Alquimia espiritual



La idea de que el alquimista y la Gran Obra es una confección de su propio crecimiento espiritual no es nueva ni mucho menos.

Este punto de vista de una alquimia espiritual fue popularizada por primera vez por los ocultistas del siglo XIX conocidos como Eliphas Levi, Mary Anne Atwood y Arthur Edward Waite. Y posteriormente le darían un lenguaje más “científico” Carl Gustav Jung y Mircea Eliade que jamás sujetaron en sus manos un matraz y en la comodidad de sus sillones y butacas, teorizaron y quisieron explicar lo que no entendían, pero cuyo punta pie lo dieron aquellos ocultistas (otros que solo de adornos tendrían los matraces). 
 
Es decir, que los matraces, los crisoles, los hornos, los alambiques, sólo eran un objetivo de auto perfección espiritual, algo de todo punto de vista ingenuo y erróneo. Pero esta influencia ejerció lo suyo durante mucho tiempo y sigue en la mirada de muchos alquimistas modernos esta idea de que sin esa contraparte espiritual no se va a ningún lado. 

Esto es como pretender que porque no te sale un budín perfecto es porque no tienes el don espiritual, cuando en realidad es que necesitas que te enseñen la receta, con todos los pormenores, para confeccionarlo bien.

Muchos movimientos planean sobre esta idea de una alquimia espiritual que parece más una religión que el conocimiento de los viejos artesanos egipcios cruzados con los griegos y posteriormente jalonados por los árabes a occidente. 

Y aunque muchos especialistas en la historia de la alquimia han desmantelado estas visiones, siguen y seguirán ofreciendo una explicación tergiversada a muchos buscadores de respuestas sobre lo que era la alquimia en el pasado o por qué escribían de forma tan críptica. 

Pero esta concepción incluso la utilizan muchos alquimistas para diferenciar la alquimia de la química. Y sin embargo, esta interpretación de la alquimia espiritual o jungiana, es falsa: se basa en los puntos de vistas de los ocultistas victorianos que no trabajaron jamás en un laboratorio de alquimia. Los alquimistas del medioevo trabajaban con materiales reales, tomaban pesos, estimaban medidas, no trabajaban aleatoriamente , y lo hacían persuadidos de que trabajando de esta manera iban a lograr la crisopeya y, por tanto, revelar los secretos más íntimos de la naturaleza.

En la provincia argentina de Mendoza conocí un alquimista que me contaba que sabía cómo se hacía la Gran Obra. Y que era con cinabrio. Tenía a su lado bolsas repletas del mineral. Cuando le pregunté por qué no empezaba, me decía que todavía no estaba espiritualmente listo, que sin la contraparte espiritual no iba a poder lograrlo porque el alquimista le daba su energía a la piedra y sin esta retroalimentación no había alquimia posible.

La historia demuestra que esto no es así, y que la mayoría de los adeptos eran hombres con fallas, no sobrehumanos, y a veces pecaban de vanidosos haciendo transmutaciones públicas. La sabiduría, de tenerla el adepto, no siempre venía acompañada de la Piedra. En otras palabras: se puede ser sabio sin Piedra. Incluso había casos en que la piedra estaba en poder de gente ignorante, como ya vimos una historia, y otros que teniendo el Elixir, tampoco los hacía inmortales. Morían a fin de cuentas.  Nicolás Valois lo confiesa en sus libros y otros alquimistas también lo cuentan. 

El mito de que el alquimista influye en la operatoria, o que le otorga su energía vital a la Piedra, es una idea que viene de los ocultistas victorianos y que, más tarde, la mecánica cuántica fue una nueva forma de encarar el asunto del fracaso. Se fracasa en la alquimia porque falta algo de uno, jamás será la inteligencia, antes bien, se preferirá algo abstracto como una contraparte espiritual. Porque la inteligencia es medible, pero no lo es el espíritu.

Y es obvio: ¿Quién quiere verse como poco inteligente? Mejor verse sin capacidad espiritual. Más sano que creerse un tonto. 

El asunto en alquimia es conocer el secreto, y como sucedió con la Piedra de Bolonia, aun teniendo textos y muchos gráficos, los que la podían fabricar únicamente eran los que habían visto como se fabricaba por un maestro experto. 

Así sucede con la alquimia. Se debe conocer el proceso o ser guiado. De otro modo, casi que se condena al fracaso, salvo que las luces, en forma de sincronicidades en la vida de uno, lo dirijan a la salida del laberinto. Sólo ahí es posible. Y eso es seguir a la naturaleza que tiene la forma caprichosa de vestirse de casualidad.




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