La Gran Obra es algo que a lo largo de los años los filósofos de todos los tiempos han intentado realizar. No se trata meramente de obtener una sustancia en particular, nueva, y que la naturaleza no hubiera podido evolucionar sin el concurso del artista. No. Se trata de un nuevo entendimiento de la relación entre la naturaleza y el ser humano. 

Ese conocimiento viene acompañado de una introspección del artista, que finalmente se ve libre de muchos escollos que lo mantienen aprisionado en el mundo. 

Para realizar la Obra se parte de muchos materiales, amalgamas, minerales, ácidos, y demás sustancias más o menos conocidas. Y sin embargo, pese a arrancar los experimentos con materias vulgares, el filósofo pronto descubre que no sirven de nada: ya han sido tocadas por la mano de la naturaleza y es difícil, sino imposible, lograr algo con lo que ya evolucionó. 

Es necesario, como refiere un refrán, tomar al pollo antes que nazca: o bien, agarrarlo vivo, antes que sea cocido por el fuego. 

Existen pocos tratados que ayuden a dilucidar la Materia y los trabajos. Es inexistente, diría, que hayan ofrecido una receta más o menos fiable. 

Es muy pueril pensar que si seguimos un tratado al pie de la letra – o más o menos dilucidado mediante deducciones y abstracciones mentales – podremos coronar la Gran Obra. Nadie – ningún artista o filósofo – se ha dignado jamás a contar el proceso. 

La inmensa mayoría ofrecen principios que podemos seguir, escudándose en recetas más o menos fiables, para distracción de los «busca recetas», y otros han delirado con pensamientos profundos, para los buscadores de tales reflexiones. En medio de todo, tímida y oculta, yace la verdad. 

Quizá uno de los más generosos haya sido El Cosmopolita cuando afirmó «Ten por cierto que la naturaleza es muy simple y que solo se deleita en la simplicidad». Lo mismo cuando Bruno de Lanzac refiere que nuestro Mercurio es «un espíritu viviente, universal e innato, que en forma de vapor superior desciende continuamente desde el Cielo a la Tierra». O cuando el autor de Recreaciones Herméticas refiere que la «tierra filosófica» que nos da nuestra Agua contiene «el Espíritu astral» ya que « es su semilla.» 

Con esto por delante, es posible avanzar. Existen muchos hombres y mujeres que lo logran. Pero jamás lo dirán y mantendrán el mayor de los anonimatos. Porque sólo el humilde puede entender a otra humilde: la naturaleza.