Memento mori : el valor inapreciable de la muerte

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Leyendo una nota publicada en el New York Times, de un tal Arthur C. Brooks, rescato una reflexión que nos sugiere el autor: el pensamiento sobre la muerte. Según él, rumiar en la muerte nos hace más feliz. 

Estoy de acuerdo en lo que plantea. Añadiría que el ejemplo lo vemos desde la antigüedad: los grandes generales al entrar triunfantes en Roma, luego de una batalla, mientras eran bañados en rosas y alabanzas, un soldado tenía por misión decirles al oído: «Memento mori», «recuerda que puedes morir». Por eso mismo, la calavera que los barrocos solían implementar en la cabecera de su lecho: ayudaba a meditar en la muerte que, a fin de cuentas, es el resultado de toda filosofía. 

Como decía Platón, y Cicerón: filosofar es aprender a morir. 

También es bueno recordar cuando en la Iglesia, en medio de la liturgia de miércoles de ceniza, se recita: «Memento homo, quia pulvis eris et in pulverem reverteris». («Recuerda, hombre, que eres polvo y al polvo volverás »). La conciencia de la muerte nos da algo que es infinitamente imprescindible: la justa valoración de nuestro tiempo, el no dejar de hacer lo que deberíamos como si fuéramos inmortales. 

La muerte, por otro lado, en nuestro tema alquímico, es la entrada al Reino de Dios, o si se quiere, la forma de que nuestro compuesto renazca en su esplendor blanco. Por eso, Jesucristo, tras tres días en la tumba, resucitó y vistió de blanco resplandeciente. Porque cuando cortas la cabeza al cuervo, tras la putrefacción, la blancura inunda nuestro matraz y es el renacer de nuestra sustancia. Y la blancura viene por si misma llevándose la oscuridad de la materia. 

Como vemos, la muerte ha sido siempre fundamental. Nada renace si antes no muere.