Giacomo Casanova y la alquimista misteriosa

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La obra de Giacomo Casanova es, a mi entender, uno de los mejores libros jamás escritos. No sólo por las abundantes aventuras que relata el veneciano, de forma tan auténtica y sincera, sino la manera que tiene de transportarnos a aquella lejana edad de 1700 y pico. 

Y como no podía faltar en la florida vida de este hombre, también sintió curiosidad por la alquimia. Un extracto de su volumen primero nos revela unos detalles interesantes cuando se encuentra con una mujer avezada en el arte de la alquimia. 

«Cuando llegamos al asunto de la magna obra y cometí la ingenuidad de preguntarle si conocía la materia prima, no se echó a reír a carcajadas por que hubiera sido descortés, pero con una sonrisa simpática me dijo que ya poseía lo que se llama la piedra filosofal, y que era muy experta en todas las grandes operaciones. 

Me enseñó su biblioteca, que había pertenecido al gran d ’U r fé y a Renée de Savoie, su esposa, que ella había aumentado con manuscritos que le costaban más de cien mil francos. Su autor favorito era Paracelso, quien, a su parecer, no era ni hombre ni mujer, y que había tenido la desgracia de envenenarse con una dosis demasiado fuerte de medicina universal.’ 

Me mostró un pequeño manuscrito donde se explicaba en términos muy claros, y en francés, el gran procedimiento. Me dijo que no lo encerraba bajo llave porque estaba cifrado y sólo ella poseía la clave de la cifra. 

 -Entonces, señora, ¿no creéis en la estenografía? 

-No , caballero, y si queréis aceptarla, aquí tenéis una copia, que os regalo. 

La acepté y la guardé en mi bolsillo. De la biblioteca pasamos a su laboratorio, que me sorprendió positivamente; me mostró una materia que tenía en el fuego desde hacía quince años, y que aún necesitaba permanecer en él otros cuatro o cinco. Era un polvo de proyección, que en un instante debía transformar en oro todos los metales.
Me mostró un tubo por donde el carbón caía para alimentar el fuego de su horno siempre en el mismo grado, llevado allí por su peso de manera que a veces pasaba tres meses sin entrar en el laboratorio sin miedo a encontrar el fuego apagado. Por debajo, un pequeño conducto hacía caer la ceniza. Para ella, la calcinación del mercurio era un juego de niños; me lo enseñó calcinado, y me dijo que cuando yo quisiera me enseñaría a obtenerlo. Me mostró el árbol de Diana del famoso Talliamed, de quien era alumna. Como todo el mundo sabe, este Talliamed era el sabio Maillet, que según Mme. d ’Urfé no había muerto en Marsella como el abate Le Maserier había hecho creer, sino que estaba vivo; y con una ligera sonrisa añadió que con frecuencia recibía cartas suyas.
Si el Regente de Francia le hubiera hecho caso, aún seguiría vivo. Me dijo que el Regente había sido su primer amante, que había sido él quien le había puesto el mote de Egetia y quien la había hecho casarse con el señor d ’Urfé. Tenía un comentario de Raimundo Lulio que aclaraba todo lo que Arnau de Vilanova’ había escrito según Roger Bacon y Geber, que, por lo que me dijo, no estaban muertos.
Guardaba el precioso manuscrito en un cofrecito de marfil cuya llave tenía ella; además, su laboratorio estaba cerrado a todo el mundo. Me mostró un barril lleno de platino del Pinto que podía convertir en oro puro cuando quisiera. Se lo había regalado personalmente el señor Wood en 1743. Me mostró el mismo platino en cuatro vasos diferentes; tres de ellos lo contenían intacto en los ácidos sulfúrico, nítrico y sódico; en el cuarto, donde había utilizado agua regia, el platino no había podido resistir. Lo fundía con el espejo ardiente, y me explicó que era el único metal que no podía fundirse de otro modo, demostrando así, en su opinión, que era superior al oro. También me lo enseñó precipitado por la sal amoniacal, con la que nunca se ha conseguido la precipitación del oro.
Tenía un atanor encendido desde hacía quince años. Vi su chimenea llena de carbones negros, lo que me hizo pensar que había estado allí uno o dos días antes. Al volver a su árbol de Diana, le pregunté respetuosamente si admitía que no era otra cosa que un juego para entretener a los niños. Me respondió en un tono muy digno que sólo lo había hecho para divertirse, utilizando plata, mercurio y espíritu de nitro, y cristalizándolos juntos, y que sólo consideraba su árbol como una vegetación metálica que mostraba en pequeño lo que la naturaleza podía hacer en grande; pero añadió que podía hacer un árbol de Diana que fuera un auténtico árbol del sol; éste produciría frutos de oro que se recogerían y que se reproducirían hasta la extinción de un ingrediente que mezclaría a los seis «leprosos» proporcionalmente a su cantidad.
En tono modesto le hice observar que no me parecía posible sin el polvo de proyección. Madame d’Urfé sólo respondió con una graciosa sonrisa, señalándome entonces una escudilla de porcelana donde vi nitro, mercurio y azufre, y en un platillo una sal fija.
-Imagino -me dijo la marquesa- que conocéis estos ingredientes.
-Los conozco – le respondí- si esa sal fija es orina.
-Habéis acertado.
-Admiro, señora, vuestra intuición. Habéis analizado la amalgama con la que yo he pintado el pentáculo sobre el muslo de vuestro sobrino; pero no hay tártaro que pueda revelaros la fórmula que da poder al pentáculo.
-Para eso no se necesita tártaro, sino el manuscrito de un adepto que tengo en mi cuarto y que os mostraré; en él figura la fórmula.
No le respondí nada, y salimos del laboratorio. Nada más entrar en su cuarto, la señora sacó de una caja un libro negro que depositó sobre la mesa, y se puso a buscar un fósforo; mientras ella buscaba, abrí el libro que estaba a su espalda, y lo vi lleno de pentáculos; por pura casualidad vi el mismo talismán que yo había pintado en el muslo de su sobrino rodeado por los nombres efe los Genios de los planetas, salvo dos, que eran los de Saturno y Marte, y cerré rápidamente»