El laboratorio de un alquimista

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¿Qué se necesita para empezar a trabajar en la gran obra?. Esta pregunta se la deben hacer muchos aspirantes al secreto. Puedo dejar mi testimonio: invertí sumas de dinero considerables en matraces, en retortas, en hornillos, en minerales, en piritas, sulfatos, ácidos, nitros, e intenté semejar mi lugar de trabajo al que la imaginería popular atribuye a los alquimistas antiguos, con sus frascos entretejiendo telas de araña, sus retortas soberbias de picos curvados y sus frascos con multiplicidad de materias. Pero no necesita nada de eso al auténtico aspirante a la filosofía de la naturaleza (que no alquimista). Le basta un recipiente, una materia, y una disposición (Solve et Coagula). No necesita fuegos, hornos, sales ni antimonios. Porque el auténtico filosofo de la naturaleza sabe que sellar herméticamente dos sustancias no significa que debe cerrar el frasco que las contiene para que no ingrese aire, muy por el contrario, debe dejarles que luchen a su antojo, sin presiones de ninguna clase, para que juntas se sellen a sí mismas herméticamente, formando una sustancia imposible de desligar.