Alexander - Toussaint de Limojon de Saint Didier y su Gran Obra alquimica




En torno al año 1690, y una vez hubiera muerto en un naufragio, las obras del alquimista Alexandre-Toussaint de Limojon de Saint-Didier, revolucionaron la alquimia. Es uno de los pocos tratados, y pienso si no será el único, que combina la filosofía natural, es decir, aquel concepto que vimos que relacionaba la materia de la Piedra Filosofal con un Nitrum Aéreo, y los conceptos antimoniales o metálicos. 

En suma, una mezcla de las corrientes filosóficas naturales con las metalúrgicas.

De hecho, en su tratado El Triunfo Hermético, se deduce claramente la preparación de un regulus al que, a diferencia de lo que Starkey, Homberg, Boyle y Newton hicieron, lo prepara de otra particular manera capaz de atrapar, nos dice, el “oro astral” (no el oro vulgar) hinchándose y luego incubándose para pasar por los consabidos cambios de colores que conducirían a la mítica Piedra. La preparación la pueden encontrar en mi libro Los frutos de la montaña de los filósofos, donde queda revelada la fuente de Didier y cómo lo preparaba.

Ahora bien, sobre la vida de este curioso personaje poco se sabe más allá de que moriría en un naufragio en 1689. Era alquimista, historiador y diplomático francés. 

Como Secretario de la embajada de Francia en Venecia, de 1672 a 1677 viajó por muchos lugares, Holanda, Irlanda, y tal vez accediendo a cuantioso material alquímico circulando. Si nos fijamos, probablemente su mayor inspiración haya sido, una vez más, Alexander von Suchten, el mentor de Starkey y muchos otros. 
 
En su tratado El Triunfo Hermético coloca una imagen que nos recuerda la de Suchten: 

 



Todo el secreto de la operatoria de Saint Didier consistiría únicamente en saber reducir la materia grosera, esto es, el Antimonio (estibina) a una sal blanca y de ahí trabajarla para exaltarla. Por supuesto, nunca explica cómo la reduce a una sal blanca, y nos dice que el secreto consiste en conocer el famoso Fuego Secreto. Que sin ese Fuego Secreto es vana la tarea. 
 
Tras leer varios tratados del tema, y hacer lo que se conoce como “ingeniería inversa” estoy seguro de conocer cual es ese Fuego Secreto y en el libro oportunamente citado lo tienen. 

No obstante, varios alquimistas sospechan que cualquier cosa que sea particular en estos trabajos, no será por lo tanto universal y su alcance se limitará a ese reino nada más. Pero no hay duda que para innumerables alquimistas el reino de la piedra es un reino metálico. Y más precisamente: el reino del mercurio (y el antimonio como “jabón” del mismo) 



Pero que el mercurio filosófico pase por los colores de la obra no es algo destacable, ya lo menciona Agrícola sin ensalzarlo tanto. 

Como vimos, Starkey estuvo mucho tiempo empeñado en preparar el Mercurio Filosófico partiendo del metal vulgar, y lavándolo con el regulus de antimonio. Pero si el fin es “lavarlo”, separando ese “agua sucia” algunos métodos proponen otra combinación de materias. Aquí brindé algunos, y el secreto del espíritu de antimonio. Y en mis libros más.

Ahora bien, para muchos alquimistas está clarísimo que lo que son trabajos con plantas, animales, metales y minerales son todos particulares, porque se trabaja con materias especificadas de un reino. El error común es incluir en esto al hombre como parte del reino animal. 

El hombre, según el corpus más antiguo de la alquimia árabe, provee unas Aguas que son universales, pertenecientes al Microcosmos, y tienen tanta validez y eficacia como las Aguas Universales que pertenecen al Macrocosmos (rocío, agua de lluvia, Parergon, etc). 

De hecho, para muchos alquimistas el hombre es el enigma a resolver, el conócete a ti mismo, que llevó a pensar a los sabios antiguos que siempre la materia estuvo con el hombre y no en un mineral o sustancia determinada. 

Después de todo, el hombre es el portador de la luz: en su orina subyace el fósforo que, para muchos alquimistas esotéricos, es la prueba empírica de que el “hombre en su interior es luz”. Pero en rechazo a estos conceptos también surge este mismo filósofo del que venimos hablando, Saint Didier, que dice: 

"Ellos (falsos filósofos) han trabajado en ciertas hierbas, en animales, en sangre, en orina, en pelos, en esperma y sobre cosas de esta naturaleza: las que se han alejado del Camino Verdadero ". 

No olvidemos la vieja costumbre de los alquimistas que suelen ocultar la verdad en su negación a algo y la mentira en la exposición clara de un procedimiento. Los libros, como dijo una vez un querido amigo historiador de la alquimia, “son para los eruditos”, para que se pierdan en ellos. 
 
Por eso encontramos en La Turba de los Filósofos esta misma alusión, pero contraria a Saint Didier: 

“Sabed que los envidiosos han hablado de muy distintas maneras: han hablado de Aguas, de Caldos, de Piedras y de Metales para confundir a quienes buscáis esta ciencia secreta. Dejad todas estas cosas y haced rojo lo blanco” 

Entonces, ¿a quién creer?. Yo diría que a ninguno. Y sólo seguir a la naturaleza.

Ahora bien, en el tratado de Limojon Saint Didier vemos el esfuerzo que hace para combinar un proceso más universal/natural con uno metalúrgico. Y para eso, contrariamente a los trabajos de Starkey y Homberg, niega rotundamente que el mercurio y el oro sirvan para fabricar la Piedra Filosofal. De hecho, los aborrece.
 
Antes bien, indica que solamente este minera (la estibina) es suficiente. El truco es arrancar su “Mercurio” a través del Fuego Secreto del cual no da pistas, pero leyendo a Suchten y a Basilio Valentín cualquier persona lo podrá deducir ( y si no, adquiriendo mi libro) 

Trabajar con estibina no es algo fácil. Requiere mucha pericia, evitar los gases tóxicos, hacer el trabajo en el exterior. Para innumerables alquimistas del pasado y modernos, el camino regio a la Piedra es únicamente antimonial. 

Pero por supuesto, no estoy del todo de acuerdo. No obstante, les dejo a que mediten la exposición.


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