La Gran Revelación del Espíritu del Antimonio



Un repaso histórico no nos vendrá mal.

Se ha despreciado siempre a la industria metalúrgica como involucrada en la Gran Obra y la alquimia en general. Sin embargo, en el antiguo Egipto, la metalurgia compartía casta sacerdotal, y estaba establecido que no se debía divulgar esta ciencia a nadie, el reino podía verse afectado.

Había un secreto muy profundo que rodeaba a la ciencia metalúrgica, y era muy lógico: porque estaba relacionada con la edificación de templos religiosos. La alquimia nace de algún modo de esta ciencia denostada, criticada, y que realmente es la clave para entender la Gran Obra. Pensemos que el descubrimiento de una nueva aleación de metal, a partir del cual se podrían producir armas blancas, o implementos de agricultura más eficaces, le daba a la sociedad una ventaja sin igual sobre otras sociedades. Y la que tuviera más conocimientos, por tanto, iba a dominar. ¿Cómo no ocultar los secretos de la metalurgia al vulgo? 

De ahí proviene, a fin de cuentas, el hermetismo. 

Durante miles de años, los egipcios ejercieron el hermetismo para poder dominar a las masas y ser la civilización más avanzada. Por eso, cuando cae el imperio, los griegos, que siempre miraron con envidia los logros de la cultura egipcia, a quienes veían como maestros en la filosofía, la arquitectura, la metalurgia y otras ciencias, al hacerse cargo de Egipto en torno al siglo III aC. se obsesionaron con encontrar sus secretos. 

Con dicho fin, se estableció la famosísima Biblioteca de Alejandría, la primera biblioteca pública del mundo, que contenía hasta 700 mil pergaminos antiguos. Y allí, por vez primera, todos tuvieron acceso al conocimiento secreto de los egipcios. Eruditos de todos los puntos del imperio acudieron en tropel a la biblioteca a absorber el conocimiento más velado, secretos que habían permanecido ocultos desde el principio de los tiempos. 

Egipto lo había ocultado para mantener el poder sobre las masas, en virtud del hermético sacerdocio egipcio. Pero ahora todo estaba siendo ventilado al público. Sin embargo, los rollos estaban en jeroglíficos y por tal motivo, y con el ansia de imitar a Egipto, los helenos invitaron a centenares de eruditos y especialistas en lenguas para intentar descifrarlos. A través de este notable esfuerzo empezaron a salir a la luz los primeros textos alquímicos. Pero muchísimos otros quedaron en la oscuridad porque eran impenetrables. Y ya todos conocemos la historia y lo que sucedió. 

Tras la caída del imperio heleno y la conquista de Egipto por Roma, la Gran Biblioteca de Alejandría, con todo aquel vasto saber, fue destruida, aparentemente en una serie de incendios, y grandes porciones de la antigua ciudad portuaria fueron tragadas por el Mar Mediterráneo. 

Más tarde, el fin del imperio Romano y el advenimiento de la Iglesia Católica Romana, la práctica de la alquimia fue olvidada e incluso prohibida en la Europa occidental. Fueron los árabes los que la preservaron y algunas comunidades judías que no se sometían a la autoridad de la Iglesia. Alrededor de la época de las cruzadas, las ideas alquímicas comenzar a llegar a Europa. La primera traducción de una obra alquímica árabe al latín tuvo lugar en el siglo XI, y al poco la tradición medieval de la alquimia comenzó a tomar forma. 

Y así, pese a las negativas de la Iglesia, la alquimia floreció en toda Europa en sociedades secretas, que reclamaron el acceso a un conocimiento oculto que había estado velado a los ojos del mundo desde los albores de los tiempos. Ahora se reconoce que las prácticas alquímicas empleadas en la Europa medieval fueron la base de la química moderna, de la metalurgia y la medicina. ¿Pero usted se ha puesto a pensar realmente qué pasaría si los antiguos siempre dijeron la verdad acerca de una materia capaz de producir la inmortalidad, un arte secreto para producir una forma completamente desconocida de materia, totalmente distinto a lo que se conoce ordinariamente en el mundo, y con el potencial de cambiar un átomo en otro y lograr que el cuerpo humano recupere su perdida vitalidad?. 
 
Pero lo que uno debe preguntarse, y en especial los orgullosos científicos que ya creen saberlo todo y miran con sorna a la alquimia, la madre de todo lo que ahora saben, ¿podemos ser tan arrogantes de nuestros logros modernos al punto de ignorar y dejar de lado la posibilidad de que los antiguos supieran algo que nosotros ni con toda la ciencia actual sabemos? ¿Por qué no explorar esa posibilidad?. Si es así como piensas, estás en buen caminando leyendo esta web.

LOS INGREDIENTES DE  LA PIEDRA FILOSOFAL




De acuerdo con la tradición más dominante de la alquimia europea, había al menos tres ingredientes principales o materias primas necesarias para hacer la Gran Obra. 

El oro, obtenido de pepitas o polvo de oro mineral; el antimonio, extraído del Dragón Negro propiamente hablando la estibina, y el mercurio, obtenido del Dragón Rojo, conocido como cinabrio
 
Estos tres ingredientes o minerales se conocían desde antaño y es donde enfocaron la mirada la mayoría de los alquimistas, en un intento por dilucidar el antiguo saber egipcio. Del antimonio, tan popularizado en la Vía Seca de Fulcanelli/Canseliet, se creía que era capaz de infundir el espíritu de la vida al oro, de manera de poder volverlo vivo, y convertirse en oro filosófico

De hecho, se pensaba que el antimonio contenía el espíritu de todos los metales (y lo tenía, pero no como se pensaba, en términos abstractos). Ahora bien, el oro es relativamente fácil encontrarlo en la naturaleza, en forma metálica, como pepitas de oro. Pero el mercurio y el antimonio ya no lo eran. Y había que trabajaros metalúrgicamente. 

Por eso, para usar el antimonio y el mercurio como materias, los alquimistas antiguos idearon procesos para separarlos de sus respectivos minerales. 
 
En el caso del mercurio, era relativamente sencillo. Bastaba pulverizar el cinabrio y calentarlo para que el mercurio se liberase y se pudiera destilar. Es el proceso que puso en práctica Kamala Jnana con objeto de crear la Piedra Filosofal desde ese mineral. 




No había mucha tecnología involucrada en este proceso, un fuego de carbón era más que suficiente por las bajas temperaturas en que se evapora. Por eso Jnana utiliza KOH (Hidróxido de Potasio) como “fuego secreto” para extraer el mercurio del cinabrio en polvo. Pensaba que así, había una diferencia con respecto al mercurio extraído mediante procesos ordinarios. 
 
Pero cuando se trataba del antimonio, la cosa se ponía más difícil. 




Los alquimistas europeos se pusieron a utilizar todo su ingenio para intentar comprender cómo el antiguo metalúrgico egipcio lo hacía. Así llegaron, quizá de la mano de Ireneus Filaleteo que ventiló el proceso, inspirado, por supuesto, de Alexander Von Sutchen, al método conocido como Régulo estrellado. 
 
Y aunque el proceso requiere un fuego caliente, del orden de los 850 grados, no es tanto como para no lograrlo, porque se introducen sales fundentes que facilitan el descenso del punto de fusión de los metales intervinientes, en este caso, el hierro. Porque a diferencia del sulfuro del mercurio (cinabrio) cuyos enlaces químicos pueden romperse fácilmente incluso con una sal cáustica, los enlaces que mantienen unidos los átomos de antimonio y azufre no pueden hacerlo. Es aquí que entra en escena el hierro. Es el catalizador necesario. 

Cuando el hierro metálico se hecha en el fuego junto con la estibina, el hierro reacciona con el azufre, formándose sulfuro de hierro. El sulfuro de hierro se sublima y deja atrás el antimonio fundido. Este es lo que se conoce como régulo de antimonio estrellado, porque en la superficie, tras su purificación con nitro, deja el patrón de una estrella. 
 
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El único problema con este procedimiento, es que los egipcios no pudieron conocerlo, porque hasta la edad de hierro (1200 a.C) no se descubrió, según la evidencia arqueológica. La única traza de hierro en el Egipto antiguo, en torno al 3500 a.C , es una barra de hierro que tras ser analizada se comprobó que correspondía a un meteorito. 

Por lo demás, no se encontraron artefactos de hierro que daten del antiguo Egipto, y antes del 1200 a.C. Entonces no podemos decir que el régulo marcial de antimonio haya sido un invento de los egipcios, sino más bien, un intento desesperado por entender qué cosa era la “tierra negra” de los egipcios, la Khemia, como le llamaban, al continente de los ocultos metalúrgicos y orfebres. 
 
Por eso, algunos alquimistas europeos, comprendieron que el asunto no podía venir por aquí. Y empezaron a trabajar con un material, extremadamente barato, que incluso se catalogaba como inútil, y que no era más que un desecho, pero que para el artista revestía de más bondades que el propio oro. Según se sospecha, llegaron a este descubrimiento a través de una tradición milenaria que de alguna forma se transmitió de generación en generación. 
 
Esta materia era una forma muy barata de hierro que, antaño, se solía tirar a la chatarra como inservible. ¿Adivinan de cuál se trataba?. Era la floración, un material producido como subproducto en la elaboración de las fundiciones de cobre. Por eso, en algunos textos alquímicos hablan de “nuestro latón”, o “nuestro bronce”. Era un desecho que se producía en la elaboración del cobre. Se rechazaba porque no se la consideraba útil, porque la masa era frágil, y sin embargo, encerraba el hierro que por golpes de martillo podía volverse hierro forjado. 

Entonces, si bien los egipcios no conocían el hierro, sí conocían aquel desecho, que lo contenía, ya que la fundición de cobre data del año 5000 a.C y estaban asentadas en túmulos de escoria producidas a lo largo de los años, y esa escoria estaba repleta del hierro metálico. Sencillamente el conocimiento fue transmitido a los alquimistas europeos, que simbolizaron románticamente aquello de “materia vil y despreciada” donde podían encontrar su “oro filosófico”. 
 
Por aquellos días, en el antiguo Egipto, el hierro proveniente de meteoros era más valioso que el propio oro. Y si hubieran sospechado que estaban sentado en montañas de hierro metálico, en aquellos desechos de fundición de cobre, se habrían vuelto inmensamente poderosos. Pero no sucedió. Y la escoria que contenía hierro se siguió tirando por ser considerada inútil, e incluso se la regalaba, porque no servía para nada. 

De aquí provienen todas las alusiones a aquella materia inservible que se desprecia e incluso arroja a la basura, y que era nada menos que el hierro en su estado de escoria. Si lo analizamos con nuestra moderna mirada, no pensaríamos jamás que el hierro se despreciaría de esta forma, y jamás pensaríamos que el hierro es aquella materia tan mencionada en los antiguos tratados alquímicos. 

Pero con la mirada correcta, en el conocimiento y contexto del pasado, la cosa cambia, ¿verdad?. Es probable que los antiguos alquimistas del lejano Egipto hayan notado que este inservible material en verdad era muy valioso en su proceso alquímico secreto, hasta se diría que fundamental, y propagaron aquel axioma de que la materia es vil, despreciable, se arroja como inútil, no sirve para nada, y sin embargo, es más valiosa que el oro. 

En verdad lo era para la cultura egipcia, y lo es desde el punto de vista de la extracción del antimonio de  la estibina: con esa materia ellos creen lograr medicinas y pócimas y algunos incluso piensan que la mismísima Piedra Filosofal.

Por eso, los antiguos maestros, utilizaban aquella escoria o floración producida en la fundición de cobre, repleta de hierro metálico, como catalizador para reducir la estibina al metal puro del antimonio. Quizá ni sabían que era hierro, ni que actuaba como catalizador, pero sí que sin el mismo la cosa no funcionaba. Tal vez solo seguían la receta transmitida desde tiempos pretéritos. 
 
Respecto al oro, tan mentado en alquimia, era fácil su obtención, ya que venía preparado, por decirlo así, por la naturaleza, en forma de pepitas o en polvo de oro. 




A menudo, en el pasado, se recogía en los arroyos utilizando un vellón de lana o de pieles de oveja. El polvo de oro se pegaba al vellón mientras que los otros materiales más ligeros eran arrastrados por la corriente. Esta práctica con toda seguridad dio lugar al mito famoso del Vellocino de Oro, que estaba íntimamente relacionado con la búsqueda de la inmortalidad, a través del propio oro. 

Pero este oro no se usaba tal y como lo encontraban en la naturaleza. Ahí entraba en escena el antimonio, por eso tantos denodados esfuerzos por obtenerlo. Y cuando se lo preparaba con antimonio, que devoraba todo metal que no fuera el oro dejándolo extremadamente puro, se calificaba al producto de oro filosófico. Y como este proceso lo hacían los alquimistas, le llamaron “nuestro oro”. Esta preparación sería la clave para el Elixir de la inmortalidad o el Oro Potable de los antiguos. 

Ya no era el oro metal, sino un polvillo blanco: que se hacía tras purificarlo con el antimonio y luego disolverlo en Agua Regia, el Agua del Rey. Este proceso se repetía muchas veces con Agua Regia hasta que el oro quedaba reducido a un polvillo blanco (precipitándolo con potasa varias veces). A veces, otros alquimistas, en vez de Agua Regia usaba mercurio vulgar. Y destilaba al menos 9 veces ese mercurio con objeto de preñar el mercurio de partículas de oro monoatómico. 

Al menos estás eran las teorías de algunos alquimistas, entre ellos, Robert E Cox.


LO QUE OCULTA EL ANTIMONIO

Creyendo que el antimonio tenía un espíritu, se empeñaron en el pasado, cosechando fracasos continuos, en elaborar una materia donde se lo capturase. De ahí nacieron las nociones de régulos antimoniales. Y yo les diría que sí, que está en Saturno, que está un espíritu en el antimonio. Pero a la vez no lo está. Interpretar lo que digo no es fácil. ¿Puede una materia ser y no ser?. 

En efecto, lo puede, y está es el antimonio. O mejor dicho y siendo más sinceros: la estibina. Para entender lo que digo, debemos repasar lo que hacían los antiguos con la estibina, conocido como Dragón Negro, y también, sondear la idea de por qué se pensó era la galena, un sulfuro de plomo, hijo de Saturno también, la materia apropiada. 

Pero no es ninguna de las dos, y sin embargo, el antimonio tiene un espíritu medicinal. Con esta ambigüedad, Fulcanelli se dio el lujo de decir que no era la vía correcta la del antimonio y a la vez, en párrafos más adelante, decirnos que sí lo era. Vamos a aclararlo. 

En el pasado, para extraer de un mineral lo que buscaban, como ya hemos visto, se procedía a trabajos metalúrgicos. Al hacerlo, dieron con la forma de extraer el antimonio de la estibina usando, como ya dije, el catalizador del hierro, lo que a su vez, los llevó al catalizador del hierro, que es el tártaro o carbonato de potasio. 
 
Con el Regulus Estrellado Marcial sacaban el antimonio puro y de ahí podían trabajar correctamente en sus experimentos. Esto es vox populi. Existen muchísimos tratados que lo abordan. A algunos alquimistas les funcionaba luego animar sus materias con este antimonio, y a otros no. Es por eso que algunos pensaban era correcto usar antimonio y otros lo rechazaban. 

La verdad era que la diferencia lo hacía la procedencia de la estibina, y según viniera contaminada la muestra. Esa contaminación era el espíritu tan anhelado. El sabio alquimista, con ojo experto, sabía reconocer la mena más apropiada, y aunque no entendía que la hacía diferente al resto, sabía que la escogida tenía el “espíritu”. De ahí precisamente se desprende la palabra Khol para designar al antimonio, que significa espíritu. Los árabes al añadirle el prefijo Al la convirtieron en alcohol, y se asoció a todo lo espirituoso. 

Pero el antiguo sabía que el antimonio tenía un espíritu que posibilitaba hacer la Gran Obra (o al menos que lo llevaba a estadios donde creía lograrla). Y se guardó ese conocimiento para si mismo. Algunos, más sinceros, como Basilio Valentín, aconsejaban un antimonio de Hungría, donde los yacimientos arqueológicos demostraron que venía contaminado con cierto sílice, que posibilitaba el vidrio de antimonio, algo que el químico experto Lawrence Príncipe demostró en sus libros y videos. Sin esa impureza, no había vidrio de antimonio. 

Pero no era el sílice el espíritu, sino algo más que venía añadido al antimonio. Ese algo más hacía la diferencia entre el éxito y el fracaso. Ese algo más, era el espíritu auténtico del antimonio, y no vayan a pensar en un espíritu literal, sino un mineral que en general pasaba desapercibido, pero estaba asociado a la estibina, tan parecido a la misma y a la vez al plomo, con unas características tan semejantes. 

Ese mineral era el auténtico espíritu, pero en la época antigua se conocían pocos metales y minerales y precisamente este mineral, llamado magnesia por los sabios, no sabían que fuera distinto a su estibina o Dragón Negro, y por lo tanto, señalaban a la misma como la materia de la Gran Obra. 
 
Hoy podemos finalmente saber el nombre de esta materia, gracias a los trabajos colaborativos de Robert E Cox. Y como no se guardó el nombre él, no soy quien para hacerlo. Esa materia era el bismuto

El espíritu de antimonio no era algo abstracto ni siquiera un vapor, era otro mineral asociado, una contaminación, si se quiere, que venía adherida al mineral. Esa beneficiosa contaminación era el bismuto. La clave de la Gran Obra para numerosos alquimistas que practicaban con dicha materia y, por enrevesados procesos, sacaban algún licor medicinal. 
 
Irónicamente, la materia era y no era el antimonio. Con este conocimiento, no podemos culpar a Fulcanelli de engaño, ni a ninguno de los grandes artistas, porque la materia se encontraba en el antimonio: no precisamente en su seno, ni en la estibina, sino en algo que venía “colado”, como una ansiada contaminación y que el ojo entrenado del sabio sabia detectar, aun sin saber qué era, pero que le favorecía a sus trabajos.

Esto, por supuesto, no significaba que lograba la Piedra Filosofal. Pero si algunas exóticas medicinas minerales como declara Basilio Valentín en sus 12 llaves.


EL BISMUTO 



Los antiguos desconocían al bismuto, pero ya en 1546 Georgius Agrícola decía que había un metal (el bismuto) distinto de la familia de los metales que era semejante al plomo o al estaño, e incluso al antimonio, basándose en la observación de sus propiedades físicas, pero que no era ninguno de ambos. Los mineros, avezados en los minerales, supieron que era otra cosa y le llamaron tectum argenti, o “plata haciéndose”, en el sentido de que la plata estaba evolucionando dentro de la tierra, y de aquí, estamos a un paso de la conocidísima Plata Viva de los alquimistas. 
 
Por tanto, ahora sabemos que los más listos alquimistas trabajaban con el bismuto y no el antimonio. Pero como todas las cosas, estas materias nos darán una medicina apropiada al género de la cual se extrae. El símil de un vegetal nos servirá muy bien para hacernos entender. Así como una planta determinada, por ejemplo la manzanilla, nos brinda su principal propiedad medicinal que consiste en desinflamar o favorecer la digestión, el metal escogido, depurado de su carcaza sólida – como vimos en mi libro Los frutos de la montaña de los Filósofos – nos ofrece una medicina acorde a su naturaleza, o un principio activo medicinal según su disposición ya otorgada por la determinación que le dio la naturaleza. 

Por eso se sabe que, de Venus, el cobre, se obtiene una medicina para afecciones del hígado; de la luna para el cerebro; el sol para el corazón, y así con el resto de los metales. El bismuto, según sugiere Basilio Valentín, tiene un espíritu que es muy curativo y energizante. Vale la pena probarlo. Él no lo llama bismuto, porque todavía no se conocía en su época por tal nombre, pero sí describe en sus 12 Llaves que estaba conformado de numerosos colores. 



Basilio Valentín no dice sea la Piedra Filosofal ni siquiera su ingrediente, pero sí que se extrae un arcano medicinal poderoso. Hasta aquí llega el alcance de los metales y minerales. 

Por supuesto, su eficacia medicinal está fuera de toda duda de que es mayor a un vegetal. Pero no es nuestra Piedra, reservorio de la energía universal o principio vital de las cosas. Usted quizá se esté haciendo la misma pregunta que yo me he hecho, ¿Canseliet sabía de este mineral Bismuto?. 

No dudo que lo supiera. Pero procedía mal, o al menos eso nos hizo creer. Como entiendo yo, aunque todavía no lo hice,  la Vía Seca se hace en vaso cerrado donde el operador ni se entera qué sucede. Si se enterara sería una Vía Húmeda. Por tal motivo, a priori, esas vías con régulos me causan escepticismo.

Pero Canseliet indudablemente sabía del bismuto como podemos ver en este dibujo que brinda en su libro La alquimia explicada sobre sus textos clásicos. 




Si se fijan bien, en el margen superior izquierdo, donde está la luna, se observa la B atravesada por una línea, el signo del bismuto. 

El viejo Canseliet lo sabía. Sabía más de lo que decía, pero aunque supiera esa materia oculta de los filósofos, la misma no conduce a ningún lado. O si lo hace: a arcanos medicinales, elixires de metales y minerales, para nada despreciables, pero que no son ni se acercan a lo que es una Piedra que transmuta y que contiene la energía aglomerada del universo.

Por ahí circula una receta de Robert E Cox que explica como elaborar el mercurio filosófico partiendo del bismuto. Según él, es su gran Revelación, el hallazgo que cambiará al mundo.

Consiste en mezclar bismuto con antimonio y mercurio vulgar. Calentar. Y se formará un tapizado verde que es el jardín de los filósofos. Si se aumenta el calor se formará una floración amarilla, anaranjada. Debajo de todo esto, se encuentra el ansiado mercurio filosófico, que los antiguos decían que al vulgar le faltaba un espíritu para ser el de los filósofos. Ese espíritu, según Cox, es el bismuto, por todo lo que vimos precedentemente.

Sin embargo, tengo dos cosas por decir. Y ni siquiera basado en mi palabra, sino  en la del reputado alquimista Theodorus Mundanus, adepto reconocido como tal que transmutó delante de varios quimistas, entre ellos Robert Boyle: él es contundente en decirnos que nuestro mercurio no es el vulgar por que, entre muchas cosas que describe, el nuestro es una sal!. Y ahí se acaba el asunto.

No lo dice él solo: El Cosmopolita es de igual idea. Y podría citar muchísimos más, pero no es el punto. Dos adeptos reconocidos, que transmutaron, me parece suficiente.

Cuando se mezcla bismuto y mercurio común sale una amalgama. Y da lo mismo metas antimonio o no, la amalgama y el mercurio animado lo crea el bismuto. Personalmente no creo que sea nada de eso. Solo una amalgama. Nada de ser filosófico. Eso es delirio igual que otras cosas que propugnó Canseliet y que desvían a las personas.

Lo otro es que la gran referencia de Cox es misterioso Ireneo Filaleteo, que sabemos por los diarios privados y el trabajo de investigación de Lawrence Príncipe que el personaje era un alter ego de George Starkey, que no logró la Obra, que trabajó con mercurio vulgar por décadas, y falleció en la Gran Plaga en torno a 1605.

Aquí les dejo una receta rosacruz con bismuto para atrapar el SM : click aquí


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