchara como prueba de la naturaleza “filosófica” del mercurio, ya había sido mencionado por von Suchten y referido por Boyle y Starkey. Pero no todos estuvieron de acuerdo con los trabajos de Homberg. En especial Lemery, que fue un antitransmutación declarado. En su texto de 1679 Cours de Quimie ya aborda el tema y lo procura criticar. Esto hizo que tuviera con Homberg varios enfrentamientos. Pero Homberg no solo declaró su proceso, sino que dijo que su guía se basaba en los trabajos de Filaleteus (no mencionó a Boyle ni Starkey) y que no sólo tenía propiedades extraordinarias el mercurio, sino que incluso podía volverse un poudre rouge (polvo rojo). 




Homberg seguiría posteriormente trabajando en métodos transmutatorios apoyado por el Palais Royal y su mecenas Felipe II, con la estrecha colaboración del príncipe. De esta colaboración se desprende este comentario de la madre del príncipe, Elisabeth Charlotte: 

“El Conde de Nocé y el Chevalier de Bethune han dicho que vieron la transmutación del mercurio en oro realizada una vez en el laboratorio interior del Palais Royal. Se hizo proyectando una cierta cantidad de polvo rojo que había sido preparado tanto por el príncipe como por sus artistas. Pero, al asegurarse de la posibilidad de la transmutación, no deseaba que se continuara ninguna investigación a este respecto. El Sr Grosse que era asistente bajo el Sr. Homberg me certificó este hecho, pero nunca entró en el lugar secreto de la operación principal.” 

Esto significa que Felipe enseñó la transmutación a varios amigos, que más tarde darían testimonio de estos eventos. Y está claro que cuando dice que fue preparado por el príncipe con sus artistas se refiere a Homberg y sus asistentes. Y lo más notorio que se llevó a cabo en el “lugar secreto”. 
 
Se sabe que el Palais Royal estaba dividido en secciones, y en la más reservada y privada se llevó a cabo este experimento, donde los asistentes no tenían el paso permitido. Es probable que ese lugar haya sido diseñado específicamente para operaciones referidas a la transmutación metálica. O cuando menos reservado para ello. 

Cuando se establece la sociedad del príncipe con Homberg, todavía este último no había logrado formar la Piedra de los filósofos de Filaleteo. Había probado de todo: aleando el antimonio con cobre, plata, solo, e incluso con oro (ahora que tenía un mecenas poderoso). Pero fracasaba. El propio príncipe en plena campaña militar en Madrid le enviaba recetas de crisopeya para que probara Homberg, tan asociados estaban en una misma idea. Pero no había caso. 

Sabía preparar el Mercurio Filosófico, pero no volverlo la Piedra Filosofal. Decidió variar las “recetas” que le había enviado el Príncipe, y adaptarlas más filosóficamente a la de Filaleteo. Estas alteraciones implicaron una reinterpretación fundamental de las Palomas de Diana, y las águilas
 
Homberg sugirió que las Palomas de Diana en realidad no eran dos partes de plata, (como Starkey dijo inequívocamente que eran) sino que se trataba de nitro y sal común, es decir, nitrato de potasio y cloruro de sodio. Y por supuesto, cuando se trató el mercurio con ambas sales produjo mercurio sublimado, es decir, cloruro de mercurio. 

Continuando con esta reinterpretación, Homberg decidió que las águilas ya no eran destilaciones secuenciales del “mercurio del antimonio”, sino combinaciones secuenciales del mercurio sublimado con el regulus. 

Por cada águila, Homberg calentó el mercurio sublimado con el regulus de antimonio, haciendo que brotara la mantequilla de antimonio (tricloruro antimonio) seguido del “mercurio revivido”. A este mercurio revivido lo trató con más nitro y sal para convertirlo de nuevo en mercurio sublimado, que luego combinó otra vez con el regulus de antimonio . Y repitió toda esta operación 10 veces para garantizarse las 10 águilas. 

Al final, el mercurio olía diferente y había aumentado de densidad. Pero convencido que el nitro y la sal jugaban un papel fundamental, volvió a repetir el proceso lo que condujo a un tercer mercurio de Filaleteus. Y se le ocurrió disolver en ácido nítrico (el licor de nitro) el mercurio, y luego añadió sal común, que produjo un precipitado blanco. Fue este precipitado el que mezcló con el regulus de antimonio, que al calentarse produjo una mantequilla de antimonio, negra como la tinta china, y que destiló, seguido del mercurio revivificado. 

Este mercurio revivido lo disolvió en más ácido nítrico mezclando sal , y calentó el nuevo precipitado con antimonio. Después de cuatro repeticiones su mercurio inicial , de 2 libras, se había reducido a 5 onzas. O sea: el 85% del mercurio se había volatilizado. 

Esta tremenda cantidad de mercurio perdido hizo que Homberg se replanteara lo que estaba haciendo. Y al final renunció al mismo. La clave de la desaparición del mercurio estaba en la sal: no precipitaba todo, y quedaba mercurio disuelto en la solución que Homberg descartaba. 

Pero no se detuvo, y volvió a reinterpretar el texto de Filaleteus, a esta altura, su libro de cabecera, y los cuadernos de Starkey que a fin de cuentas sabía que era al autor de toda la obra. 
 
Ahora los trabajos de un aprendiz de Homberg empezaron a poner en aprietos la teoría de que el mercurio era la prima materia de todos los metales. Geoffroy encontró que incluso en las cenizas hay trazas de hierro, entonces se planteó, como podía ser que fuera el principio de los metales, si en la arcilla, aceite, o las plantas mismas, había hierro y producían hierro. ¿Era el mercurio un componente del hierro?. ¿Fue un principio que contenía toda la materia o nada más que un fluido resultante de una particular acción de la naturaleza?. 

Geoffroy expresó estas naturales dudas, pero las veló antes de ser publicadas , probablemente porque entraban en conflicto con las teorías del reputado Homberg que era su mentor. Pero en sus trabajos posteriores hablaría que lo que subyace a todos los metales no es un mercurio, sino una “tierra capaz de vitrificación”, idea que tomó de los trabajos de Becher en su Physica Subterranea. 

Esta tierra residual que queda en los metales, es susceptible de unirse a un principio de inflamabilidad, o sea, un principio de azufre. Y cada metal deja tras de si esta “tierra”. Y por ejemplo, en el caso de la plata, es de color rojo. Es una “tierra roja”. Y por supuesto, también rechazaría el concepto de Homberg sobre el carácter de la luz como principio de “Azufre sutil” y su capacidad de incorporarse con la materia ordinaria aumentando su peso. 

Pero esto lo había ensayado y probado Homberg con su poderoso lente de luz. La luz, fijada como azufre metálico, proyectada en la plata , como demostró en mayo de 1702, vuelve amarillo al metal plateado. La lógica era intachable: si el oro tiene más azufre que la plata, por eso es perfecto, la adición de más azufre debería convertir a la plata en oro. Y el azufre solar pareció confirmarle esta suposición. 

Con el tiempo, el discípulo de Homberg, este es, Geoffroy, entendió que su maestro tenía razón. Homberg resolvió el dilema de la tierra que quedaba de los metales, de forma coherente y experimental: el mercurio y la tierra metálica en verdad son la misma cosa. Dependiendo de la condición de sus partículas, el mercurio será un metal líquido, un componente de metales sólidos, o una tierra. 

De esta manera, permaneció para Homberg la base constituyentes de los metales – el mercurio – y su aprendiz, Geoffroy podía afirmar simultáneamente y sin contradecir a Homberg que la base de los metales era la tierra. Toda diferencia estribaba en la composición de metales. 

Geoffroy continuaría investigando extensamente sobre los materiales de partida para la Piedra Filosofal, entre los que encontró el plomo, específicamente el mineral de plomo sin refinar. Su biógrafo lo resumió así: “el plomo es el material para la piedra de los filósofos”, según Geoffroy ya siendo anciano. 

Ahora bien, por estas fechas, con el apoyo de Luis XIV, los ministros del gobierno fueron a la caza de personajes que afirmaran estar en posesión del secreto de la crisopeya, y de elixires exóticos. Y aunque la fachada era la de erradicar a esta gente mentirosa y fraudulenta, en realidad buscaban determinar entre estos personajes quienes realmente tenían conocimientos auténticos sobre la transmutación y que podría beneficiar al Estado francés. 

Pero únicamente encontraron decepción y el conocimiento desagradable de la más vil naturaleza humana. Con esto creció el repudio general sobre la crisopeya y los que trabajaban en la misma: eran todos unos farsantes. Decenas de personas fueron investigadas, arrestadas e interrogadas sobre sus actividades en pos de la Piedra de los Filósofos. Y cualquier persona con interés en la transmutación pasaba a ser automáticamente un potencial criminal o delincuente. 

Aquí se produce, en torno 1720, el exilio definitivo y la separación entre la alquimia y la química, que jamás habrían de volver a reconciliarse. Una se alzaría con prestigio por sobre la otra, sepultando a la alquimia como un producto del pasado de personas de dudosa moral ambiciosos del oro. 
 
Y sin embargo, esto no era así. Eran sinceros y sencillos buscares de medicinas, de elixires, y de materias transmutatorias, porque en un punto de la historia se nuclearon todos los conceptos en la Piedra Filosofal: un hibrido entre los árabes, los chinos y los egipcios. 

Por ejemplo, está el caso de Claude Jean Bapteiste Vialet que fue arrestado en 1702 y de nuevo en 1704. Lo interrogaron sobre lo que sabía con relación a la piedra de los filósofos, y qué éxitos había logrado. El sabio les respondió que después de 40 años de trabajo y el gasto de 10 a 12 mil ecus, se había rendido. Igual continuó en prisión. Y un mes después cuando lo interrogan de nuevo, confesó que lo único valioso que había encontrado era un oro potable que extendía la vida y la salud, pero lo usaba sólo en si mismo, salvo un poco que le regaló al médico del Príncipe, Helvétius (el hijo de quien habría atestiguado una de las más documentadas transmutaciones, al punto que interesó al filósofo Baruch Spinoza). 

Después de interrogarlo sobre la forma de preparar tal medicina, lo dejaron libre tras un mes y medio en la Bastilla. Quizá ese Oro Potable realmente era lo que afirmaba su artífice, porque cuando lo arrestaron por segunda vez, tenía 93 años y se conservaba espléndido. 
 
Aquí, una vez más, vemos cómo la Piedra Filosofal era la crisopeya y la medicina tomaba otra dirección: el Oro Potable. No se trataba de la misma cosa.  Como claramente lo definió Rocatallada en su día.

A través de los siglos y las confusiones que se gestaron, los alquimistas hoy día están persuadidos de tres cosas: 

1. Que la Piedra lo es todo: panacea a la vez que polvo transmutatorio. 
2. Que la Piedra logra que la persona misma se transmute 
3. Que la alquimia es un proceso espiritual. 

Pero en verdad, respecto al último punto, como hemos visto, era un conocimiento científico, muy difícil de obtener, que se entremezclaba con las aleaciones, los metales teñidos que simulaban o parecían oro, y el intento de catalizar con una sustancia los metales vulgares.. 

Los árabes “donaron” su espigaría o el trabajo con vegetales y materias animales, rechazado por los occidentales, que se centraron más en la crisopeya. Pero de ellos, los árabes, debemos el Elixir de Vida y Oro Potable que prolonga la vida. 

Y sin embargo, más tarde los alquimistas, rechazando la crisopeya, también aprovecharían ese saber árabe para sus oros potables y elixires secretos (preparados cuya base podría decirse estaba en los vegetales, las aguas de la naturaleza, y sus derivados, como el alcohol) 

¿Y lo espiritual? 

 Lo espiritual vino de una época en que dos personajes quemaron ante una muchedumbre sus libros de alquimia, diciendo que lo hacían porque el secreto trasvasado en ellos era muy trascendente y no todos estaban listos. Para entonces, ya circulaban copias de sus obras donde se explicaba que el proceso alquímico revestía de una contraparte espiritual, y por eso no salían las cosas. 

Una forma simple de explicar porqué no entendían el galimatías de recetas. Esto es tan chistoso como pensar que porque no nos sale un budín casero es porque falta la contraparte espiritual, en vez de revisar los ingredientes y el calor que hay que aplicar. 

Ahí nació la alquimia espiritual, que Canseliet reafirmaría en el prólogo al Misterio de las Catedrales de Fulcanelli. Se podrá estar de acuerdo o no en esto que narro, pero se basa en datos históricos comprobados por archivos. Y no hay mucho más que hacer al asunto. 

¿Y qué fue de Homberg?. 

En el Palais Royal parece que llevó a cabo, finalmente, la tan codiciada transmutación. El proceso jamás lo explicó, pero sí que el oro obtenido era exiguo comparado con lo trabajoso del proceso (e incluso peligroso). 

Sus últimos años casi termina en la Bastilla, porque se lo acusó de envenenar a los delfines reales. Zafó por su alta autoridad, su reputación intachable, y el contacto con el rey. Fue una leyenda formidable con una capacidad humana e inteligencia envidiable. Pocos hoy día pueden jactarse de estar a su altura. Homberg fue el último nexo entre la química y la alquimia. Y sus trabajos revelan el conocimiento que tal vez les falte a muchos para alcanzar lo que buscan.

Pero aun así, Homberg se equivocaba, consecuencia de creer a pie juntillas en Filaleteus.

Por eso, no les recomiendo destilar mercurio vulgar: es sumamente peligroso, tóxico, y no les dará grandes satisfacciones. En la historia fueron muchísimos los que murieron en sus experimentos con mercurio.  

Pero si aun así te interesa el proceso completo, leete el libro Los frutos de la montaña de los filósofos , pero no lo lleves a la práctica y si lo haces es bajo tu absoluta responsabilidad.



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