Viaje a Japón buscando la piedra que transmuta al alquimista

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Después de peregrinar por las más variopintas regiones de nuestro globo, de observar de cerca la injusticia de la madre naturaleza en algunos seres vivos, de sufrir la marginalidad de las personas más necesitadas, ver niños moribundos con enfermedades incurables, donde haría falta muchos adeptos para ayudarlos, me encontré imposibilitado de socorrer a todos. 

En algunos casos, en Katmandú, Nepal, donde estuve, la gente se enferma de cualquier extravagancia. Y conviven la belleza arquitectónica con las pestes más insidiosas. 

En una aldea a las afueras me encargué de accesos en forma de furúnculos que muchas personas padecían. Eran heridas que se infectaban. Había que extraer el pus, meter mano en la estructura humana donde ninguna medicina universal puede contra ese veneno alojado en el cuerpo humano. Necesariamente debe ser expulsado, y recién ahí es restablecida la salud. 

Algo que bastaría las famosas Sulfamidas de los años 30 para lograrlo. Habrían sido igual de efectivas. No olvidemos que se consideraban a las Sulfamidas como un Elixir. Y en esto le doy la razón a mi buen amigo Sebastián, quien siempre sospechó que la Medicina podría ser una especie de gran antibiótico universal, que lo es, pero mucho más también. 

Remover en la llaga humana de sufrimiento no creo que sea la tarea del poseedor de la piedra. No lo siento así. Siempre recuerdo la famosa novela de Bulwer-Lytton, Zanoni, donde hay dos alquimistas: uno que vive contemplando y deslumbrándose por los secretos de la naturaleza, aprovechando su inmortalidad para explorar más y más, y regocijándose con cada hallazgo. Y otro que se ocupa de los dramas humanos, se enamora, y muere al final. 



Por eso, porque en mi está esa búsqueda final de la trascendencia, que el Tratado del Vapor ejemplificó de manera soberana, necesito ir donde pueda resolverlo. Hace largo tiempo, casi en simultáneo al traducir aquel tratado, se puso en comunicación conmigo un alquimista desde Japón. 

Comenzamos un extenso dialogo por Skype, y al poco supe que tenía en su poder no una, sino varias piedras. Esta persona, a la vez, completó la obra de la piedra de trascendencia

Según me dijo, la piedra para transmutar al alquimista se conoce en Japón hace milenios, o mejor dicho, es parte de la tradición de ciertas familias. 

Este es el motivo que me llevará a ejecutar un extenso viaje hacía tierras orientales, en busca de ese secreto que, aunque revelado parcialmente en el tratado en cuestión que publiqué, necesito verlo con mis propios ojos, zanjar dudas naturales, y responder a mis propias preguntas existenciales. 

Según aquel alquimista, la auténtica piedra de trascendencia, brilla en la oscuridad con un color violáceo. 

No lo sé, pero prometo revelarlo aquí. 

Con esto les digo que no abandonaré esta web, y seguiré ayudando a los hermanos del arte. Es necesario que haya muchos adeptos para paliar el sufrimiento del mundo. Así que, en la medida que pueda, seguiré ayudando a todos aquellos a alcanzar la meta. 

Si demoro en responder, sepan disculpar, y aguarden. 

Les deseo un saludo hermético a todos.